En el pretil, a poco de la meta
Oscar A. Bottinelli
 

En el tema derechos humanos Tabaré Vázquez hace años que viene caminando por el pretil, y por ahora le viene saliendo bien. Tiene muchos riesgos por delante, pero está bastante cerca de una meta que, de lograrla, obtendría éxitos que superarían las visiones más optimistas de gente con capacidad de reflexión y análisis.
Cuando el entonces presidente electo y luego flamante presidente Jorge Batlle revivió el tema de los detenidos-desaparecidos a través de la creación de la Comisión para la Paz, Tabaré Vázquez tuvo la prudencia y audacia de sumarse a la iniciativa, y comprometió en ello a uno de sus mayores allegados políticos, el penalista Gonzalo Fernández. El entonces presidente Batlle Ibáñez no logró su objetivo máximo de alcanzar la paz definitiva, de llevar paz al alma de todos los uruguayos. Aunque la Comisión para la Paz alcanzó un éxito más allá de lo esperado por gente reflexiva y constituyó sin duda uno de los grandes éxitos de la controvertida gestión del anterior mandatario.
El informe fue aceptado por el Frente Amplio y rechazado por el PIT-CNT y organizaciones de derechos humanos. Ante la controversia desatada por ese informe, más los empujes por más investigaciones, nuevos juicios y perforación de la Ley de Caducidad, Vázquez (pese a haber apoyado el informe) se sumó a esta nueva ola. Al no aprovechar la ocasión de cerrar el tema, volvió a caminar por el pretil: dejó abierto el asunto para su gobierno, se creó un nuevo flanco en un país acosado por fuertes demandas luego de la mayor crisis de la historia moderna y, por sobre todo, abrió las puertas a un movimiento sin final conocido que podía envolverlo y desestabilizarlo, por lo que fuere y por el lado que fuere.
¿Qué ha pasado desde la asunción del nuevo gobierno? Por un lado, una nueva actitud de los mandos militares y de la oficialidad en general. Primero, porque los oficiales generales, coroneles y capitanes de Navío, tenientes coroneles y capitanes de Fragata de hoy eran jóvenes de los grados más bajos del escalafón de oficiales, apenas salidos de la Escuela Militar, lo que asegura que son muy pocos los que pueden haber tenido responsabilidad directa en los episodios más crudos, los episodios que derivaron en muertes. Los demás eran muy jóvenes, apenas alfereces o cadetes, y muchos a esa altura revistaban en el liceo o la escuela primaria. Segundo, porque también la oficialidad militar ha sido permeada por el cambio operada en la sociedad en las últimas dos décadas. Tercero, porque los sectores más duros han perdido el apoyo político de que gozaban para sostenerse en la dureza.
Por otro lado, han aparecido nuevos hechos que arrojan sombras sobre las conclusiones de la Comisión para la Paz. En primer término, el “segundo vuelo” cuya existencia fuese reconocida por la Fuerza Aérea. Además, las sospechas de que podría haber un tercer vuelo y quizás un cuarto. La posibilidad bastante cierta de que los uruguayos desaparecidos (aquí o enfrente) pero que terminaron muertos en el territorio de la República Oriental son más que 26, muchos más, seguramente bastante más del doble de esa cifra. Y como consecuencia de lo anterior, la posibilidad bastante cierta también de que aparece un cambio cualitativo en la conducta de los mandos militares de la época: al menos no en todos los casos, y no solamente en algún caso aislado, la persecución oficial tuvo como límite el respeto a la vida; ahora, la existencia de ese límite aparece fuertemente cuestionada.
Pero además el presidente Vázquez ha logrado que las Fuerzas Armadas aceptaran disciplinadamente el cambio operado. Si bien se sospecha, y ha sido dicho, que el presidente ha ofrecido garantías, ha impuesto su autoridad. Y las Fuerzas Armadas han aceptado lo que hasta hace poco era inaceptable: la posibilidad de que algunos de sus miembros, seguramente un puñado, podrán ser procesados y sentenciados, e irán presos; el quid pro quo parece ser el que no irán a prisiones comunes.
¿Qué le falta al presidente? Le falta que aparezcan restos de algunas personas, al menos de una, el de María Claudia Irureta Goyena. Y que haya algún que otro procesamiento con prisión. Con estos dos logros podrá proclamar el cierre de una época, ahora sí el definitivo fin de la transición. Ese cierre no será aceptado por todos. Será rechazado por unos cuantos que persistirán en su lógica y en su verdad. Pero desde el punto de vista de lo que impacta sobre un gobierno, habrá dejado el tema atrás.
Pero afronta diversos riesgos antes de llegar a la meta, siempre caminando sobre ese pretil. Necesita que aparezcan esos restos (en particular los “restos simbólicos”), que la Justicia no se desmadre (mediante encarcelamientos con endeble base jurídica) ni que tampoco se quede corta o sólo con encarcelamiento de civiles. Y mientras, afronta el gran riesgo del mal manejo comunicacional del gobierno, desde que los hallazgos en el Batallón 14 eran cuestión de horas hasta los desmentidos restos de cal en la chacra de Pando. Por supuesto, también tiene ante sí el reto de minimizar la disconformidad, que siempre va a existir.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 28
- 2005