Políticos, intimidad y peceras
Oscar A. Bottinelli
 

El ataque a Jorge Larrañaga en que se lo acusa de golpear a su esposa, trajo en medio de esta extraña campaña electoral el planteo de un tema de alto impacto estratégico, entendido como esos hechos que en el largo plazo afectan el funcionamiento del sistema político y de la sociedad. No es un tema nuevo en el mundo: durante largo tiempo el eje del debate nacional en la segunda presidencia de Clinton fue si mantuvo o no relaciones sexuales con una pasante, si fue en el Despacho Oval de la Casa Blanca, y cuál fue el tipo de acto sexual. El tema en esencia se descompone en: Uno - Si toda la vida de los hombres públicos es pública, o hay aspectos de la misma que deben quedar en la esfera de lo íntimo. Dos – En caso de que hubiere aspectos reservados a la intimidad, cuáles son, de qué naturaleza e inclusive hasta qué grado.
Hay un segundo plano en el análisis relativo a cuál es la importancia del candidato y, por ende, de su vida, tanto pública como privada. Las elecciones pueden ser casi exclusivamente personalizadas, como es el caso de los Estados Unidos, donde el papel de los partidos tiende a ser menor; pueden ser altamente partidizadas con escasa personalización, como lo fuera en Uruguay durante el segundo Colegiado (elecciones de 1954, 1958 y 1962) o en Italia a lo largo de toda la Primera República (1946-1992). En la mayor o menor personalización hay aspectos de cultura política y hay aspectos sistémicos: un Ejecutivo pluripersonal y determinadas formas de parlamentarismo alientan la partidización del voto, un Ejecutivo con dirección unipersonal (sea una Presidencia de la República, sea un premierato fuerte) tiende a la personalización. Lo anterior es válido para otros cargos ejecutivos (gobernaciones, intendencias, prefecturas, sindicaturas, alcaldías) y también para escaños parlamentarios cuando el sistema efectivo tiende a la contienda personalizada (circunscripciones uninominales, por ejemplo). Cuanto más partidizada resulte la elección, menor será la importancia del candidato y, por ende, menor será la gravitación de su personalidad, de su vida privada pero también de su vida pública. Cuanto más personalizada resulte la elección, mayor será el valor de la vida personal.

Si se acepta la tesis de que hay aspectos de la vida privada que deben ser de conocimiento público, surge la pregunta: ¿cuáles? Porque los sostenedores de cada materia, los luchadores de cada causa tienden a considerar que hay un tema que aunque fuere el único no debe quedar fuera del escrutinio público. La suma da una lista extensa. A título de apunte sin que constituya inventario completo: estado patrimonial del candidato y de su familia (¿hasta qué grado? ¿sólo por consaguinidad o también por afinidad? ¿en línea recta o también colateral?); los vínculos de carácter profesional, comercial o de trabajo (¿solo suyos? ¿de sus familiares? ¿hasta qué grado? ¿sólo por consaguinidad o también por afinidad? ¿en línea recta o también colateral?); el trato dado a los hijos, cónyuge, padres, hermanos, amigos; su orientación sexual y sus prácticas sexuales (tipo, frecuencia, ámbitos); el grado de fidelidad conyugal; el número de parejas habidas antes, durante y eventualmente después de su matrimonio (si lo tuvo); si en algún momento practicó el sexo mediante pago; creencias y prácticas religiosas; conducta empresarial, laboral o profesional; su pasado como estudiante (calificaciones, repeticiones, eliminaciones o reprobaciones, conocimiento si copió o no en algún examen o evaluación); estado de salud e historial clínico; estado psíquico (lo que obligaría a psicodiagnóstico de los candidatos); coeficiente intelectual. De aquí surge la necesidad de un código explícito o implícito que delimite lo público y lo privado, y que establezca además las formas de publicidad e investigación de lo íntimo.

Las sociedades han optado en general por dos grandes orientaciones, que pueden definirse como el concepto abierto, de que todo debe ser público, y el concepto limitado, que establece en determinado lugar una barrera entre lo público y lo privado. Definida la orientación y sus reglas, en general en forma implícita, su aplicación depende de que todo el sistema político y los comunicadores participen de ese consenso tácito. Cada orientación conduce a un tipo determinado de vida política, que afecta la forma en que los políticos se comunican entre sí, cómo se comunican con el público, cómo percibe el público a los políticos y cuál es el papel y hasta la formación de los comunicadores.

El concepto limitado, de separación de lo público con lo privado tiene de un lado el efecto (para unos positivo, para otros negativo) de que se escapan al conocimiento de la gente todos los aspectos de la vida privada de los políticos, según el inventario insinuado más arriba. El otro efecto es que la comunicación se centra en lo político y lo público, con lo que obliga a actores políticos, analistas y comunicadores a una especialización en lo político. Debe investigarse, analizarse y hurgar en todo lo relativo a la esfera pública.

El concepto abierto, donde no hay separación entre la vida pública y la vida íntima, tiene el efecto (y este es un dato de la realidad, una comprobación de lo que ocurre en todas las sociedades en que no hay separación de lo público de lo privado) que la competencia política y el periodismo tienden a centrarse en el hurgar ad infinitum en el basto inventario de todo lo atacable, a tenor de las creencias y valores medios de la sociedad. Estados Unidos es un ejemplo de dónde se centra la competencia política. Para muestra algunas piezas. Gary Hart fuera de la carrera presidencial por haberse descubierto que tuvo relaciones con una prostituta, Clinton y el affaire Mónica Lewinsky, Eagleton eliminado del ticket presidencial por haber sido paciente de un psiquiatra, Nelson Rockefeller crucificado por su divorcio. Sin duda para el periodismo es más redituable el sistema abierto: no se necesita demasiada formación para hurgar en la ropa interior de los candidatos, al menos es más fácil que estudiar programas, discursos y trayectorias, y sobretodo decodificar mensajes; hay mucha más audiencia: el público presta más interés si se discute el affaire Clinton-Lewinsky que si se debate el déficit fiscal. La farandulización de la política es inevitable. Esta misma campaña electoral en Uruguay muestra la insistencia del periodismo (con excepciones) en caracterizarla de vacía, cuando debe haber sido la campaña con mayor carga de propuestas programáticas desde la de 1989. Lo que está planteado es pues qué tipo de política y de sociedad en relación a la política se quiere.
 

Publicado en diario El Observador
octubre 10 - 2004