El día en que renunció Felipe
Oscar A. Bottinelli
 

 

Un día, hace un cuarto de siglo, Felipe González renunció al liderazgo del Partido Socialista Obrero Español, de definición marxista, porque no estaba dispuesto a seguir liderando un partido marxista. Lo que Felipe comprendió fue que a comienzos de los años ochenta, la definición marxista era el mayor de los obstáculos que se interponían entre el PSOE y el gobierno. El talante de los españoles, formados unos en los años del franquismo y otros con el recuerdo de los años sangrientos, estaba para gobiernos centristas, algo más a la izquierda o un poco más a la derecha del centro, y en todo caso lo más cerca posible de Europa y la modernidad. Para esos españoles el marxismo aparecía como lo antiguo, con olor a la Guerra Civil, como algo intransigente y demasiado a la izquierda. El PSOE le dio la razón a su líder, quien volvió al liderazgo y de allí saltó a la Moncloa.
Lo hecho por González no fue otra cosa que la repetición paso a paso, con anécdotas más o anécdotas menos, de lo recorrido un cuarto de siglo antes (1959) por Erich Ollenhauer en Godesberg: el Partido Social Demócrata de Alemania Federal abandonó el marxismo y la lucha de clases. No había forma de llegar al gobierno con una definición marxista en plena guerra fría, en la frontera entre los dos bloques, en la Alemania capitalista de Occidente enfrentada a la Alemania marxista del Este.

El Partido Comunista Italiano siguió un larguísimo camino que pasó por la separación del liderazgo de Moscú, la condena a la intervención soviética en Checoslovaquia, el apoyo a la integración de Italia a la Otan, el eurocomunismo, el cambio de nombre hacia Partido Democrático de Izquierda junto con la minimización de la hoz y el martillo, y finalmente el abandono definitivo de la hoz y el martillo. Así, un día, Massimo D´Alema se sentó en Palazzo Chigi.

Estos son tres de muchos ejemplos de izquierda, pero los hay también de derecha, de fuerzas políticas que al acercarse al gobierno se prepararon para el mismo: dieron los pasos necesarios para llegar al gobierno y, luego, desde el gobierno, poder gobernar. Lo común a los tres ejemplos es que el cambio es un presupuesto esencial para poder llegar al gobierno, un tema de previo y especial pronunciamiento para lograr la confianza mayoritaria de la sociedad para obtener su preferencia.

El caso uruguayo difiere en mucho de los casos señalados. La izquierda uruguaya moderó mucho su propuesta (entendida como aproximación al centro) desde los finales del período militar y acentuó bastante esa moderación en la última campaña electoral nacional. Pero aún así el imaginario global de la dirigencia y la militancia frenteamplistas, y de sus adyacencias, y del propio líder y hoy presidente, quedó con una impronta más próxima al lenguaje y acción opositoras que a las exigencias y desafíos del gobierno. Tanto, que el discurso presidencial del 1° de marzo, el de la noche, ante la gente, en la escalinata del Palacio Legislativo, fue una fuerte asunción de compromisos más propios de un candidato que de un mandatario que inicia su mandato. Pronunció frases que ya empiezan a ser utilizadas por los reclamantes, llámense deudores en dólares, productores rurales, asalariados públicos. Se comprometió a que la deuda externa no se va a pagar con el sufrimiento de los uruguayos, que no habrá más atraso cambiario, que nadie perderá sus bienes si se endeudó trabajando. Esto marca una fuerte diferencia con la izquierda europea, española, alemana e italiana, cuya propuesta tuvo la centripetación exigida por las exigencias del gobierno.

Pero ese quedar a medio camino no fue lineal ni para todos los casos y más bien lo que el nuevo oficialismo marca es un formidable desnivel. Que a veces tiene que ver con el punto de partida de cada quien, pero otras veces con la velocidad o profundidad en el cambio. El gobierno exhibe en muchas áreas serias dificultades para pasar del plano de los propósitos ideales al plano de los programas realizables, de los objetivos conseguibles. Pero en particular, hay mucho desafine en cuanto a si es un gobierno con propósitos revolucionarios, de cambio profundo y sustantivo de la sociedad, o es un gobierno de izquierda moderada que pretende llevar la nave del Estado con prudencia hacia mayores niveles de solidaridad o sensibilidad social de lo que hicieron los gobiernos anteriores, o de lo que la sociedad cree que no hicieron los gobiernos anteriores.

Lo que explica bastante que la izquierda uruguaya no haya hecho a tiempo el proceso de la izquierda europea es la diferencia en las demandas de la sociedad. En Europa la sociedad exigía la centripetación. En Uruguay la sociedad mayoritariamente reclama (no sólo a la izquierda, también a buena parte de los sectores tradicionales) revivir el pasado, aquel Nirvana ubicado por la mitad del siglo pasado. A la inversa de Europa, entonces, la centripetación surge como una exigencia de los requerimientos pragmáticos del gobierno y no como una exigencia de la sociedad para poder darle el voto necesario para acceder al gobierno. No es una necesidad previa sino posterior.

Como es una exigencia posterior, hay un tiempo mayor que el que pudieron haber tenido los partidos europeos. Más en una sociedad que por un lado demanda fuertes cambios para el retorno a un pasado ideal, pero por otro no tiene exigencias mágicas, no espera que ni el país ni su situación personal mejoren de un día para otro. La gente espera que el país y la vida de la persona misma cambien para mejor, pero de a poco y con tiempo para esperar. Pero el problema que tiene siempre el tiempo es que transcurre y no se detiene, lo que quiere decir que hay un lapso para aprovecharlo, a partir del cual es tiempo pasado, tiempo desperdiciado.

Si la izquierda uruguaya se propone llevar adelante un gobierno eficaz, con algunos cambios hacia la gente, y no hacer una revolución, es hora que realice el ajuste de discurso, que requiere previamente el ajuste de pensamiento y el ajuste de imaginarios de las dirigencias y los gobernantes.
 

Publicado en diario El Observador
junio 26
- 2005