De corporaciones y Parlamento
Oscar A. Bottinelli
 

 Un dato de este casi primer semestre de gobierno es el poco peso de la oposición y el escaso papel que cumple el Parlamento. El poco peso de la oposición es producto por un lado de la carencia de estrategia y rumbo de una oposición que ha reducido su función al juego de francotiradores; pero por otro de la falta de diálogo de la mayoría con las minorías. No hay consultas desde el gobierno, ni a nivel presidencial ni a nivel de ministros, no hay diálogo a nivel parlamentario. Los directorios de los entes autónomos y servicios descentralizados han quedado con una integración trunca y al margen de la Constitución, porque trunco quedó el diálogo entre la izquierda y el nacionalismo. Ahora por varios canales informales se reactiva el diálogo con el propósito oficialista de renovar la composición de la Corte Electoral y del Tribunal de Cuentas, a los efectos de asegurarse la mayoría absoluta en ambos cuerpos. El Partido Nacional tiene ante sí la única prenda de negociación con el gobierno: si por alguna razón llega a entregarla, decide por sí mismo quedar marginado por el resto del periodo de gobierno, o al menos por todo el tiempo que el gobierno pueda gobernar por sí mismo y sin necesidad de recurrir a apoyos externos. Como quien dice, si el Partido Nacional actúa con criterio de juego de poder, no habría acuerdo en la renovación de estos organismos. Y por ahora ahí empieza y termina el diálogo político.
El reducido papel del Parlamento puede explicarse por el hecho novedoso – desde la restauración institucional – como lo es el que un solo partido cuente con mayoría absoluta en ambas cámaras; esto no ocurría en el país desde la elección de 1966. En las cuatro legislaturas habidas desde la restauración, en todas el gobierno debió conformar coaliciones o entendimientos para contar con mayoría parlamentaria, a lo que debe sumarse que la falta de monolitismo de los partidos tradicionales supuso también para el presidente de la República la necesidad de incursionar en negociaciones internas. En otras palabras. En su primera presidencia Sanguinetti debió negociar con Pacheco y Flores Silva, además de atender la opinión de Batlle, y además hacia fuera negociar con el Partido Nacional, que en esencia era hacerlo con Wilson Ferreira Aldunate. Lacalle debió negociar con Carlos Julio Pereyra y Gonzalo Aguirre y hacia fuera con Batlle, Pacheco y Sanguinetti. En su segundo mandato Sanguinetti debió negociar poco hacia adentro (atender a Batlle y a Pacheco) y mucho hacia fuera, fundamentalmente con Volonte pero también con Lacalle y Pereyra. Batlle presidente debió negociar con Sanguinetti adentro y con Lacalle afuera. Ahora Tabaré Vázquez cuando decide decidir no necesita negociar adentro con nadie y no necesita negociar afuera tampoco con nadie. Como el oficialismo no solo no necesita negociar sino que tampoco demuestra voluntad de hacerlo, el papel del Parlamento se viene traduciendo en cuerpos con baja actuación, que por ahora cumplen el papel de ratificadores de las iniciativas gubernamentales.
Sin embargo, diferente es lo que ocurre en el juego de los intereses económicos y sociales, en lo que cabe denominar los juegos corporativos. Allí sí el gobierno atiende a las partes. La Cámara de Comercio en una jugada arriesgada – porque lo hizo en solitario, sin contar con el conjunto del frente empresarial – se plantó y ha logrado que la ley de fuero sindical atienda algunos de sus planteos, o corrija mucho de lo que los empresarios consideran excesos. Las mismas objeciones hechas por blancos y colorados en la Cámara de Diputados no fueron de recibo para el oficialismo. Un planteo de la Cámara de Comercio acompañado de jugadas duras logra ser recogido por el oficialismo. La Cámara de Industria logra con sus reclamos lo que dicho por los políticos opositores cae en oídos sordos.
La explicación de todo esto hay que encontrarlo en que este gobierno, la izquierda uruguaya mayoritariamente, en los hechos y más allá de los discursos teóricos, manifiesta una fuerte vocación corporativa y una menor vocación por el juego de las representaciones partidarias. Para la izquierda las organizaciones de representación corporativa (sindicatos, cámaras empresariales) representan el país real, los partidos políticos aparecen representando o un país virtual o una superestructura de la burocracia política. La representación corporativa aparece como más sana o más auténtica que la representación partidaria. De allí el impulso del Consejo de la Economía Nacional, visto como un parlamento real, frente al Parlamento de representación partidaria. Así como el impulso de comisiones y ámbitos bi o multipartitos. Lo que (casi) siempre está ausente de esos diálogos son los partidos políticos como tales. Y esta visión del oficialismo tiende a coincidir, si no con una visión estructurada de la sociedad, sino con un conjunto de valores y sentimientos de la gran mayoría de la sociedad. Una sociedad que tiende a ver lo político-partidario como algo non sancto y lo social como algo sancto, aquéllo como poco presentable y esto como purificado.
Esta lucha entre representación corporativa y representación partidaria no es nueva. Dentro de la propia izquierda generó más de un conflicto el papel de la estructura partidaria en relación a la estructura social. Más de una vez el general Seregni - firme partidario del papel central de la estructura partidaria - debió salir al cruce de posturas que en los hechos terminaban subsumiendo al Frente Amplio detrás de la estrategia y las movilizaciones del PIT-CNT. En una lectura simple se podría atribuir a intenciones menores la búsqueda de primacía de lo uno sobre lo otro, como por ejemplo que hay grupos políticos a los cuales el juego corporativo da mayor poder que los juegos políticos clásicos, y a la inversa. Y como siempre, las intenciones menores existen. Pero hay que ver el bosque, y allí se ve que hay sustancialmente una visión diferente a la tradicional en cuanto al juego de las representaciones.
 

Publicado en diario El Observador
julio 31
- 2005