Un año para recordar
Oscar A. Bottinelli
 

Sin ninguna duda el 2002 es para los uruguayos un año inolvidable, para recordar por siempre; salvo, claro, que el 2003 lo supere en acontecimientos. Anduvo tan mal que fue un mal año para los adeptos a las cábalas, porque el capicúa es siempre un número fasto y el 2002 ha sido nefasto. Mal comienzo para un milenio.
Lo que se va a recordar por largo tiempo, que trascienden la anécdota y dejan huellas, son cinco grandes cosas:

Uno. El abrupto fin de la certidumbre. Fue más o menos una década de crecimiento ininterrumpido y de inequívoca mejora del nivel material de vida de al menos los cuatro quintos de la población, en que se manejó cotidianamente el dólar como moneda y se apostó a la inflación casi cero (basta recordar que el 2001 se cerró con el 3.6%). Este año sobrevino una devaluación real de más del 60%, se terminó la estabilidad de precios, se disparó la desocupación, además de la caída generalizada de ingreso de los hogares y de una recesión en casi todos los sectores económicos. Este desbarranque fue el final del sueño de una buena parte de la población, que creía estar en un país predecible, de crecimiento constante; y fue el tardío despertar para otra parte de la población, que desde hace años clamaba por un cambio ante la situación que creía intolerable, y descubrió que hasta hace poco no se vivía lo mal que se creía. Sobre las causas del desplome hay teorías para todos los gustos y todas las ideologías, de culpas propias y culpas ajenas, de la economía y la política, por haber seguido las recetas neoliberales o por no haberlas aplicado con la intensidad debida.

Dos. El cuestionamiento de la viabilidad del país. Como no sucedía desde los años sesenta o setenta, hace pues tres o cuatro décadas, se vuelve a cuestionar la existencia misma del país, su viabilidad o al menos que la gente tenga futuro en el mismo. La psicosis migratoria es prueba de ello; psicosis que en una pequeña proporción se traduce en el acto de migrar y en una gran mayoría en la ensoñación de irse. Lo importante es que aunque fuere un sueño, nueve de cada diez uruguayos tienen elegido a donde emigrar; y una cifra equivalente al crecimiento poblacional de un año y medio se fue a lo largo del 2002.

Tres. El final del modelo de país financiero y el retorno al viejo lema de “el Uruguay se salva con el agro o con él perece”. Lo que no es un hecho nada menor, pues significa una vuelta de pisada de más de un cuarto de siglo. Lo que no resulta claro es si el retorno al agro es una mera expresión de deseos, o la ilusión que produce un cambio en los precios y los mercados, o es una apuesta real, basada en planes y cálculos pragmáticos.

Cuatro. Un sistema político que sabe apagar incendios y logra los consensos necesarios in extremis, que hace que los problemas económicos sean tales y no se magnifiquen, como en Argentina, por un mal funcionamiento y una escasa credibilidad del sistema político. Pero a la par de operar con gran eficacia, es un sistema que demuestra falencias de creatividad. Para los políticos uruguayos es más fácil hacer frente a un vendaval que planificar tranquilamente un camino.

Cinco. El quiebre emocional del presidente de la República. Los presidentes tienen sus ciclos, aquí y en el resto del mundo. Comienzan en el nivel más alto, muchas veces irrepetible; luego viene un constante descenso hasta que, cuando se obtiene, se produce remonte ante la visualización de los logros de un gobierno. Hace mucho que en Uruguay un presidente no comenzaba desde un nivel de expectativa tan alto y también hace mucho (si es que ocurrió) que un presidente no caía tanto y en tal magnitud. Pero un presidente puede caer porque se le odia o se le teme, lo peculiar en este caso es que la caída sea porque se le ve íntimamente debilitado. Son muchos y acumulativos los hechos que erosionaron esa formidable apoyatura, pero parecería que lo que más ha contribuido es un uso inadecuado de la palabra, el hablar mucho, y la búsqueda permanente de la sorpresa por la sorpresa misma. Los episodios de la cadena Bloomberg y el pedido de disculpas en la Quinta de Olivos fueron el catalizador de esas insatisfacciones acumuladas de la gente. Al acercarse las últimas semanas del año se insinuaba una levísima recuperación de imagen, pero el presidente volvió a la palestra y ocurrió lo previsible: bajó a un nivel aún más bajo.


 

Publicado en diario El Observador
diciembre 29 - 2002