Luces y sombras de Maracaná
Oscar A. Bottinelli
 

Maracaná como se sabe es el gran estadio de fútbol de la ciudad de Río de Janeiro. Su nombre se asocia con el partido en que Uruguay en 1950, con gol de Ghiggia, derrota a Brasil y se corona por cuarta vez el mejor seleccionado del planeta. También se asocia cuando 40 años después Brasil gana a Uruguay la Copa América con un cabezazo de Romario. Maracaná es pues un símbolo de las luces y sombras de la compleja relación entre Brasil y Uruguay, en todos los terrenos, complejidad que parte de las profundidades de la corta historia de estos países, entre el país-imperio que siempre consideró suyo este territorio y la provincia que en 1825 declaró su independencia del "Emperador del Brasil, del rey de Portugal y de cualquier otro poder del universo". Muchos fuera de esta tierra no saben y muchos aquí no recuerdan que la fiesta nacional del 25 de agosto conmemora la independencia de Brasil y de Portugal. Así como este es el único territorio que perdió Brasil, las relaciones con Argentina siempre estuvieron teñidas del fantasma de ser para los argentinos "la provincia que perdimos"
Las relaciones entre Uruguay y Brasil hoy tienen muchas lecturas, según el lugar donde se pose el observador para ver el paisaje. Para un cultivador de arroz nada ha cambiado ni con Lula allá ni con Vázquez acá; sencillamente los cultivadores gaúchos siguen logrando petardear la entrada del arroz uruguayo. Para un amante de las hermandades ideológicas, el compañero Lula y el compañero Vázquez conforman un eje de izquierda que hace temblar al imperio. Para alguien preocupado por el tema energético lo único que puede ver es que no se ha logrado que llegue ahora ni siquiera algún que otro mísero quilovatio adicional

Pero hay otros temas que tiene que ver con la relación entre ambos países. Uno es la reforma de la Carta Orgánica de las Naciones Unidas, que Koffi Annan presiona para que se defina y apruebe cuanto antes. Otro es la elección de la conducción de la Organización Mundial de Comercio. Tempranamente Uruguay impulsó para esta función la candidatura de Daniel Pérez del Castillo. El primer escollo lo constituyó el lanzamiento por parte del gobierno de Lula de su propia candidatura, sin posibilidades de triunfo en cuanto a la elección, pero cuyo único propósito era bloquear la candidatura uruguaya. Brasil esgrimió dos argumentos. Uno, que cuando el candidato uruguayo presidió la ronda de la OMC sostuvo una tesis sesgada contra Brasil y el Grupo de los 20; Uruguay sostiene que actuó con el equilibrio y la ponderación de quien tiene que presidir, sin volcar su peso a favor de nadie, sino de buscar un entendimiento entre todos. El segundo argumento, dicho más bien en voz baja, pero algún que otro gobernante o dirigente lo dijo en voz alta: Uruguay es un país demasiado pequeño e insignificante para tener tantos cargos relevantes a nivel mundial, como la Presidencia del BID, la Secretaría General de ALADI y en carrera la conducción de la OMC. Así fue que confluyeron cuatro candidatos: de Francia, Brasil, Mauricio y Uruguay. Eliminado en la primera votación el candidato brasileño, el gobierno de Lula en la segunda votación se abstuvo, ni siquiera sin candidato propio dio apoyo a Uruguay. Eliminado el candidato de Mauricio, llegan a la tercera votación Daniel Pérez del Castillo y el francés Pascal Lamy. Ahora sí Brasil no ha tenido otro remedio que aceptar el trago amargo de dar su voto a Uruguay y dejar en claro para que nadie dude que le es un trago amargo.

El triunfo logrado hasta ahora por este país en la carrera hacia la OMC y el haber doblegado a Brasil, son sin duda resultados importante para Uruguay, producto de una política de Estado. La candidatura de Pérez del Castillo surgió impulsada por el entonces presidente Batlle y el entonces canciller Opertti, que jugaron fuerte y activamente para poner en carrera a un nacional. A mediados del año pasado Reinaldo Gargano, entonces solamente líder de la tercera fuerza política frenteamplista, expresó pública y decididamente su apoyo a Pérez del Castillo, apoyo que reiteró en los primeros días de noviembre, y ratificó como canciller designado. Producido el cambio de gobierno, el presidente Vázquez, el canciller Gargano y el staff diplomático uruguayo desplegaron un esfuerzo impresionante para alcanzar este resultado. Es interesante que en la cumbre uruguayo-brasileña de semanas atrás, a pedido de Brasil quedara expresamente fuera de la agenda el tema de la elección en la OMC. El gobierno de Lula jugó este tema con gran empecinamiento y torpeza, calculó mal los apoyos hacia uno y otro, y perdió, entre otras cosas porque no es fácil ganar cuando no se juega para ganar uno sino para hacer perder al otro. Brasil en este proceso granjeó antipatías y no cosechó nuevas simpatías.

Otro tema que complica las relaciones bilaterales - o que al menos incomoda al gobierno uruguayo - es la reforma de la ONU. Hay dos tesis enfrentadas. De un lado los aspirantes a nuevos miembros permanentes (como Brasil, Alemania y Japón), que obtendrían el status de gran potencia de segunda línea, es decir, miembros permanentes al igual que los actuales cinco (China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia) pero sin el derecho al veto que poseen éstos. Del otro lado un grupo de países que auspicia la ampliación del Consejo de Seguridad en un esquema más flexible, que apunta más a la representatividad de bloques que a la creación de un nuevo escalón de grandes potencias. Si a favor de los nuevos miembros permanentes Uruguay queda tironeado por Brasil y también por Japón (con el cual el país busca incentivar sus relaciones económicas), a favor de la otra tesis juegan varios países que hacen fuerza sobre Uruguay: Argentina, los dos países madre de esta sociedad como lo son España e Italia, y además México, con el cual se han establecido fuertes relaciones económicas.

Hasta hace muy poco Uruguay se vio inmerso en un contexto geopolítico extraño a la naturaleza del país. El destino natural ha sido, como lo definiera el diseñador de su estatuto de estado independiente, Lord Ponsonby, como "un algodón entres dos cristales", un país destinado a pendular entre uno y otro vecino poderoso. Hace un par de años una Argentina debilitada, en bancarrota, en aguda crisis social, política y económica, reconoció el liderazgo de Brasil. Ahora comienza a girar el barco, y Argentina parece volver por sus fueros, lo que es un hecho no menor para las relaciones de Uruguay con Brasil.
 

Publicado en diario El Observador
mayo 8
- 2005