El consenso: necesidad y límites
Oscar A. Bottinelli
 

Los límites del consenso” es el título de un importante artículo del asesor presidencial Carlos Ramela, en su columna semanal de El Observador (viernes 22 de agosto), que tiene ciertas características de autocrítica y otras de dura crítica a los socios de la coalición. A los efectos de este análisis interesa el planteo que hace en relación al consenso. Para lo cual es importante resaltar dos párrafos. Uno dice: “Nadie puede ignorar que es necesario lograr consensos que permitan cambiar la realidad actual. Es imprescindible identificar objetivos comunes, definir un modelo de país viable y reivindicar valores que se deben preservar. Tan cierta es esa verdad, como que el consenso es un instrumento esencial pero no un fin en si mismo; por esa razón, no son sanos ni deseables aquellos consensos que llevan a relativizar ideas y principios”. El otro reza: “La situación a la que llegamos hace más de un año demuestra, a mi juicio, que entregamos y cedimos demasiado. Estoy convencido que mucha gente esperaba y quería más; debimos insistir –a pesar de las trabas– y apostar a la credibilidad que se había generado. No nos frenó sólo la oposición o las coyunturas adversas, más allá de que una y otras jugaron un rol fundamental. Muchos de nuestros aliados –lamentablemente– no sólo miraron con recelo el diálogo hacia fuera de la coalición que planteó el Presidente, sino que eligieron el camino del parche, del más o menos, de tirar la pelota para adelante; se jugaron, otra vez, a lo “posible” y no a lo “necesario”. Algunos de nuestros hombres –también– se conformaron con esa realidad". En un reportaje posterior sostiene que el "Foro no piensa como nosotros en muchos temas, no tiene la misma raíz filosófica en algunos temas” y, al hacer un reproche al Herrerismo, lo describe como “un sector que prácticamente pensaba como nosotros”.
De estos párrafos se extraen dos ángulos de reflexión sobre el sistema de partidos. Uno es la configuración de los partidos, las coincidencias y distancias ideológicas al interior de los mismos y entre alas de partidos diferentes. Otro es el tema de la elección presidencial y de la elección parlamentaria, y la conjunción de ambas representaciones en el ejercicio del gobierno.
Los partidos políticos son producto de la historia, del devenir natural de las sociedades, y no creaturas de laboratorio. Como productos de la historia, se moldean a los tiempos, cambian con la sociedad, a veces pierden la sintonía con esa sociedad y desaparecen o se minimizan, otras veces se renuevan y revitalizan. Son organismos vivos. Por eso es natural que en los partidos convivan alas con postulados diferentes, y que alas de distintos partidos se superpongan. Pero las coincidencias entre sectores de partidos diferentes y las divergencias al interior de un mismo partido tienen necesariamente un límite, más allá del cual se evidencia una patología, especialmente cuando un partido accede al gobierno. La diferencia filosófica entre la 15 y el Foro Batllista es muy fuerte, como que unos beben en el más puro liberalismo económico y otros abrevan en las fuentes de la socialdemocracia. Más allá de que ambos son colorados, y como tales con una natural predisposición al arte de consensuar, pactar y negociar para sostener a un gobierno colorado, esos consensos terminan muchas veces en el descontento de cada cual, ya que unos sienten que cedieron demasiado y otros que obtuvieron poco. También hay juego chico y objetivos menores, pero para hacer un análisis con perspectiva y salir de la anécdota minúscula, lo que importa es lo profundo.
Esta diferencia no es peculiar del Partido Colorado. Se observó en la única presidencia blanca de los últimos 140 años y en términos parecidos: una impronta libremercadista en el presidente y su sector mayoritario, una visión estatizante en el ala minoritaria, por entonces el Movimiento Nacional de Rocha. La distancia filosófica de Jorge Batlle a Julio María Sanguinetti es más o menos la misma que en su momento separó a Luis Alberto Lacalle de Carlos Julio Pereyra; distancia que, con los cambios de momento histórico, se repite entre el mismo Lacalle y Jorge Larrañaga. Hay pues un serio problema sobre las posibilidades de gobierno de partidos con tales distancias ideológicas a su interior, problemas que ambos ya evidenciaron en sus respectivas administraciones, y que constituye un desafío para esta nueva y ampliada coalición de izquierda, con visiones muy distantes sobre la historia y la sociedad.
El otro tema es el del programa del presidente y los consensos. Hace año y medio se sucedieron seis abandonos consecutivos a cargos de gobierno o administración, de personas muy cercanas a Jorge Batlle, con la característica en común de ninguno ser propiamente un político, sino personas que llegan a la política desde afuera de la misma. Al abandonar el cargo expresaron decepción con el sistema político, al que acusaron de “trabar todo”, de ser una “máquina de impedir”; y alguno expresó su decepción hasta con el propio presidente. El esquema básico del pensamiento de los renunciantes o cesantes, compartido en buena medida por opinantes calificados que coinciden con las ideas de Batlle, es que en Uruguay hay una especie de desidia que impide realizar las reformas del Estado necesarias para el despegue del país, y en particular expresan la creencia en que hay un sistema político que por debilidad o apetencias menores impide gobernar, frena al presidente de la República, no le permite llevar adelante el programa que motivó su elección. Esta línea de razonamiento parte del supuesto que en el país hay una única elección, de un único cargo, el presidente de la República, cuyas potestades son asimilables a una monarquía absoluta. O que el presidente es elegido por un bloque político homogéneo. Por un lado no se ve la alta complejidad y sofisticación del sistema político uruguayo, bastante similar en su estructura y su funcionamiento a sistemas europeos como el de Italia. Pero por otro lado estos reclamos hacen un llamado de atención sobre un problema de los entendimientos electorales. La candidatura única puede unir electoralmente a un partido sin que se comparta un programa común. Un acuerdo para el balotaje puede permitir ganar el gobierno, pero sin coincidencias de fondo no permite gobernar.


 

Publicado en diario El Observador
agosto 31  - 2003