La administración del mutis
Oscar A. Bottinelli
 

 

En las últimas semanas se observa que la forma de la operativa del gobierno se caracteriza por un fuerte protagonismo de algunos ministros y un prolongado mutis del presidente de la República, con ocasionales presencias en la escena. En la administración cotidiana de sus dicasterios, los ministros exhiben niveles muy variados de eficiencia y resultados, desde unos muy fluidos (y en tal sentido hay un juicio coincidente en torno al de Transporte y Obras Públicas) hasta otros casi caóticos (y también hay juicios coincidentes en señalar al de Desarrollo Social). El que haya eficiencia o ineficiencia en la gestión y eficacia o ineficacia en los resultados no debe confundirse con el acuerdo o desacuerdo con las decisiones tomadas o las políticas impulsadas, temas que entran dentro del natural juego de la controversia de ideas. Es una evaluación técnica de gestión. Este es un tema de desniveles connatural al estreno de elencos muy nuevos en el ejercicio del gobierno y de la administración, desniveles propios de un cambio político tan fuerte como el operado en este país.
Otro tema es que además de desniveles haya diferencias sustantivas en cuanto al rumbo del gobierno. Claramente no hay un rumbo, sino varios y no conjugables. Porque no hay uno sino varios puntos de partida diferentes y hasta opuestos. Si se va hacia un refortalecimiento del papel del Estado y a una mayor regulación de la economía y la sociedad, es un camino. Si se busca mantener ciertos grados de libertad económica y desregulación estatal es otro camino. Ambos son válidos, y también todas las vías intermedias que se quisiere, ya que la validez de uno u otro lo determina en primer lugar el conjunto de ideas y valores que sustenta quien formula la opción. Lo que no es válido es abrir varios caminos a la vez, para llevar en forma simultánea al conjunto del país, porque todavía no se ha descubierto que un mismo cuerpo ocupe diferentes espacios en el mismo tiempo. Aquí es donde aparece el silencio del presidente de la República.
El mutis presidencial puede tener distintas explicaciones. Puede ser la expresión de un calculado uso de la palabra y del silencio, en combinación con una calculada estrategia, o puede ser el resultado de la indecisión, de la dificultad de decidir o de la carencia de medios para poder decidir. Tabaré Vázquez Rosas es un hombre muy peculiar en cuanto a la conducción política y estatal. No sería el primer presidente en refugiarse en largos tiempos de silencio, dejar el desgaste a la segunda y tercera línea de gobierno, y aparecer de refresco, con la palabra y la decisión justas en el momento oportuno. Es una forma peligrosa de conducción, porque desgasta elencos, pero es muy efectiva y de bajo desgaste para la propia figura presidencial. Es posible que algo de esto haya en estos largos silencios del presidente, interrumpidos como en estos días por una rápida y fuerte entrada en escena para cortar de raíz el problema de los piquetes y bloqueos.
Pero también hay que observar algunas características personales. Una, no es un hombre que guste del debate, ni del intercambio prolongado de ideas, ni de las reuniones largas. Dos, consecuentemente, no es un articulador de posiciones encontradas, un zurcidor político. Tres, no gusta mucho él mismo de consensuar sus propias posiciones, y tiende a dos extremos: por un lado delega todo lo delegable y por otro lado cuando interviene lo hace a título de dictat. En algunos aspectos su forma de conducción se parece más a la conducción empresarial o a la militar que a las formas más usadas en el mundo de conducción política o estatal.
A ello debe sumarse que Vázquez tiene otra característica que es muy relevante a la hora de analizar su conducta. Gusta de seducir y no es muy tolerante a la crítica. En lo público eso lo ha llevado desde que entró en la vida política a descalificar a la persona o grupo de donde parte la crítica. En lo privado, su búsqueda de seducción y a su vez de aceptación por parte del interlocutor ocasional lo lleva a aproximar sus palabras todo lo posible a lo que es grato para ese interlocutor. Esto último produce muchos equívocos, como que todo el que habla con él sale convencido de haber obtenido su apoyo o haber logrado que se le diese la razón.
Enrique Tarigo decía que gobernar es el arte de decir que no. Hombre cortante y duro en su accionar público, en contraste con su forma amable y abierta en lo íntimo, quería significar que gobernar es optar, elegir; que toda elección supone tomar un camino, decir que sí a una propuesta o demanda, y como consecuencia obvia, rechazar todos los demás caminos y decir que no a todas las demás propuestas, iniciativas, reclamos o demandas. El nudo de la cuestión es que no hay forma de gobernar sin decidir, y no hay forma de decidir sin decir que no a muchos y en muchos momentos, y decir sí a pocos o en pocos momentos. Se puede decir que no de muchas maneras, en forma ríspida y agresiva, o se lo puede hacer de manera seductora y convincente, como para que el rechazado salga contento con el rechazo recibido. Pero este es un tema de estilos, de formas. La esencia es la necesidad de optar y de decir que no. Aquí es donde al presidente le cuesta actuar, le resulta un alto costo personal el decir que no, el no poder contentar a todos, o al menos a todos los que el considera de su lado y bajo su protección, a toda la gente que trabaja o que no trabaja y que constituye lo que genéricamente se llama el pueblo. Además, elegir es profundizar en temas donde los presidentes no siempre tienen experiencia o conocimiento suficiente y son tributarios del consejo de las personas en quienes confía. Hay presidentes que tienen mayores áreas de conocimiento propio y hay presidentes con menores áreas de conocimiento propio. Cuanto menor resulte el área de conocimientos, mayor será la dificultad en decidir.
Parece que el presidente se va inclinando por una administración dosificada de su presencia y sus decisiones, que deja generar el vacío y con su presencia llena ese vacío, y deja además un mensaje inequívoco: solo el presidente es capaz de llenar vacíos. Lo ocurrido con el tema piquetes, bloqueos y demás es significativo. Pero hay temas más importantes aún que requieren de decisión, de un tipo de decisiones que significa arbitrar entre rumbos diferentes y hasta opuestos. Y además esa necesidad la mar de las veces tiene tiempos impostergables.
 

Publicado en diario El Observador
julio 17
- 2005