El frenteamplismo redivivo
Oscar A. Bottinelli
 

Durante once largos años el grueso de la dirigencia de izquierda, las campañas publicitarias oficiales de la propia izquierda y el léxico periodístico ignoraron la existencia del Frente Amplio y del frenteamplismo, en una porfiada lucha por hacerlo desaparecer y sustituirlo por el progresismo. Así se vieron carteles de “este es un auto progresista” o “esta es una casa progresista”. También se vieron apelaciones a “en su departamento vote los candidatos progresistas”, apelación que según se pudo registrar fue interpretado por los maragatos como una indicación del voto al blanco Chiruchi, por los riverenses hacia el colorado Tabaré Viera, por los lavallejenses por el blanco Vergara, porque para el hombre de a pie, un candidato municipal progresista es aquél que hace cosas por su comarca, sea de derecha o de izquierda. El tema fue la obstinada búsqueda de ignorar la existencia del frenteamplismo.
Del otro lado la gente con no menor porfía se sintió frenteamplista, como los blancos se sienten blancos y los colorados se sienten colorados. De cada 100 votantes del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría, 93 se declaraban frenteamplistas. En las tres horas y media de caravana final en Montevideo, el 24 de octubre de 2004, los automóviles enarbolaron las tricolores banderas de Otorgués, símbolo del Frente Amplio; todos los automóviles salvo dos vehículos, exactamente dos. En todos los festejos la gente portó la bandera tricolor. Y en el cierre de campaña, el encuentrista progresista Rodolfo Nin Novoa se proclamó frenteamplista. El Encuentro Progresista y el progresismo fue el fracaso de marketing más estruendoso de la historia, algo así como la marca Edsel en la historia del automóvil.
Ahora, la necesidad de unificar las estructuras políticas del oficialismo en una sola, de terminar con el galimatías de una marca compuesta por tres nombres y seis palabras, la conveniencia de fortalecer las identidades, todo ello conllevó a una unificación que pretendió ser una combinación de nombres (Frente Amplio Progresista) y terminó con el nombre original, el que se adoptó casi por casualidad hace casi 35 años. La unificación supone fundamentalmente la incorporación de figuras originarias del Partido Nacional como Nin Novoa y del Partido Colorado como Víctor Vaillant o la gente del Batllismo Progresista. No es la primera vez que el FA incorpora a figuras de los partidos tradicionales, ya ocurrió a poco de salir del periodo militar con el nacionalista Pita, y en la etapa inicial con el nacionalista de Torre Wilson y los batllistas Roballo, Rodríguez Fabregat y Washington Fernández. Sin contar además que el FA nació con el aporte esencial de batllistas como Michelini y Batalla, y blancos como Rodríguez Camusso y Durán Matos.
Pero en esencia supone abrir las puertas al retorno de los hijos pródigos, aquéllos que más lejos o más cerca un día abandonaron el hogar, como Héctor Lescano y su Partido Demócrata Cristiano (que por dos veces abandonaron el FA), José Luis Veiga (operador político fundamental del grupo de Nin Novoa, quien abandonó el FA por discrepar con el anterior retorno del PDC al mismo), Rafael Michelini y Daniel Díaz Maynard (que se fueron junto con la 99).
La pregunta es ¿por qué ese afán en sustituir al frenteamplismo por otra cosa, afán que porfiadamente se mantuvo hasta la misma campaña electoral municipal de mayo de este año? Caben tres tesis, compatibles entre sí: de la política de alianzas, del círculo periférico y del cambio de etapa.
La teoría de la acumulación parte de una visión estática de la izquierda, que dominó el pensamiento de la dirigencia desde los orígenes hasta un lustro atrás. Suponía la existencia de un electorado congelado, que solo podía acrecentarse mediante la incorporación de nuevos grupos con sus respetivos electorados. Solo mediante nuevas alianzas y nuevas incorporaciones la izquierda podía acceder al poder. Así fue que se concibió al Frente Amplio como una alianza y no un partido, que luego debería dar lugar a otra alianza (Encuentro Progresista), más tarde a otra (Nueva Mayoría) y así sucesivamente. La realidad fue diferente: no logró ninguna alianza de envergadura y como se vio, la política de alianzas sirvió para crear escalones para el retorno de los hijos pródigos. Y alcanzó el gobierno por el mismo procedimiento que lo alcanzan todos los partidos en el mundo: por el hecho de convencer a más gente, incorporar de a uno a muchos miles de electores.
La teoría del círculo periférico parte de la extensión al FA de una concepción del Partido Comunista. Notoriamente el PCU generaba bloqueos. Existían personas que compartían su forma de hacer política, de dirigir los sindicatos, pero no estaban dispuestos ni a afiliarse, ni a militar allí ni a dar el voto. Para ello fue funcional la creación del FIDEL, de la 1001, más tarde de Democracia Avanzada, como forma de abrir espacios hacia esos sectores. La misma tesis se aplicó al Frente Amplio, con un fenomenal error de diagnóstico. No existía ese bloqueo. Quien rechazaba al FA no se acercaba a su periferia. Y quien estaba dispuesto a votar junto a o próximo al FA, no tenía problema alguno en votar al FA, militar en él o adherir al mismo.
La tercer teoría parte de la disputa por el liderazgo de la izquierda. Hacia comienzos de los noventa, el Frente Amplio significaba una estrategia, una historia, una forma de procesar las decisiones y de operar en política, y estaba consustanciado con su líder fundacional, el general Liber Seregni. Cuando a mediados de 1992 Tabaré Vázquez comienza a desplegar la disputa por el liderazgo, siente la dificultad de desplazar a Seregni de la poltrona simbólica de presidente del Frente Amplio. La creación de algo nuevo y sin historia, el Encuentro Progresista, que nace tras la candidatura presidencial de Vázquez, luego la instauración de la Presidencia del EP, son funcionales a esa disputa de liderazgo. Así fue que a lo largo de 1995 se vio competir la Presidencia del FA con la Presidencia del EP. Aparte de que más tarde o más temprano debía operar la renovación generacional, Vázquez jugó acertadamente sus fichas y Seregni equivocó el juego, pero para este corto juego la existencia del EP fue funcional. Y además, sin proponérselo, el EP terminó siendo funcional para abrir una estructura muy rígida como la del FA, que frenaba nuevas incorporaciones a través de un aparato pesado y poco dispuesto a cambiarse a sí mismo.
 

Publicado en diario El Observador
noviembre 20 - 2005