Los disensos en el oficialismo
Oscar A. Bottinelli
 

Es un dato que en el oficialismo hay disensos menores o mayores. En principio conviene efectuar algunas precisiones. La primera es que los disensos no son una patología sino algo natural en sociedades libres y altamente politizadas como la uruguaya; una sociedad que se caracteriza por el cultivo fuerte del matizamiento de posiciones y una elite que – a veces en mayor grado, a veces en menor grado – ejercita el arte de la política como un trabajo de fina orfebrería. La segunda precisión es que toda organización y todo elenco que estrena su calidad de gobernante tiene un periodo de adaptación, en que lo normal es la existencia de desafines y desniveles; el oficialismo podría haber estado más preparado o menos preparado para instalarse en el gobierno, pero los desajustes siempre iban a existir: son parte del pasaje de la cultura de oposición a la cultura de gobierno, que no es un cambio de funciones sino un cambio de cultura.
Hay disensos que tienen que ver con las experiencias previas, otros con la mayor o menor velocidad de adaptación al cambio (a la función de gobierno), otros por la diferencia entre quienes privilegian el mayor cuidado por el mantenimiento permanente de la captación popular y quienes están más preocupados por la gestión y los resultados de gobierno. Cada uno de de ellos son temas a tratar. Pero uno, y es el objeto de este análisis, tiene que ver con las diferencias de culturas políticas, que más o menos pueden llamarse diferencias ideológicas, con lo confuso y vago que es el concepto de ideología.

Por lo pronto, las vertientes ideológicas del oficialismo son muy variadas. Hay sectores que provienen del marxismo-leninismo o del marxismo con los aportes de Lenin, en sus diversas corrientes, que se expresan por ejemplo en el Partido Comunista, el Partido Socialista o el Partido por la Victoria del Pueblo; otros que con los años abandonaron el marxismo-leninismo, o lo han diluido o lo han combinado, como el eje troncal de la Vertiente Artiguista o la Confluencia Frenteamplista. Hay sectores o dirigentes cuya impronta está marcada por la socialdemocracia, el socialcristianismo o que vienen de diversas fuentes del cristianismo de izquierda de los sesenta. Hay sectores eclécticos con diversas fuentes revolucionarias, tercermundistas, latinoamericanistas, como se ve por ejemplo en el Movimiento de Participación Popular.

Pero esencialmente se observan dos grandes ejes divisorios en materia de cultura política. En cada eje no se agrupa del mismo lado a la misma gente, ni tampoco es fácil – ni es el propósito de este artículo – hacer una minuciosa clasificación. Uno de los grandes ejes está relacionado con cómo se ve el acceso del gobierno a la izquierda. En términos gruesos, que como toda simplificación tiene un tanto de inexacto, puede decirse que uno de los campos es el de quienes ven este acceso como un hito histórico de quiebre, el momento en que comienzan a diluirse los valores y reglas de la sociedad capitalista, para pacientemente y de a poco comenzar a construir el camino hacia una sociedad socialista (entendida como diferente y alternativa al capitalismo). Para este campo, el papel del capital y de las empresas es éticamente incorrecto, aceptable por un tiempo (quizás largo) a los efectos de cumplir una transición (quizás también larga). Lo más fuerte, que aparece con mucho énfasis en el discurso presidencial y en el de varios líderes políticos: la condena al lucro; el lucro como algo indeseable o éticamente cuestionable.

El otro campo de este eje divisorio no cuestiona esencialmente la sociedad capitalista o al menos los mecanismos del mercado (entre los cuales, y en primer término, el papel básico del capital); cuestiona lo que considera excesos del capitalismo. Fundamentalmente cuestiona las inequidades y los resultados negativos o deficitarios en términos sociales. El acceso del Encuentro Progresista, del Frente Amplio o de la Nueva Mayoría al gobierno es un hito histórico en lo político, pero tiene más de deja vue, de retorno a ciclos históricos pasados, de reformulación de viejos modelos, de aggiornamento de modelos políticos de largo implante en el país, que de construcción de un modelo absolutamente nuevo y diferente. Y en tanto eso, se emparenta de manera fuerte con la izquierda europea, en gran medida con la expresada en el socialismo europeo (en el Partido Socialista Europeo) pero también con la Izquierda Unitaria Europea. A diferencia del otro campo, no cuestiona el lucro, sino que cuestiona el lucro sin contrapartida social, que es más o menos parecido a decir la ganancia sin la contrapartida del pago de impuestos adecuados, de proporcionar empleo suficiente y de pagar salarios dignos. También esta visión aparece en el discurso presidencial y en el de otros líderes. Entre uno y otro campo la diferencia no es menor, es una diferencia cultural, y la misma aparece a veces explícita y otras de manera subyacente, tanto en la discusión de temas trascendentes como a la hora de adoptar medidas puntuales y menores.

Hay un segundo eje de diferencia cultural que tiene mucho que ver con la valoración del trabajo, de la mendicidad y del delito; tiene que ver con la diferencia de valoración sobre la pobreza y los pobres, la marginalidad y los marginales. Un campo es el que considera válida todas las estrategias de sobrevivencia del ser humano, que cada uno tiene el legítimo derecho de usar las vías que encuentre a su alcance, sea esa vía el trabajo regular, el trabajo informal, la mendicidad (que queda menos humillante si se la denomina "mangueo"), el contrabando o el robo. Otro campo es el que establece una línea divisoria tajante entre la cultura del trabajo y la cultura del no trabajo. En clave marxista significa que, sin perjuicio de establecer las responsabilidades del capitalismo en el desarrollo de la marginalidad y de cierto tipo de delitos, hay una barrera infranqueable entre el proletariado y el lumpenproletariado. Esta división de campos aparece en la izquierda desde las estrategias para combatir la exclusión hasta cómo encarar el tema de la vivienda y de los asentamientos. Las diferencias entre los campos son más larvadas que en el otro eje divisorio, menos asumidas explícitamente por los protagonistas, pero fácilmente encontrable en la lectura entre líneas. Y esas diferencias también surgen a la hora de encarar programas de gobierno o simples medidas concretas.

 

Publicado en diario El Observador
abril 10 - 2005