De populismo y demagogia
Oscar A. Bottinelli
 

En forma bastante reiterada se ha calificado a Tabaré Vázquez de populista. Desde las tiendas del Foro Batllista las calificaciones han adquirido la calidad de acusaciones. El pre-candidato presidencial Guillermo Stirling, acorde a su estilo contemporizador, dijo que no podía calificar a Vázquez de populista, porque sería una falta de consideración. Y Vázquez, por su parte, calificó de populista la medida del gobierno al rebajar o eliminar los adicionales al Impuesto a las Retribuciones Personales. La pregunta que surge es si los protagonistas tienen idea clara de lo que quiere decir populismo, o usan la palabra populismo como un eufemismo para no decir demagogia. Si se cambian las palabras, las cosas son más claras: a) El Foro dice que Vázquez es un demagogo; b) Stirling dice que no puede calificar a Vázquez de demagogo porque sería una falta de respeto; c) Vázquez dice que la rebaja o eliminación del adicional al IRP es un acto demagógico del gobierno. Dicho así, sin eufemismos, se entiende lo que cada cual quiere decir. La gente ha entendido esto mismo: que mutuamente se han acusado de demagogia. De donde para los actores políticos y para la propia gente, populismo y demagogia son sinónimos. El problema es que desde una estricta clasificación politológica no solo no son sinónimos sino que no tienen nada que ver, son conceptos correspondientes a variables diferentes. Y no es una exquisitez de cientistas políticos, sino que populismo operó como una clara definición hasta hace tres o cuatro décadas. Que el populismo puede caer con más facilidad en demagogia que otros tipos, es cierto; y también es correcto que para los nacionalismos conservadores todo acto a favor de la mayoría del pueblo por parte de los nacionalismos populistas era en sí mismo un acto de demagogia. Porque esto lleva a otro tema: ¿qué es demagogia?
Las palabras son códigos de comunicación. Tiene como finalidad esencial el permitir que un emisor emita un mensaje que va a ser entendido (decodificado) por un receptor en los mismos parámetros. Si uno envía un mensaje en un programa informático de Windows y pretendo leerlo en un programa de Linux, en principio no va a lograrlo; necesitará conversores o compatibilizadores. Lo mismo ocurre con el lenguaje. Lo más obvio de diferencia entre emisor y receptor en cuando el mensaje se emite en español y lo recibe un receptor que habla alemán: no se entiende. Es necesario recurrir a una decodificación y recodificación, es decir, a traducir el mensaje del español al alemán; así se comprende. El problema está en que los riesgos de desconexión existen no solo entre idiomas diferentes sino dentro del mismo idioma, y no sólo en función de formas particulares del habla según zonas o generaciones. Complica sobradamente el entendimiento claro de los mensajes cuando a las palabras se les dan diferentes significados, o se les cambia el significado.

Ocurre que muchas veces las palabras dejan de definir para calificar. Democracia es un término bueno, de donde muy pocas personas en el mundo occidental se atreven a defender ideas no democráticas. Pero luego al escribir la democracia a la que adhieren, surge claro que entre unos y otros no hay parentesco alguno. Neoliberalismo es un término peyorativo y condenatorio. De donde los partidarios del libre mercado en una reformulación de los viejos postulados del liberalismo económico, no asumen el término. Pero además se califica de neoliberal a quienes adhieren al más puro libremercado, pero también a quienes defienden posturas socialdemócratas. Con el término populismo está pasando algo similar: no define, sino que califica peyorativamente.

La ciencia política no ha sido muy precisa en la definición del populismo. Se lo usa mucho, se clasifican regímenes como populistas o nacional-populistas, pero hay pocos trabajos que se tomen el trabajo de hacer una precisa definición, y la mayoría son imperfectos, no terminan por definir con precisión. Algunas de las definiciones acentúan el parentesco entre populismo y fascismo; otros acentúan el nexo entre populismo y nacionalismo. Lo común a todas las definiciones es concebir el populismo como una doctrina o praxis política que se basa en liderazgos fuertes que pretenden políticas de distribución a favor de los sectores más necesitados y generalmente mayoritarios de la sociedad (“el pueblo”), esa distribución o asistencia se practica en forma de otorgamiento y conlleva una actitud de tipo paternalista. Más o menos por aquí se tocan casi todas las definiciones de populismo. Otras definiciones añaden y acentúan una proclividad hacia la democracia directa (o mayor énfasis en la democracia directa) y cuestionamientos o relativizaciones de la democracia representativa.

¿Qué es demagogia? Tampoco hay una definición única, por lo que vale la pena emplear la segunda acepción de la Real Academia: “Halago de la plebe para hacerla instrumento de la propia ambición política”. Demagógica puede ser una medida o un discurso que busca la aceptación o apoyo popular y que éste se traduzca en votos. Ocurre que todas las acciones a favor de de los asalariados y de los sectores de menor nivel económico, es decir, lo que comúnmente se denominan las acciones “a favor del pueblo”, desde tiendas conservadoras se las tilda de demagógicas, y en este ataque caen populistas, socialdemócratas, socialcristianos, partidarios de la economía social de mercado y hasta libremercadistas heterodoxos. Y ocurre también que desde todas las tiendas políticas se realizan discursos, se formulan promesas o se desarrollan medidas de gobierno con la única finalidad de obtener apoyo popular y, en épocas electorales, votos.

Conviene pues manejar el vocabulario con algo más de precisión, porque por el camino de los eufemismos se siguen desvalorizando palabras y se reduce entonces el léxico posible del habla política. Hoy es imaginable que en Uruguay surge dentro o fuera de los partidos ningún movimiento que se llame a sí mismo populistas, pues la gente leería que se definen como partido demagógico. Cada vez quedan menos palabras para describir y definir.

 

Publicado en diario El Observador
mayo 9 - 2004