La pulcritud y la libertad
Oscar A. Bottinelli
 

Como ocurre cada vez que hay campaña electoral en los últimos tiempos, particularmente en los últimos tres lustros, surge la contradicción entre la administración municipal capitalina en pos de la pulcritud y los partidos políticos en busca de voz; pulcritud entendida como ausencia de cartelería política. El tema no es nada nuevo. Tradicionalmente la izquierda fue la más acérrima defensora de la libertad de propaganda en la vía pública, accesible hasta al grupo de ideas más pobretón, ya que para difundir el mensaje bastaban unos pocos militantes, algunos litros de pintura y algún muro baldío. Así fue como por décadas la izquierda se opuso a lo que consideró la actitud reaccionaria de pretender limitar y restringir el uso de la vía pública. Y eso fue constante hasta que la propia izquierda accede al gobierno municipal, reglamenta y limita la propaganda política en la vía pública, y persigue a quienes la usan. Tiene en su favor el hecho de que la ciudad ve afectada su estética por la proliferación de carteles en las columnas, a veces de dudoso gusto. No hay duda que cuanto menos propaganda política la ciudad es más bella, lo que lleva a la inequívoca conclusión que Montevideo nunca estuvo más linda que cuando el periodo militar, cuando en su época dura apenas si aparecía un trazo de letra en una pared, el que además no duraba demasiadas horas. Tampoco hay duda que la publicidad comercial debe ser más hermosa que la política, porque en general abunda y sobreabunda en la vía pública, y sin duda debe considerarse un factor de hermoseamiento de la ciudad, esas veredas y calzadas tachonadas de volantes, particularmente en la Rambla de Pocitos y en 18 de Julio, donde el ciudadano puede recibir consejos sobre el uso de casas de masajes o cursos de informática. Posiblemente menos preocupantes que esa otra cartelería que proclama candidatos a presidente o números de lista. Cada quien es producto de su historia personal, y por ello vale la pena partir de sus propias vivencias. De chico me gustó recorrer las calles de Montevideo y absorber las lecciones de esos muros, murales y carteles, y también de las calzadas pintadas y pegatinadas: nombres de partidos políticos, grupos y candidatos, fotografías de líderes, números de listas, consignas y apelaciones, elogios e insultos. Como niño ignorante de la estética urbana, fui fascinado por lo que se me enseñó era una prueba de libertad en un país libre. Tanto que en los viajes al extranjero junto a mis padres, detectaba los regímenes autoritarios por el silencio de sus muros, por sus calles calladas. Y así llegué a asociar las pintadas y pegatinas con la libertad. Concepto reforzado cuando las pintadas y pegatinas fueron prohibidas, no por la estética sino por su contenido, y costaba en el menor de los casos una noche en comisaría y en el peor de ellos cosas algo más complicadas y también más desagradables.
No está nada mal el replantear la discusión, que en verdad no se dio cuando la Junta Departamental dictó una reglamentación sin abordar en cabalidad el tema, y sobre todo no tuvo en cuenta la historia, el que las normas no se dictan sobre un territorio vacío y sin pasado, sino que se dictan a partir de ese pasado, con respeto a la historia y en base a la historia. Y así se olvidó que una cosa es proteger los derechos de los privados a la protección de sus muros y el derecho público a proteger sus edificios y monumentos, y otra cosa es cercenar los espacios realmente públicos, que siempre lo fueron y siempre fueron utilizados por la política, y en particular por la izquierda, sobre todo antes de que la izquierda accediese a los grandes medios de comunicación, y antes de que contase con herramientas de poder y de dinero para abrir aún más esos medios. Porque otro de los problemas de esas reglamentaciones es que es más posible que las cumpla quien esté dentro del sistema y más aún quien cuente con medios alternativos; y es más difícil que la cumpla quien no tiene otro medio de comunicación que la calle, y es imposible que la cumpla quien esté fuera del sistema. Pero además siempre encierra el peligro que el fiel vigilante vigile por demás a los que no le son gratos y vigile por de menos a los gratos.

Replantear la discusión implica tomar todos los elementos en cuenta, los de la estética y los de la libertad. Como pasa en otros temas. Porque la Intendencia no toma en cuenta ni la estética ni la seguridad en el tránsito en el tema de los carritos hurgadores, sino que privilegia por encima de todo la necesidad social. Y tampoco toma en cuenta la estética cuando los contenedores de basura desbordan en las esquinas, sin que exista necesidad social sino exclusivamente desidia funcional. Entonces, en el tema de la propaganda política vale la pena que se ponga la estética donde corresponde y se equilibre con la libertad, que además de libertad para los actores políticos es docencia y convocatoria para los ciudadanos, docencia de la cual este analista se declara su discípulo, quizás por esa obsesión temprana de recorrer las calles y grabar en el disco duro de la memoria cada muro, cada mural y cada pintada. El tema puede parecer menor, como para dedicarle una columna de análisis, que como descubrirá el lector, se aparta de lo que es el análisis, es decir una distancia del investigador respecto al objeto de estudio, y pasa a ser un comentario, la exteriorización de vivencias y sentimientos propios. Pero es mayor o menor según la importancia que le otorguen las autoridades, y cuando se dedica tiempo, dinero y horas de funcionarios a perseguir el retiro de la cartelería, la propia autoridad le da al asunto una importancia mayor, y entonces justifica que alguien se ocupe del tema. Quizás, como todo obsesivo, porque disfrutó mucho de la sensación de libertad de los muros y columnas, y sufrió mucho cuando esos muros, columnas y calzadas despedían un sepulcral silencio en beneficio de la belleza de la ciudad.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 9  - 2003