Entre los polos y la tríada
Oscar A. Bottinelli
 

Cualquier elección política se realiza en medio de un conjunto de incertidumbres y otro conjunto de certezas, que constituyen los elementos obvios del cuadro político. Los primeros comicios uruguayos del siglo XXI parten de un dato obvio: alrededor de la mitad del electorado está con la coalición de fuerzas que impulsan la candidatura presidencial de Tabaré Vázquez, es decir, el Encuentro Progresista-Frente Amplio y el Nuevo Espacio, coalición que será fuera de toda duda la primera fuerza en las elecciones nacionales de octubre del año que viene. Esa es una certeza. La incertidumbre está si alrededor de la mitad quiere decir algo o mucho por encima de la mitad (de la mayoría absoluta) o un poquito, un algo o un mucho por debajo de esa mayoría absoluta. De allí que haya dos escenarios: la Presidencia de la República se define en la primera vuelta interpartidaria (y con ello el triunfador logra mayoría absoluta propia en ambas cámaras) o la decisión se posterga cuatro semanas y se va al balotaje.
Hay pues dos jugadas. Una en octubre que puede ser eliminatoria, y de no ser así, la vencida en noviembre. En término de juego de probabilidades (que en materia futbolística los uruguayos son un pueblo asaz experto) al Frente Amplio le basta con ganar uno solo de los dos juegos, lo que significa que aunque pierda uno de los dos, gana el gobierno. Los partidos tradicionales (vistos como un conjunto) tienen la necesidad de ganar dos en dos; cualquiera de las dos elecciones que pierdan les hace perder el gobierno.

Este panorama es básicamente compartido por todos los actores políticos de primera línea. Y significa que para los dirigentes tradicionales hay dos maneras de posicionarse en el juego. Uno es el de dar la batalla hasta el último recurso, pelear hasta la última bala y el último hombre, para impedir el recambio histórico, el triunfo de la izquierda. El otro camino es partir del dato de un resultado casi inevitable y acomodar las piezas para el después, lo que no significa necesariamente dar por perdida la partida y abandonar la lucha. Quizás la diferencia más fuerte entre ambos caminos es que el primero de ellos implica asumir un discurso duro, intransigente e intolerante, polarizante, donde de un lado está la sensatez y del otro la insensatez, de un lado la prudencia y del otro la imprudencia, de un lado la seriedad y del otro la demagogia; puede irse más allá todavía y plantear que de un lado está la democracia y del otro el autoritarismo. Caminar por el camino de la dureza quiere decir también combatir toda postura intermedia, tolerante. Es obvio que esta ruta se acompasa con una geografía política determinada: un sistema polarizado, de dos grandes agrupamientos. Así funcionó visualmente el sistema de partidos uruguayos hasta hace siete meses: un bloque tradicional de un lado (compuesto de dos partidos) y un bloque de izquierda enfrente (también compuesto por otros dos partidos, aunque aquí de fuerzas extremadamente desiguales).

El otro camino es más propio de un juego de tríadas. Una tríada puede tener dos grandes formatos. Uno es un juego de tres piezas en que cada una de ellas se toca con las otras dos, y la posibilidad de alianzas de dos contra uno admite todas las posibilidades. El otro formato es el de tres actores donde dos de ellos se rechazan mutuamente y el tercero tiende a cumplir, o pretende hacerlo, el papel de articulador y de desnivelador de la balanza. Algo así como el histórico juego internacional de Uruguay entre Argentina y Brasil. Si dos de los actores apuestan a la polarización y el tercero la elude, entonces se está más cerca de una tríada del segundo formato.

El Partido Colorado, y en particular su fuerza dominante, el Foro Batllista, apuestan claramente al juego polarizado, lo que se le facilita al encontrar contrapunto en la vereda de enfrente. La actitud de Sanguinetti y la de Vázquez coinciden plenamente en transitar por un escenario polarizado, de alta rispidez. Ambos creen que es de su mutua utilidad, y en un análisis externo parece que ambos tienen bastante razón, que sus cálculos no son erróneos.

Al Partido Nacional le caben dos opciones. Una es sumarse a la polarización y la otra oponerse y apuntar a la tríada, que es lo que hizo en la pasada primavera al romper la coalición de gobierno. Hay una diferencia clara en la situación de peso electoral entre el año pasado y éste; mientras que el escenario anterior presentaba una alianza de partidos tradicionales con uno como fuerza dominante y otro como socio menor (en una relación a favor de los colorados de tres a dos), el escenario actual presenta a ambos partidos en total equilibrio, inclusive con un enroque de posiciones y una leve ventaja de los blancos. En el esquema de 2002 a la colectividad blanca no le quedaba otra opción que salir desesperadamente de la polarización, donde quedaba subsumido por el coloradismo, con gran pérdida de visibilidad y grandes riesgos de esfumatura. En el esquema de 2003 la polarización no es tan asfixiante. Aún así, el salir de ella y ratificar el juego de tres, le permite una visualización más clara de cara al futuro, pensando ya para el 2005 en adelante. Pero afirmar el camino de tríadas le significa al nacionalismo no entrar en polarización alguna, diferenciarse con fuerza en forma equidistante de unos y de otros, y tener nexos y opciones abiertas para con ambos. Ese juego no es el mejor para luego hacer una alianza en el balotaje.

Pero el Partido Nacional no sólo tiene que terminar de definir con claridad su juego, sino que no es una conducción monolítica que con sentido táctico y estratégico tome una decisión. Eso lo es el herrerismo. Pero luego debe complementarlo con un abanico de sectores y en particular con dos o tres grandes formaciones o liderazgos cuya visión del gobierno, del frenteamplismo y del coloradismo, son divergentes.


 

Publicado en diario El Observador
junio 1  - 2003