El chirrido y el éxtasis
Oscar A. Bottinelli
 

En tan solo dos semanas el presidente de la República es capaz de ser un Jascha Heifetz o de arrancarle al violín chirridos mataoídos. Porque primero pronunció el mejor mensaje presidencial de toda su gestión cuando anuncia el resultado de la gran obra de su gobierno: las investigaciones de la Comisión para la Paz; alcanzó allí la real dimensión de un jefe de Estado. Y en el corto lapso de quince días, provoca en Washington esta especie de reedición del "episodio Bloomberg", donde apunta a un trío de pájaros con el mismo tiro: deja colgada del pincel a la cancillería, se introduce en la campaña electoral argentina y se complica en una discusión de barra brava con Fidel Castro. Parece que Batlle se sale de cauce en los picos de enojo (como en el reportaje de Bloomberg, en mayo del año pasado) y en los picos de euforia, como ahora, en que estar en la Casa Blanca, mano a mano con el presidente más poderoso del planeta, le genera un estado de éxtasis. Para que los méritos no los lleve solamente el presidente, en forma sincrónica el Parlamento con el tema Cuba hizo su propio esfuerzo para caer en el grotesco.
En relación a Iraq, la guerra, las Naciones Unidas y las acciones unilaterales, Uruguay fijó su posición en dos importantes declaraciones del embajador Paolillo y el canciller Opertti, que tuvieron el apoyo de declaraciones coincidentes de ambas ramas parlamentarias. Tras el estallido de la guerra, la declaración oficial de la cancillería (suscrita por el vicecanciller Valles) no siguió exactamente la línea anterior al introducir un matiz importante, pero supuso mantener al país dentro de los carriles de su tradicional política exterior. Esa declaración situó a Uruguay en una postura intermedia entre la adoptada por Brasil y Argentina de un lado, y por Colombia del otro. Las palabras del presidente en Washington significaron salir violentamente del carril, saltar el cantero central, rebasar al presidente colombiano Uribe Vélez y quedar como el más entusiasta partidario de lo actuado por Estados Unidos. Como es obvio, dejó en falsa escuadra a la cancillería o al menos generó perplejidad en el mundo diplomático, al generar la imagen de un país bastante confuso a la hora de pronunciarse en temas internacionales. De febrero a abril, el presidente, el canciller y el vicecanciller dijeron cosas diferentes sobre los mismos temas.

La reiteración de su fe en el triunfo de Menem, a pocas horas de los comicios, es una poco elegante forma de malquistarse con buena parte de las elites políticas argentinas, a cambio de muy poco. Si gana Menem, tendrá un presidente amigo, pero esa amistad no irá más lejos que los intereses de su estrategia regional; y si pierde, en particular ante Kirchner (el hombre de Duhalde), el gobierno argentino sumará agravio tras agravio, el del año pasado y el de éste. No es el mejor escenario para navegar el resto del mandato, malquistado desde antes con Brasil y desde más cerca también con Argentina. Quizás dentro de un tiempo pase como en Europa, se desdibujen las fronteras nacionales, se federen regionalmente los partidos, y los dirigentes políticos entremezclen las campañas; pero para eso falta tiempo y por ahora no hay ambiente para ello. Pero ni siquiera en la tan fusionada Europa los jefes de Estado (que representan al Estado como tal) se entrometen en temas internos de los países socios; lo hacen los jefes de Gobierno, que como tales son jefes políticos. Esa es la ventaja de tener separadas las jefaturas del Estado y del Gobierno.

La polémica con Fidel Castro tiene sus peculiaridades. Si Cuba alcanzó durante la cancillería de Ricardo Alarcón el mayor refinamiento en su política exterior, con Felipe Pérez Roque desborda chabacanería. Aunque en definitiva eso es un problema cubano. Lo que es un problema uruguayo es que la tradición diplomática nacional ameritaba otro estilo. Porque algo que no debe olvidarse, más aún en el campo diplomático, es que una postura no es más energética porque se la acompañe de insultos, sino todo lo contrario, el insulto es un síntoma de debilidad.

El gobierno cubano se equivoca y mucho con Uruguay, porque aunque cuenta con muy buena información carece en los más altos niveles de la necesaria capacidad de análisis. Incurre en el mismo error en que cae a veces el propio Frente Amplio. Uno y otro parecen interpretar que el fenomenal crecimiento electoral del Frente Amplio implica que la sociedad uruguaya se corre fuertemente hacia la izquierda, si por izquierda se entiende el conjunto de creencias y valores de la clásica izquierda latinoamericana, en la cual Cuba es uno de los símbolos más queridos. Ello no es así. Lo que crece es un Frente Amplio que simboliza hoy las más arraigadas creencias de los uruguayos, que representaron tiempo atrás los partidos tradicionales, y que se identifican con un Estado fuerte y paternal. Porque la mayoría de los votantes frenteamplistas no tienen una particular fascinación por la isla y su revolución, ni buscan un cambio radical de régimen político y social.

Y aquí viene a cuento el episodio parlamentario. Los partidos tradicionales lograron embretar al Frente Amplio que increíblemente no pudo presentar debate en un tema de tanta envergadura. Lograron la victoria pírrica de poner un tema externo en el centro de las noticias, y desplazar los hechos cotidianos caseros, que es donde el Frente Amplio se mueve mejor y crece. Pero más allá de incumplimientos de compromisos parlamentarios, de la pertinencia o no de las condenas a Cuba y de la distancia que marcó el Frente Amplio con la pena de muerte, lo que recibe el grueso de la opinión pública es una fotografía simplificada. Lo que vio retratado es de un lado a partidos tradicionales obsesionados con un viejo anticomunismo, y del otro a un Frente Amplio que se va de sala en defensa de Cuba, en el momento en que hay persecuciones políticas y fusilamientos. Claro que esto es una caricatura y las cosas no fueron así. Pero en la forma grotesca en que se dio el episodio, esto es lo que contra su voluntad blancos, colorados y frenteamplistas trasmitieron al grueso de la sociedad. Es un suceso parlamentario en que perdieron todos.


 

Publicado en diario El Observador
abril 27 - 2003