La oposición desvanecida
Oscar A. Bottinelli
 

Algo que llama la atención, como un silencio ensordecedor, es el desvanecimiento de la oposición. En general los opositores ocupan lugares secundarios en los medios de comunicación, más ligado a los debates laterales que a los centrales. Este es un dato que uno diría está más allá de discusiones; al menos compartido por buena parte de los analistas y de los actores políticos, opositores incluidos.
¿Qué es lo que explica este fenómeno? Una de las explicaciones es la ausencia de producción parlamentaria. Del parlamento se espera que ratifique lo que envía el Poder Ejecutivo, sin modificar otras comas que las que el propio Poder Ejecutivo resuelva que se modifiquen. Más aún, cuando hay una iniciativa que surge del propio parlamento, como la denominada ley de fuero sindical, se traba a nivel de gobierno por actos de fuerza de naturaleza corporativa y es en el ámbito del Poder Ejecutivo donde se llevan adelante las negociaciones, por fuera y al margen del parlamento, ámbito gubernamental donde se va a acordar y decidir lo que el parlamento votará. El gobierno cuenta con mayoría absoluta en ambas cámaras (al igual que los tres gobiernos anteriores), pero esta vez es producto de un liderazgo absoluto del presidente y bajo la regla que las discrepancias al interior del gobierno se resuelven exclusivamente en el ámbito gubernativo. A la oposición le queda poco por hacer, salvo ruido, en un momento en que a la gente el ruido le molesta.
En general, como regla de juego al menos para estas latitudes, poco tiene que hacer la oposición al comienzo de un gobierno con gran expectativa popular. Esta es otra causa. Y una tercera el gusto de la izquierda y del nuevo gobierno por los juegos corporativos. Para la izquierda las representaciones sociales son más representativas que las representaciones propiamente políticas, o dicho de otra manera, las representaciones político-partidarias. Más representativas porque - al sentir de la izquierda - representan intereses reales, y además manejan poder: unos el poder económico, los otros el poder de movilización de la gente y la potencialidad de generar paralizaciones y distorsiones.
Finalmente, no hay día en que no haya una discusión fuerte y pública entre miembros del gobierno o del oficialismo. La última la protagonizaron en estos días el vicepresidente de la República (el Tratado con Estados Unidos se aprueba sin modificaciones este año) y el ministro de Relaciones Exteriores (si no se modifica, no se aprueba); cuando estaba todavía fresca la tinta con la frase del vicepresidente, el presidente da toda la razón al canciller, y por si había por ahí algún despistado, dice que esta posición es gracias a los aportes del canciller. Bueno, en el país se polemiza en materia de relaciones con el Fondo Monetario, cumplimiento de cartas de intención, subsidios norteamericanos al arroz, Tratado de Inversiones con Estados Unidos, presupuesto para la educación (o quizás más exactamente para los docentes), deudores en dólares, fuero sindical, efectos de los Consejos de Salarios; y en todas y cada una de esas materias el debate se da entre actores del oficialismo contra actores del oficialismo, y además no hay dos bloques sino que cada polémica trae la expectativa de ver quién se alinea de cada lado (salvo el hecho cierto de que donde está Astori no está Gargano); si las cosas son así, poco le queda por hacer a una oposición asfixiada, porque en el gobierno y en el oficialismo están todas las posturas sobre todos los temas, está el gobierno, la oposición y los mediadores.
Hay pues cuatro causas ajenas a la oposición para que ésta cumpla en la obra un papel de reparto. Pero hay además causas que son propias y específicas de la oposición, o para ser más exactos, propias del Partido Nacional, del Partido Colorado y de los partidos tradicionales tomados como un conjunto. Es que el 31 de octubre ocurrió en este país mucho más que lo que sugieren los números, ya que el swing operado entre dicho día de 2004 y la misma fecha de 1999 es de tan solo un 2.9%; en otras palabras, un cambio de bloque de menos del 3% del electorado llevó a la Presidencia de la República a Tabaré Vázquez y otorgó mayoría en ambas cámaras a la izquierda. Es muy baja la traslación de votos como para producir consecuencias tan explosivas.
Es que hay otra lectura de los números: la gente que votó por algún cambio en el país es la totalidad de los votantes de izquierda más buena parte (quizás la mitad) de los que votaron por el Partido Nacional: como quien dice, no menos de dos de cada tres uruguayos. Y quienes aprueban la gestión del presidente, desde la expectativa previa hasta el mes pasado, es no menos del 60% del electorado, como quien dice, un quinto más de todos los que votaron al actual presidente.
El gobierno tiene un rumbo que la gente cree que es claro, y ese rumbo va por el lado de un cambio a lo anterior, es para la gente lo nuevo sobre lo viejo. Esto ofrece el oficialismo. Bien ¿qué ofrece la oposición? Piedras sueltas tiradas en los bordes del proyecto oficial, y además sin fuerza ni puntería. Carece de objetivo estratégico, de estrategia, táctica, planes y coordinación. Es que el problema grande de los partidos tradicionales en general, y de cada uno en particular, es que llegó el momento de la gran reflexión histórica, quizás de la profundidad que hicieron ambos a comienzos del siglo pasado, cuando pasaron de protopartidos a verdaderos partidos modernos. La reflexión pasa por el qué se quiere ser, a quiénes se quiere representar, para dónde se quiere ir y qué es en definitiva lo que se le pretende ofrecer a la sociedad. Esta reflexión es un tirón muy largo, y quizás no alcancen estos cinco años por venir para completar la tarea. Pero mientras no completen la tarea, no habrán encontrado su rol.

 

Publicado en diario El Observador
setiembre 18
- 2005