Las iglesias en la campaña
Oscar A. Bottinelli
 

El Consejo de Iglesias Cristianas del Uruguay (CICU) ha incursionado de manera fuerte en la cam- paña electoral y lo ha hecho en confrontación con los principales actores políticos. El CICU lo integran la Iglesia Católica y las iglesias protestantes más tradicionales: Anglicana, Evangélica Luterana, Evangélica Metodista, Evangélica del Río de la Plata, Evangélica Valdense y Pentecostal Naciente. Tradicionalmente las diferentes iglesias se han pronunciado durante las campañas electorales con perfil bajo y con el objetivo de exponer a sus feligreses las orientaciones a tener en cuenta a la hora de decidir el voto. Esta vez han salido en forma conjunta en tono fuerte y de admonición a los actores político-electorales. El tema central es su llamado "a no hacer del pobre y de la pobreza objetos de campaña electoral". Paralelamente hizo un llamado a buscar salidas posibles sin esperar los resultados electorales, es decir, a buscar esas salidas en no más allá de 50 días, porque ese es el tiempo que resta para que haya resultados electorales.
Analizar este llamado obliga a contextualizarlo. Contextualizar obliga a reflexionar sobre la democracia política, las elecciones y las campañas electorales. Lo que vulgarmente se denomina democracia política es lo que encuadra en la definición de poliarquía hecha por el politólogo norteamericano Robert Dahl. Un elemento esencial de la poliarquía lo constituye la elección de los gobernantes en elecciones libres y competitivas, mediante la confrontación de partidos y candidatos, que exponen y contraponen sus principios, ideas y propuestas, con la finalidad de obtener el apoyo de los electores, apoyo que se expresa a través de un mecanismo formal denominado voto. La confrontación de partidos y candidatos, las respectivas exposiciones y contraposiciones de ideas y propuestas, se realizan a través de un conjunto de métodos y medios, a lo largo de un periodo determinado, llamado campaña electoral. La campaña electoral es pues el periodo en que los actores políticos exponen sus propuestas con la finalidad de obtener el apoyo de los electores a fin de intentar llevar a la práctica esas propuestas. La campaña electoral no es el único (ni quizás el principal) periodo de captación de voluntades por parte de los actores políticos, sino el lapso más intenso en el cual se resumen los mensajes comunicados a lo largo de mucho tiempo. Es que los actores políticos van captando voluntades en función de los mensajes que emiten día a día, mes a mes, durante todo el tiempo de gobierno, intermediado por los tiempos electorales.

Los mensajes de los actores políticos son de diverso tipo: mensajes racionales, de tipo cartesiano, traducibles en palabras; y mensajes psicológicos, no necesariamente emocionales, que suponen el establecimiento de una relación de representación entre el ciudadano y el político. El ciudadano se adscribe a un grupo político, o sigue a un líder político, porque siente que ese grupo o ese líder refleja lo que ese ciudadano siente sobre su relación con la sociedad, sobre el funcionamiento de la sociedad, sobre el país y el mundo. Hay pues una cierta comunidad instintiva y profunda de cosmovisiones.

Existe un punto de vista que se puede llamar lego, simplificado, que cree que una campaña electoral debe ser una discusión académica en el plano exclusivamente racional sobre planes, programas y hasta articulados de proyectos de ley. Curiosamente una abrumadora mayoría de lo que creen eso, serían incapaces de seguir un debate en tales términos, al menos sobre todos los temas. Los mensajes se exponen ora en forma académica, ora mediante slogans, ora mediante discursos emotivos y convocantes. A veces desde un plano intelectual esto no se entiende, y se llega al extremo de creer por ejemplo que en la presente campaña electoral faltan propuestas y no se discute de propuestas. Las propuestas abundan, de todos los partidos, cuesta seguirlas y analizarlas. Hay de todo, como en botica, algunas muy elaboradas y sofisticadas, otras elementales, alguna colección de propuestas poco coherente, otras demasiado coherentes y por tanto muy rígidas. Pero todas ellas expresan con bastante claridad maneras de ser y de sentir el país y la gente, de ver la política, la economía y la sociedad.

Como se dice desde la Grecia antigua, la democracia puede devenir en demagogia. En toda democracia y en toda campaña electoral hay mayor o menor dosis de demagogia, en todo actor político hay siempre alguna cuota de demagogia. Pero no hay que confundir demagogia con voluntarismo. Demagogia es la acción deliberada de enviar mensajes con la única intención de obtener los votos y la también manifiesta intención de no atenerse a dichos mensajes. Otra cosa es voluntarismo: la creencia de todo dirigente político, que no es diferente a la creencia de todo dirigente religioso, social, empresarial o del tipo que fuere, que valora sus propias capacidades y fuerzas por encima de lo real y de lo posible. Eso no es demagogia. Tampoco es demagogia la moderación de propuestas a la hora de acercarse al gobierno, que ocurre siempre y en todo partido. Eso es pragmatismo. Las propuestas de Lacalle fueron mucho más radicales que lo que impulsó desde el gobierno, y lo que pudo lograr – frenos mediante – fue bastante menos de lo que impulsó. Esto que puede decirse aquí y desde un ángulo libremercadista, cabe decirlo en otros lados y desde un ángulo opuesto: hay una fuerte distancia desde el discurso del Felipe González dirigente clandestino y la acción del Felipe gobernante.

Los pobres y la pobreza componen un conjunto sobre el cual muchos dirigentes y fuerzas políticas consideran que debe ser priorizado en el país. Es una postura, y esa postura la trasmiten a la ciudadanía. Para empezar no se gana ninguna elección y menos un balotaje con el voto exclusivamente de los pobres. Las iglesias revelan una visión especial de la campaña electoral, como un gran show donde se juega a decir cosas para captar los votos, al parecer de gente ingenua y desprevenida. Es una visión muy extendida, pero no por extendida muy superficial que no capta los aspectos profundos de la comunicación entre electores y aspirantes a elegidos. Tan superficial como otra visión muy en boga hasta no hace mucho, de que las iglesias son máquinas de engañar a la gente para captar prosélitos. Y la visión de que la acción social de las iglesias y de otras instituciones, como la masonería, no tienen otra finalidad que la de dar limosnas para captar conciencias. Siempre hay que tener mucho cuidado, de todos y en todo tiempo, con leer sus propias acciones en función de las intenciones y las acciones de los demás según las intenciones que a esos demás uno les adjudica. Y también hay que tener mucho cuidado en creer que hay temas cuyo abordaje es patrimonio de algunas instituciones y vedado a otras.

Publicado en diario El Observador
setiembre 12 - 2004