Entre deudas y quitas
Oscar A. Bottinelli
 

A comienzos del año pasado Uruguay inició el azaroso camino de evitar caer en default con su deuda pública en títulos, y para el otoño logró lo que se considera un formidable éxito. En forma voluntaria y con la aceptación de los tenedores de casi el 90% del capital logró una refinanciación basada en un fuerte alargamiento de los plazos y una leve suba en las tasas de interés, de aproximadamente medio punto porcentual. El canje voluntario de la deuda pública sumado a la alta aceptación de la reprogramación de depósitos de los bancos oficiales ha sido exhibido como grandes éxitos de este gobierno, y como actitud seria y responsable del país y de los uruguayos. El contraste fue la actitud considerada irresponsable del gobierno argentino al proclamar jubilosamente el default, reprogramar no sólo depósitos a plazo sino también las cuentas a la vista, establecer una conversión forzosa y asimétrica de dólares a moneda nacional, y obtener como resultado todo tipo de protestas. En lo interno, cacerolazos y pedreas multitudinarias. En lo externo, el alarido de los tenedores de bonos. Vaya como ejemplo la dureza con que en Italia se trata el tema argentino: 1.400.000 hogares italianos perdieron los ahorros de toda su vida por confiar en los bonos argentinos; el Producto Interno Bruto de Italia cae por el solo efecto del default argentino un punto porcentual; el gobierno italiano es el más duro en el ámbito del FMI contra Argentina; en la prensa italiana Argentina y Parmalat son las dos palabras que simbolizan estafa.
La izquierda uruguaya no acompañó la renegociación de los títulos públicos y fue acusada de sabotear una salida exitosa para el país. Como ejemplo se señalan: Uno, el viaje de Vázquez y Nin Novoa a Washington, a entrevistarse con el FMI y plantear su desconfianza en el gobierno y las cuentas uruguayas, en momentos en que en Montevideo transcurría una difícil negociación entre el organismo internacional y el equipo económico. Dos, el proclamar la insolvencia del país justo cuando se salía a vender el canje de los bonos y a proclamar la solvencia del país. Tres, el cuestionar los términos del canje, pese al apoyo recibido.

Hasta aquí la historia entre un país que aparece como el niño modelo y otro país que aparece como el incorregible. Y la historia de un gobierno que hace las cosas en serio y una oposición que sabotea esas cosas en serio. Más o menos así han sido leída las cosas por una buena parte de entendidos, en el país y fuera del país, entre los que siguen las cosas de este pequeño territorio. Como quien dice, este es un tema que apunta a demostrar la seriedad de los partidos tradicionales y la irresponsabilidad de la izquierda. Así es como más o menos lo ha escrito o leído más de un analista de temas económicos.

Pero entre las líneas de la historia principal aparece otra historia, como esos diseños de fondo que son cada vez más frecuentes en las páginas web. Hace dos años y un mes el gobierno Argentina proclamaba alborozado el default. Dos años y un mes después Argentina todavía vive, su economía crece, no ha sido puesta en cuarentena. Propuso una quita del 75% al capital de los títulos, es decir, devolver un dólar por cada cuatro recibidos. Y esa propuesta recibe apoyos como el del economista Martin Wolf, del Financial Times. Pese a la irritación de Italia (por los títulos) y de Francia (por las tarifas públicas), Estados Unidos lanza guiños y gestos cariñosos y comprensivos hacia Argentina. El mismísimo Bush aparece cada día más en sintonía con Kirchner, hombre hábil si los hay, que hace gestos con el brazo izquierdo hacia la orilla de enfrente y gestos con el brazo derecho hacia el norte (con el brazo, el codo y la mano).

No se sabe como va a terminar esta historia. Hace dos años el vaticinio general fue la internación del país vecino en un leprosario, o más exactamente, los pocos despojos que podían quedar del mismo. Hoy lo que hay es una gran incógnita, o un abanico de incógnitas. Pero lo del leprosario no aparece ni como la única opción, ni como la más probable. Por el contrario, cada día son menos los que se animan a seguir afirmando que Argentina deberá pagar todos y cada uno de los dólares recibidos, sin quita alguna. La discusión ya entra en el quantum: si un 10% o 20%, o se llega a algo tan fantástico como el 75% ofrecido por el ministro Lavagna.

El tema tiene una importancia para el país vecino y un conjunto de consecuencia. Pero tiene otra importancia para este país en este año electoral. Si Argentina logra alguna quita más o menos significativa (y para lo que negoció Uruguay, significativo ya lo es un 10%) y si esa quita no lo margina de créditos futuros, la renegociación uruguaya se va a leer con ojos muy distintos a los que se leyó el año pasado. Es que a nadie le gusta pagar de más, máxime cuando se puede pasar de niño modelo a niño ingenuo y el niño incorregible transformarse en el más vivaracho de la clase. Y la posición de la izquierda uruguaya también se va a leer de manera diferente a como se leyó en enero, en marzo y en mayo del 2003.

Porque una quita que obtenga Argentina va a generar una nueva discusión en Uruguay. Y esta discusión va a estar centrada en si Uruguay hizo lo que tenía que hacer, porque en razón de tamaño no tenía otro camino por delante, o el país se apresuró a cerrar tratos desfavorables sin la prudente espera de ver qué le ocurría y qué obtenía el país de enfrente, con mayor poder de negociación. Siempre queda algo para cada cual. El gobierno puede sostener que a la larga Argentina va a pagar la falta de confianza que generó (lo cual en Italia parece obvio, ya que no se le vende a nadie un bono argentino ni para la rifa de un sombrero). La izquierda va a argumentar que lo que cuenta es el plazo que afecta directa e inmediatamente a la gente, el que cuenta para salir del pozo. Una vez más, la política argentina va a impactar sobre la política doméstica uruguaya, ello sin contar las espinas y las mieles en las relaciones entre ambos países, ambos pueblos y los partidos de ambas márgenes del charco.



 

Publicado en diario El Observador
febrero 1 - 2004