Los Problemas no vienen solos
Oscar A. Bottinelli
 

Si algo faltaba para complicar el panorama nacional era el estallido de una guerra impulsada por Estados Unidos, con el apoyo del Reino Unido y España, y sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. Porque tanto la situación externa como interna del Uruguay hacen que cualquier toma de posición sobre el tema no pudiese solucionarse mediante la clásica fórmula diplomática de un consenso manuscrito: un texto lo suficientemente anfibológico con el cual todos estuviesen de acuerdo. Quizás el país tuvo la suerte de no estar sentado donde lo está Chile, porque eso ya hubiese traspasado los límites de lo humanamente soportable.
En el frente externo Uruguay afronta dos temas principales: EEUU y España. Con EEUU el país tiene la relación más estrecha desde largo tiempo y una relación particularmente fluida entre el presidente Jorge Batlle y los hermanos Bush (con el presidente George y con el gobernador Jeff). Esta aproximación permitió al país contar con el decisivo sostén norteamericano para obtener el apoyo financiero de los organismos internacionales, destrabar negociaciones, superar malentendidos y hasta lograr créditos puente para superar el tiempo que va de la decisión a la concreción en las resoluciones del FMI. Por dos veces Uruguay requirió y obtuvo el amparo especial de Washington. Los favores se pagan, en la diplomacia, en la política, en los negocios y en la vida personal. A pocos días de golpear desesperadamente las puertas para superar un nuevo bloqueo del FMI, no se puede responder facilmente con una condena o una calificación de belicismo inmotivado. Este es un condicionamiento. Las relaciones Uruguay-Estados Unidos son hoy la contracara de los tres primeros años de Sanguinetti, en que se produjo uno de los momentos de mayor distanciamiento en la historia. Batlle además es un fuerte admirador de la potencia del norte, y de su sistema político y económico.

Con España es diferente. No hay favores directos que pagar. A nivel político las relaciones fueron bastante débiles desde la independencia hasta la apertura democrática de 1984; y entonces se inició un proceso de sólido acercamiento, fortalecido por el entendimiento personal y político de Sanguinetti con Felipe González (y continuado en múltiples ámbitos peninsulares). Ahora hay también una fluida relación de Lacalle con Aznar, y un nexo institucional del Partido Nacional con el Partido Popular español. Un nuevo condicionamiento para el gobierno es pues que el gobierno español sea co-auspiciante de las acciones contra Iraq (aunque no pleno beligerante).

En lo interno hay que agregar una simpatía por el sistema político y económico de los Estados Unidos en buena parte del Partido Nacional (sobre todo en el herrerismo) y en una parte nada menor del Foro Batllista. Cuyo líder además adopta posiciones cada vez más militantes en todo lo que pueda sugerir terrorismo.

En sentido contrario aparece una larga tradición diplomática apegada al derecho internacional, o para ser más claros, partidaria de sujetar el natural impulso de las potencias a actuar por su cuenta, mediante el avance en la creación de un entramado de reglas y compromisos internacionales, de los cuales depende la capacidad de actuar con independencia para los países especialmente pequeños como el Uruguay. La tradición pasa además a ser un factor político cuando en la titularidad de la cancillería hay un hombre como Didier Opertti, catedrático y tratadista de derecho internacional, al cual puede calificarse de un cruzado en la defensa del derecho internacional contra las acciones de facto.

La izquierda, que poco más o poco menos refleja el sentir de la mitad del país, tiene una oposición fuera de toda duda en contra de la guerra, así como tiene una actitud tradicionalmente distante de EEUU. En el Partido Nacional sobreviven algunas posturas herederas del viejo “nacionalismo antimperialista” de Herrera. La Iglesia Católica, en general no tiene un peso determinante en la política nacional, pero el mismo es significativo sobre hombres e instituciones gravitantes en la formación de la opinión pública, y esas personas e instituciones han hecho sentir su voz. En consecuencia, la oposición a la guerra (entendida como una acción de Estados Unidos y sus aliados fuera de una nueva decisión del Consejo de Seguridad) es una postura de la izquierda, pero no exclusivamente de la izquierda, y viene a ser una abrumadora mayoría de la opinión pública.

Con este complejo cuadro de posiciones e intereses entrecruzados, más la presión de EEUU, Reino Unido y España, la cancillería salió a buscar el paraguas de una declaración conjunta del Mercosur. Pero entre lo que Batlle consideró como lo máximo de independencia posible y lo que Lula y Duhalde entendieron como el mínimo de crítica posible, apareció una brecha insuperable. Así el gobierno llegó a una declaración que no apoya ni condena las acciones bélicas, cuyos párrafos literalmente son compatibles por todo el sistema político, pero que levanta críticas por lo que no dice. No está solo la sonora crítica de la izquierda y de algunos dirigentes nacionalistas, sino el mutis del canciller Opertti. En un hecho altamente significativo, la declaración no lleva su firma; una declaración que es la más importante que el país pueda formular a lo largo de sus dos periodos al frente de la diplomacia nacional.

La declaración de Tabaré Vázquez tiene la relativa moderación que corresponde a una fuerza que se siente camino al gobierno, pero está más allá de lo que declararía un gobierno (aunque las de otros dirigentes de izquierda corresponden en cambio a una fuerza que por largo tiempo no pretende disputar el gobierno). La diferencia entre lo declarado por Vázquez y lo declarado por Lula, es la diferencia que va entre la izquierda europea en la oposición (Italia, España) y la izquierda en el gobierno (Alemania).

Los efectos políticos de esta guerra sobre el país y la región no terminan aquí, sino que más bien empiezan: van a repercutir sin duda sobre la discusión del ALCA, y sobre la conveniencia o inconveniencia de asociarse económicamente a Estados Unidos.

 

Publicado en diario El Observador
marzo 23  - 2003