El Rubicón es un arroyo
Oscar A. Bottinelli
 

El río Rubicón constituía uno de los límites de la vieja República de Roma. Su importancia radicó en que ninguna legión de regreso a la metrópoli podía atravesar el río en armas, so pena de considerársele en rebelión contra la República. Como pasa con toda frontera impuesta por el hombre, primero se la ve inconmensurable. Después que César lo cruzó en armas (y se hizo con el poder de la República), al Rubicón se lo vio como lo que era: un hilo de agua que en estas latitudes merecería el calificativo de arroyo, y que hoy lleva el poco impresionante nombre de Fiumicino, diminutivo de Fiume, río. Algo así viene pasando con las identificaciones políticas de los uruguayos, con las pertenencias partidarias.
Uruguay es un país de pertenencias partidarias altas. Por pertenencia se entiende cuando una persona no sólo vota un partido, sino que se siente parte de él. Una pertenencia es en los Estados Unidos el ser demócrata o ser republicano. En Uruguay, el ser blanco, colorado o frenteamplista. Va más allá de la adhesión electoral. Puede estimarse que a lo largo de las siete primeras décadas del siglo XX las pertenencias partidarias tradicionales abarcaron a ocho de cada diez ciudadanos; en un cálculo muy pesimista, quizás a siete de cada diez. Ello marcó una alta estabilidad en el voto (computando elecciones plenamente competitivas y sin abstención de grupo político alguno), donde la diferencia en el resultado lo determinaba el vuelco hacia uno u otro partido, o hacia una u otra fracción, de los votantes independientes, lo que se llamó en la época el “electorado flotante“. Los estudios de volatilidad del voto indican que entre 1920 y 1966 ese “electorado flotante” fue como mucho apenas superior al 10% del total; alrededor de otro 10% es el tope alcanzado por los partidos menores y un 80% el voto consistente hacia las colectividades tradicionales. La estabilidad en el voto tuvo como componente esencial la reproducción familiar de las identidades partidarias: en un hogar blanco se nacía blanco, en un hogar colorado se nacía colorado.

La importancia de las pertenencias determinó que aún quienes abandonaron los lemas tradicionales hacia la izquierda, reivindicasen la continuidad de la adhesión a la divisa de origen: Michelini, Roballo, Batalla, Rodríguez Fabregat, Washington Fernández abandonaron el Partido Colorado pero no renegaron de su calidad de colorados o de batllistas; lo mismo en el campo blanco pasó con Erro o Rodríguez Camusso. Recién hacia fines del periodo militar, o en el segundo periodo del mismo, es detectable el nacimiento de una identidad frenteamplista. Primero fue la conjunción de diferentes identidades políticas en un proyecto electoral y político común, en una alianza. Luego esa alianza devino en identidad partidaria: nació el frenteamplismo. Esa identidad es sentida profundamente por los votantes de izquierda: el 32% se siente frenteamplista, un 3% encuentrista, un 1% nuevoespacista y el resto son personas sin identidad que votan al Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría. Más aún, parece más sentida entre la masa votante que entre buena parte de la dirigencia.

El primer cambio se operó en la reproducción general: en los hogares blancos o colorados los hijos comenzaron a cambiar de perfil partidario. En algún momento, hacia fines del periodo militar y comienzos de la restauración democrática, se dio un ramalazo inverso: jóvenes devenidos blancos o colorados en hogares de padres frenteamplistas. Fue una inversión fugaz a la tendencia general. Especialmente porque la izquierda creció no sólo por reproducción generacional, sino por el cambio de adhesiones políticas de personas de las generaciones mayores.

Si bien cabe sostener que las estructuras formales no determinan los procesos socio-políticos, sí es sostenible que los cambios en las estructuras pueden ayudar a empujar o contener esos procesos. El abandono o mantenimiento de las pertenencias partidarias no es un tema de sistema electoral. Pero un sistema puede ayudar a contener las pertenencias o empujar a su debilitamiento. Con pertenencias muy altas y revitalizadas, la separación de las elecciones y la desvinculación del voto no produjo cambio alguno en las adhesiones partidarias ni durante la Constitución de 1918 (elecciones de 1919 a 1932) ni durante la de 1942 (elecciones de 1946 y 1950). La gente votó en lo nacional y en lo municipal más o menos a los mismos partidos y fracciones.

Otra cosa ha sido la reforma de 1996. Da la impresión que se rompió un dique. Los impulsores de la reforma no evaluaron la fragilidad de las pertenencias tradicionales a ese momento y la importancia del sistema para conservarlas. Dos hechos llevaron a los uruguayos de origen tradicional a ver al Rubicón como lo que era, como un simple hilo d e agua que se cruza con toda facilidad, con más facilidad que el Santa Lucía. El primer hecho fue el balotaje. En este país hubo coaliciones, coparticipaciones, coincidencias y gobernabilidades de todo tipo entre todas las grandes colectividades: ministros o jerarcas blancos en gobiernos colorados o administraciones frenteamplistas, ministros o jerarcas coloradas en gobiernos o administraciones blancas, jerarcas frenteamplistas en gobiernos colorados o administraciones blancas. Lo que nunca hubo fue que ciudadanos pertenecientes a un partido se sintiesen obligados a votar a otro partido. Y eso ocurrió con el balotaje: se llegó al máximo reduccionismo posible en una elección competitiva, a la competencia de solo dos de todos los partidos. Y pasó lo que pasó: que por primera vez ciudadanos blancos se viesen obligados a trasponer la frontera y votar a otro partido, casi todos al viejo enemigo, los de la divisa unitaria.

Después vino la combinación de elecciones municipales separadas con doble voto simultáneo. Sus productos fueron desde esa especie de balotaje adelantado como en Canelones, a la competencia exclusiva al interior de un solo partido, como en San José, Flores, Tacuarembó y Cerro Largo. Y así se vieron colorados en campaña electoral por candidatos blancos.

Una reforma de las estructuras del sistema no produce efectos sociológicos de por sí. Pero es probable que un proceso invisible de deterioro de las pertenencias tradicionales haya sido acelerado por el derrumbe de las barreras sistémicas, que la reforma haya sido un formidable empujón al debilitamiento de las identidades tradicionales.

 

Publicado en diario El Observador
mayo 2 - 2004