Periodismo e intimidad
Oscar A. Bottinelli
 

Tradicionalmente el periodismo uruguayo tuvo entre sus principios rectores el establecer un fuerte límite entre lo público y lo privado. La esfera íntima de los individuos públicos se consideró por muy largo tiempo como afuera de la cobertura periodística, al menos en lo que se consideraba periodismo serio. No solo preservar la vida íntima, sino también considerar fuera del ámbito noticioso las conversaciones privadas entre periodistas y actores de la vida pública. Estos criterios rigieron durante casi todo el siglo pasado. Para unos ayudó a que la vida pública uruguaya no fuese distraída por fuegos artificiales, como cuando los Estados Unidos o la sociedad norteamericana tuvo como elemento central del debate político el sexo oral practicado entre una pasante y el primer mandatario, en el célebre despacho oval. Y que también han provocado que una carrera política se trunque o se potencie según el grado en que se revelen u oculten los detalles de la vida íntima, como aquel pobre Gary Hart, cuyos sueños de llegar a la Casa Blanca quedaron por el camino cuando un periódico reveló que había tenido relaciones con una prostituta. Claro que para que esto sea noticia no solo se requiere que haya un periodismo que difunda estos hechos como noticia, sino que haya un público que consuma esas noticias y además le otorgue valor social o político. Y esto que es válido para el periodismo lo es para todos los comunicadores, fueren profesionales de la comunicación o actores de la vida pública que en tanto tales son comunicadores o utilizan la comunicación pública. Desde otro punto de vista, aquel criterio comunicacional ha sido considerado como pacato cuando no como hipócrita, como la expresión de una sociedad que tiene una escala de valores para lo que se oculta y otra escala de valores para lo que se dice en público.
Sin entrar al análisis de la razón o sinrazón de cada quien, vale la pena hacer un breve inventario de los cambios que se han producido en el país en los últimos años:

Uno. La eliminación de la distinción entre las declaraciones publicables y las no publicables de parte de los actores de la vida pública. En otras palabras, la eliminación del “off the record”. Parte de dos premisas: a) el periodista es tal las 24 horas del día, en todo tiempo y lugar, todo lo que oiga, vea o diga es publicable; b) los actores de la vida pública deben tener un único discurso en todo tiempo y lugar, en público y en privado.

Dos. La grabación de las conversaciones telefónicas informales entre periodistas y actores, y la trascripción y publicación de dichas conversaciones. En otras palabras, el derecho al record del off the record, y a la publicación de ese off de record que pasa a ser in the record.

Tres. La publicación de fotos de figuras públicas obtenidas en ocasión de realizar actos privados (como un candidato a intendente fotografiado en una whiskería o una directora bancaria fotografiada en una discoteca bailando con su novio)

Cuatro. La grabación de videos con cámaras ocultas y la divulgación de lo registrado mediante dichas cámaras

Cinco. El empleo de un lenguaje considerado por padres y maestros como de mal gusto o impropio, o generalmente denominadas “malas palabras” o palabras soeces, o también calificadas como vulgaridades.

Seis. La realización de chistes relacionados con conductas sexuales que en el humor se le atribuyen a figuras públicas

Siete. La divulgación de versiones que atribuyen a una figura de la comunicación haber tenido relaciones sexuales en el estudio de la emisora.

La lista abarca temas diferentes. No se trata de lo mismo. Pero en conjunto trazan un cuadro de cómo se pasó de una escala de valores a otra. Del país que para unos era sobrio y para otros hipócrita, a un tipo de comunicación que para unos es amarillo y para otros es “sin concesiones”. Cada cual puede tener argumentos para defender un modelo u otro, o incluso quedarse en algún punto intermedio en el pasaje de un modelo al otro. Pero lo que hay que tener en cuenta son los cambios significativos que estos hechos tienen sobre la comunicación, sobre la sociedad y sobre la fijación de la agenda pública.

La eliminación de la distinción entre lo publicable y lo no publicable, lleva a un periodismo que levanta barreras en la comunicación con los actores de la vida pública, pues estos pasan a sentir que no tienen libertad de hablar abiertamente con los periodistas, pues todo puede ser publicado. Y los periodistas, al menos los que incursionan en el análisis, pueden así perder invalorables fuentes de información, carecer de datos sustanciales a la hora de valorar e interpretar los acontecimientos. De allí se cae pues en una situación en que los periodistas pasan también a una calidad de actores, como contra-actores de los actores clásicos. Esto genera un periodismo diferente, que para sus cultivadores implica servir a la sociedad y no a las dirigencias societales.

La divulgación de hechos de la vida íntima, o la atribución de hechos privados, o la práctica del humor basado en la vida íntima, todas estas cosas conducen a una sociedad con valores diferentes a los que tuvo tradicionalmente la sociedad uruguaya. Puede considerarse que así se conduce a una sociedad menos hipócrita y más trasparente, o puede considerarse que se pasa a la exaltación de lo banal para desplazar lo importante.

Se adopte la posición que se adopte, que nadie crea que éstos son hechos baladíes que no tienen impacto para el futuro. No quiere decir que las cosas sean hoy diferentes a la semana pasada. Transcurrirán semanas y meses sin que nada pase, pero si esto continúa un día se descubrirá que se vive en una sociedad con valores y temas diferentes. Una sociedad donde no hay fronteras entre lo público y lo privado, donde lo privado se divulga como si fuese público, es una sociedad diferente a la que reconoce la existencia de fronteras. Una sociedad donde cabe el diálogo reservado en forma diferenciada del diálogo público, es una sociedad diferente a la que no reconoce esas distinciones, donde no existe pues lo reservado. En gran medida puede decirse que un modelo es lo que todavía es Uruguay y otro modelo es lo que es Argentina. Y el país vive un momento en que se juega de qué lado se prefiere quedar, cuáles van a ser las reglas de la comunicación, si existen o no límites y cuáles son esos límites. Uno podrá estar muy equivocado, pero es importante advertir que no se crea que se trata de algo baladí o superficial: hay cosas muy profundas en juego.


 

Publicado en diario El Observador
mayo 23 - 2004