Tabaré, Fernando y Richelieu
Oscar A. Bottinelli
 

Fernando II de Habsburgo, emperador de Austria, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, Defensor de la Fe, guerreó sin tregua contra todo estado protestante en defensa del Papa y de la Iglesia de Roma. Para Fernando la política exterior era muy simple y no requería demasiadas elucubraciones, pues para eso estaban y bastaban los principios, credos y convicciones: hasta que se demostrase lo contrario sus aliados eran todos los reyes, príncipes, duques y repúblicas devotas del catolicismo, y siempre y en todo caso sus enemigos eran los reyes, príncipes, duques y repúblicas protestantes, en particular los principados alemanes alzados contra Su Santidad romana.
Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu, príncipe de la Iglesia Católica Apostólica Romana, primer ministro de Francia, la política exterior tenía otro norte y resultaba más complicada. Para él la guía no era otra cosa que la "raison d´Etat", el interés nacional de Francia, por encima de principios, credos y convicciones. Así fue que para estupor y desgracia de Fernando, y para indignación del Vicario de Cristo, el estadista-cardenal tejió una paciente y formidable alianza con todos los principados protestantes alemanes para asfixiar a la católica Austria, y sentar así el predominio de Francia sobre Europa por los siguientes 200 años. Guiarse por la "raison d´Etat" supone una política exterior minuciosamente elaborada y ejecutada, un trabajo de orfebrería política, una gran profundidad estratégica y amplio dominio táctico. Richelieu y sus sucesores tejieron y destejieron alianzas, enfrentaron enemigos que transformaron en amigos para luego retornar a enemigos, todo ello en función del objetivo estratégico y de las necesidades tácticas, siempre en función de la suprema razón, la razón de Estado, el interés nacional de la potencia.

Luis Inacio da Silva, Lula para sus amigos, presidente de Brasil, nacido a la luz pública como sindicalista, líder y fundador del partido de izquierda más exitoso en la historia del país, habla con un hombre de izquierda. Tiene a su lado a un tejedor de alianzas de izquierda, que habla lenguaje de izquierda y traslada el verbo de Brasil a sus amigos de izquierda gobernantes en la región, que se llama Marco Aurelio García. Pero lo que el presidente Lula ejecuta y lo que su asesor teje, no es otra cosa que una política diseñada por Itamaratí y basada en los mismos principios que trazara Richelieu hace 400 años. Porque Brasil es un claro ejemplo de un país que a lo largo de sus 18 décadas de vida independiente ha tenido la "raison d´Etat" como guía suprema de la política exterior, el interés nacional de un territorio nacido con vocación de imperio. Lo que ha cambiado a lo largo de los años son los cómo de esa política exterior, condicionada por el contexto mundial pero sobre todo por la situación relativa de Brasil. Esa política ha sido más protagónica y hegemónica cuanto más ha crecido el país como potencia.

Fidel Castro Ruz, presidente del Consejo de Estado de Cuba, líder revolucionario, hombre ideologizado si los hay, devoto del marxismo leninismo, sorprendió a buena parte de la izquierda de estas latitudes cuando decretó tres días de duelo nacional por la muerte del Generalísmo Francisco Franco Bahamonde, muerte celebrada en estas latitudes y por esa izquierda como el fin del último de los regímenes fascistas nacidos en los años veinte y treinta. Es que asfixiado por el bloqueo norteamericano, la Cuba de Castro encontró en la España de Franco un formidable aliado para perforar desde occidente ese bloqueo. Y así ese legado se mantiene hasta hoy entre el Castro hijo de gallegos y el presidente de Galicia Manuel Fraga Iribarne, otrora ministro de Franco. Es que Fidel Castro marxista-leninista y Francisco Franco falangista, cada uno en lo suyo, aplicaron la razón de Estado y buscaron el interés nacional de sus respectivos países.

Tabaré Vázquez Rosas, flamante presidente de esta República Oriental, es un hombre poco ideologizado, poco versado en política diplomática, con simpatías y antipatías construidas algunas en los años de formación de su pensamiento y otras producto de empatías personales, con utopías forjadas en esos años formativos, que ha demostrado en sus tres lustros de liderazgo un fino olfato y fuerte pragmatismo. Se encuentra con un formidable desafío: re-construir una política exterior diplomática para la República, y si es posible, que además sea un política de Estado. Uruguay se enfrenta a tres dimensiones de su política exterior: la diplomática, la comercial y la económico-financiera. En estos últimos dos campos el gobierno anterior consolidó una línea política que el actual gobierno parece dispuesto a continuar sin un solo grado de variación. Bajo la batuta de Danilo Astori y el sostén incondicional del presidente, el nuevo gobierno aplica en la política exterior económico-financiera la razón de Estado y la búsqueda del interés nacional, y aleja la tentación de las afinidades ideológicas. Así fue que resolvió continuar en solitario, con el bagaje de su prestigio y seriedad, en las negociaciones con los organismos internacionales (sin club de deudores). En el plano comercial no hay disidencias y el ministro Mujica fue el primero en afirmar la necesidad de mantener y ampliar el comercio de carne con Estados Unidos.

El gran desafío está en la política diplomática, donde el país debe re-construir una línea política tras la desprolijidad habida en el gobierno anterior, donde no solo no hubo política de Estado, sino tampoco política de gobierno, a la luz de los desafines entre el presidente y la cancillería. Y aquí es donde debe optar entre una política ideológica y una política realista acorde a la "raison d´Etat". De un lado están los imaginarios sobre la unidad latinoamericana, la integración regional, la sensibilidad común a progresistas. Del otro la realidad sobre las posibilidades de la integración regional, la clara defensa que Brasil hace de su interés nacional por encima de las conveniencias de la integración regional (interés nacional inmediato aún a costa de poner en tela de juicio su liderazgo regional), la defensa que Brasil hace de su hegemonía aún a costa de enfrentarse a los vecinos (no es poca cosa que sea quien trata de impedir que Uruguay se alce con el premio mayor de la Organización Mundial de Comercio) y un largo inventario de situaciones en que el imaginario no coincide con la realidad del presente. Tabaré tiene ante sí optar entre ser Fernando o ser Richelieu.
 

Publicado en diario El Observador
marzo 20 - 2005