El viaje del Presidente
Oscar A. Bottinelli
 

Es común que los líderes de la oposición y disputantes de jefaturas de gobierno cultiven las presentaciones y contactos internacionales. Los mismos cumplen diversos objetivos. Hacia afuera: lograr conocer y ser conocidos en donde se toman las decisiones políticas y económicas que influyen sobre el país; en muchos casos, también aprender el complicado arte de las relaciones internacionales. Hacia adentro: demostrar que en el mundo se le tiene en cuenta, que se lo trata como a un cuasi presidente, lo que consecuentemente permite desnivelar la carrera hacia esa Presidencia (o emparejarla, según sea el caso). Es una forma de demostrar que se le considera miembro de la categoría “primer mandatario”.
Tabaré Vázquez tiene muchas razones para emprender este tipo de viajes de características presidenciales, al menos en su calidad de presidente del Frente Amplio, del Encuentro Progresista y del futuro conglomerado “Nueva Mayoría”. Y le sirve por varios motivos sustanciales:

Uno. Lo más probable es que sus dos principales competidores sean los dos anteriores presidentes de la República; en una carrera así, este viaje ayuda y mucho en la nivelación de imágenes en cuanto a presidencialidad. Ya fue y puede volver a ser un handicap la diferencia de “physique du rol”. Ser tratado como posible presidente ayuda mucho a compensar ese desnivel

Dos. Tanto Sanguinetti como Lacalle son ampliamente conocidos en el exterior y cuentan con una significativa gama de contactos al más alto nivel internacional, más en el mundo socialdemócrata el primero, más en el mundo de los partidos populares el segundo. Vázquez hasta ahora cultivó poco esos contactos (ni siquiera tiene una relación fluida con el presidente Lula) y los pocos nexos fuertes son con figuras de escasos peso para el interés del país, que poco pueden hacer por ayudar a un gobierno de izquierda.

Tres. Mostrar qué pretende hacer y qué es lo que nunca haría como presidente puede ayudar mucho a espantar fantasmas en torno a su candidatura (aunque lógicamente depende de lo que guste y lo que disguste de lo que diga y de lo que calle), y luego también contribuiría en el relacionamiento de su futuro gobierno con esos poderes exteriores.

A todo ello se agrega una cuarta razón, que es un arma de doble filo. Según sus propias palabras, busca “prepararse para una transición ordenada”. Esto le resulta positivo si efectivamente resulta ser el próximo presidente y se aprovechan estos dos años para construir una transición ordenada. Lo primero que se requiere para ello es que quien va a asumir tenga objetivos claros y realizables, y además planes y proyectos concretos. Como demostró con bastante claridad Jorge Batlle, no basta con tener ideas o sentimientos fuertes, sino que se necesita de programas concretos, con objetivos específicos, plazos y costos. Y por ahora el EP-FA está muy lejos de acercarse a tener algo parecido.

Lo de la transición ordenada también le sirve para dar como un hecho su calidad de presidente electo; el mensaje de que lo único que lo separa del sillón presidencial es un simple trámite administrativo: la descontada convalidación en las urnas. Pero también tiene el alto riesgo de exponerlo antes de tiempo al examen cotidiano como futuro presidente, de estar sometido por parte de toda la población a un escrutinio del tipo “selección de personal”. De ahí el doble filo. También el dar la imagen manida de que se está ofreciendo en venta la piel antes de haber cazado el oso. Por lo pronto, en materia de cábalas parece de humor negro que su conversación con las jerarquías del Fondo Monetario haya tenido por escenario el edificio Watergate.

Otro tema es la oportunidad del viaje, exactamente en el mismo momento en que el gobierno uruguayo negocia en Montevideo con los representantes del Fondo. Porque más allá de sus intenciones, es en sí mismo una fuerte señal de desconfianza en el gobierno y de país fracturado. Vázquez trasmitió al exterior, a los uruguayos y a los frenteamplistas la señal que para él es más confiable lo que diga el FMI que lo que diga el ministro Atchugarry. Y tiene el riesgo de que cualquier fracaso en las negociaciones, lo hagan aparecer como culpable del cortocircuito.

 

Publicado en diario El Observador
febrero 16  - 2003