El tirón, el palo y la rueda
Oscar A. Bottinelli
 

Entre el lunes y el martes el Frente Amplio institucionalmente y Tabaré Vázquez como su presidente declararon que Uruguay no tiene capacidad para el pago de la deuda externa, se encuentra realmente en cesación de pagos (default) y debe exigir a los acreedores quitas en el capital y bajas en las tasas de interés. Las fuertes declaraciones de la izquierda aparecen en el mismo momento en que el gobierno negocia afuera y adentro la reprogramación del endeudamiento, con el propósito que el mismo resulte de un acuerdo voluntario, es decir, no afecte la imagen del Uruguay como un buen cumplidor de sus obligaciones. Esta es la segunda vez que la izquierda realiza un fuerte movimiento que objetivamente puede torpedear las acciones del gobierno, en momentos en que transcurre una negociación delicada; la anterior fue cuando Tabaré Vázquez viajó a Washington a entrevistarse con las autoridades del FMI, en los mismos momentos en que ocurrían tensas negociaciones en Montevideo entre el FMI y el gobierno. La sucesión de hechos permite inducir que no se trata de coincidencias, sino de acciones deliberadas.
Se produce así un giro de casi 180 grados desde la oposición con gobernabilidad de mediados del año pasado a la nueva postura de oposición en confrontación abierta, giro avalado por otros hechos como el anuncio de interpelar al ministro de Economía. Supone también un mensaje hacia afuera sobre el funcionamiento del sistema político uruguayo: no es un sistema que cierra filas en medio de la crisis sino que exhibe hacia fuera sus diferencias. Si la gran fortaleza de Uruguay sobre Argentina fue la diferencia de comportamiento del sistema político, esa distinción se atenúa sustancialmente. El giro en sí aparece fundamentado en cuatro elementos de relevancia: a) el mayor protagonismo del Partido Socialista, que apuesta a una línea de endurecimiento; b) las incertidumbres que provoca la oscilación de la opinión pública (entre setiembre y diciembre la izquierda perdió la mitad del explosivo crecimiento experimentado entre mayo y setiembre; no sólo se frenó el crecimiento, sino que en este momento está en plena fase de caída); c) las presiones de la gente militante, que siente que el Frente Amplio no hace nada, no frena al gobierno; y d) la idea prevaleciente en la izquierda que el gobierno no busca con sinceridad un diálogo, sino que pretende vender la imagen de políticas consensuadas, sin informar debidamente, sin oír lo que se le propone y sin tomar en cuenta ninguna iniciativa. El FA pues se encuentra con el riesgo de haber tocado techo demasiado temprano, de recibir exigencias populares a las que no tiene forma de responder, y además sentirse utilizado por el gobierno sin contrapartida alguna. Esto parece explicar globalmente el giro hacia una oposición dura.

Pero lo anterior no explica otro hecho: ¿Por qué elige para confrontar el tema del endeudamiento privado, el de la refinanciación de las deudas en bonos o títulos? Las respuestas no son sencillas. Una línea argumental es que la izquierda crea, como lo denuncia el ministro Atchugarry, que pone un palo en la rueda de las negociaciones del gobierno. De ser así, caben dos explicaciones, que pueden ser complementarias. Una, que un freno de esta magnitud es la única forma para que el gobierno comprenda que a la izquierda no se la puede consultar con fines de imagen, sino que se la debe tomar en serio: se la escucha, se consensúa con ella, o se discrepa y no se le pide lealtades. Dos, que la izquierda crea efectivamente que es posible sin lesiones para la imagen del país obtener quitas y bajas de intereses; o que crea que es posible obtener quitas y bajas de tasas, sin que importe la imagen de buen o mal cumplidor de sus obligaciones; en otras palabras, que piense algo así como: si no se les da un tirón, estos son capaces de aflojar cualquier cosa a los acreedores.

Una segunda línea argumental es que el palo en la rueda tiene como finalidad no sólo hacer sentir al gobierno que si quiere la lealtad de la izquierda debe tener lealtad para con ella, sino también que efectivamente se busca poner un palo en la rueda de las negociaciones. En otras palabras, que se apuesta a hacer fracasar las negociaciones. ¿Qué finalidad podría tener esto? De dos tipos, no excluyentes. Uno: si el gobierno logra una buena refinanciación, entre el segundo semestre del 2003 y todo el 2004 seguramente va a tener un excedente de dinero y ese excedente volcado en forma conveniente, en gastos de rápida reproducción o de fuerte generación de empleo, puede producir la imagen de un país en recuperación; si la gente percibe mayoritariamente que lo peor ya pasó, que se está en un plano ascendiente, puede comprometerse lo que ahora se ve como una certeza indubitable: el triunfo presidencial de Vázquez. La segunda explicación va por otro camino y no es opuesta a la anterior: la convicción de que solo el Frente Amplio tiene la independencia y la energía suficiente para negociar desde posiciones duras con los acreedores y obtener lo mejor para el país.

En todos los casos existe el riesgo de que haya errores de cálculo, algo así como la diferencia que percibe Estados Unidos entre simular una guerra por computadora (y ganarla en cuatro días) y enfrentarse a la vida real (y al cabo de una semana no haber dominado una sola ciudad). Porque puede ponerse el palo en la rueda, frenar las negociaciones, afectar a este gobierno, pero también comprometer la suerte del gobierno siguiente. O por apostar a una baja de capital e intereses no lograr ni lo uno ni lo otro, o lograrlo a cambio de una fuerte marginación del país. Muchos líderes políticos y presidentes han apostado a su capacidad de negociación, a su formidable cintura, o al olvido de los demás, y se han excedido. Este es el gran riesgo de una jugada de la magnitud de la que ha hecho el Frente Amplio, o Tabaré Vázquez: apostar una parte sustancial de su capital político a una sola tirada de ruleta.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 30  - 2003