Los Bancos y el bacheo
Oscar A. Bottinelli
 

Casi desde que asumió, o más exactamente desde que terminó el feriado bancario, el ministro de Economía se ha dedicado casi exclusivamente a dos cosas: los bancos y el bacheo. Ocuparse de los bancos quiere decir: imaginar la solución y negociar el apoyo político a la situación de los bancos suspendidos, encarar el problema de viabilidad de la Caja Bancaria, ver cómo se mejoran los controles del Banco Central sobre las instituciones de intermediación financiera, más una cantidad nada despreciable de problemas, que dada la entidad de los anteriores, hoy pueden ser calificados de menores. La otra parte del tiempo la destina al bacheo, a tapar agujeros; y como buen bacheador en época de crisis hace lo que hace cualquier empresario y cualquier jefe de familia: abre un agujero para con esa tierra tapar otro más urgente.
No hay caso que cuando un barco se llena de agua, lo primero es impedir que siga entrando agua; lo segundo, sacar el agua para afuera; después, recién después, viene el poner el motor en marcha y poner rumbo a destino.

El problema es que resolver lo urgente basta en un primer momento, pero no puede pasar demasiado tiempo sin que se aborde además de lo urgente, lo importante. Y lo importante, desde el punto de vista político-social, es afrontar los reales y profundos problemas de la economía y generar expectativas sobre la reactivación de la industria, el comercio y los servicios, sobre la creación de fuentes de trabajo. Este es el gran desafío para el 2003, para el ministro de Economía, para el gobierno en su conjunto, pero también para todo el sistema político.

En los últimos cinco meses de este inolvidable año capicúa, el sistema político uruguayo dio señales muy importantes de madurez y seriedad para encarar los grandes desafíos urgentes: los nuevos préstamos internacionales, la reprogramación de los depósitos en los bancos oficiales, la búsqueda de caminos para los bancos suspendidos. Sin duda eso diferencia a Uruguay de otros países con crisis semejantes. Una vez más cabe decir que la gran diferencia entre la crisis argentina y la crisis uruguaya estuvo en la calidad de su sistema político en sentido amplio: de todos los partidos y sus dirigentes, de gobierno y oposición, pero también de los sindicatos. Y otra diferencia tiene que ver con el grado de compromiso y responsabilidad de la gente: mientras en la vecina orilla se apedreaban bancos, en Uruguay se firmaban manifiestos en pos de la capitalización de una parte de los depósitos y la reprogramación del resto.

A pesar de ello, no se han sorteado todos los escollos, ni se ha logrado una síntesis de intereses encontrados, como el de los acreedores que piden ejecuciones para cobrar sus créditos y el de los deudores que piden suspensiones para poder respirar. Ni tampoco se ha puesto a prueba la durabilidad de algunas soluciones, como la posibilidad del cumplimiento de la reprogramación de los bancos oficiales o la viabilidad de ese nuevo banco privado de propiedad estatal.

Pero fundamentalmente el debe del sistema político uruguayo tomado en su conjunto (donde el juicio puede ser diferente en el análisis particularizado de los actores) tiene que ver con los planes y medidas de reactivación. Pero el debe mayor aún es que nadie, ni gobierno ni oposición, ha logrado (o siquiera ha intentado) trasmitirle a los uruguayos confianza en el futuro, certeza de que más allá de las dificultades del momento tendría que haber un porvenir diferente.

Un pueblo nostálgico y propenso a la depresión como el uruguayo no necesita demasiado para caer en estado de bajón. Pero ahora hay causas generales del país y particulares de casi todos los hogares que hacen que esa depresión tenga fundamentos reales. Una ola migratoria de las características de la actual es un indicador significativo sobre la falta de confianza en el país y en su futuro. Una vez más se cuestiona la viabilidad del país. A diferencia de lo ocurrido a comienzos de los pasados años setenta, la izquierda concita una formidable adhesión electoral pero no despierta esperanzas; nadie deja de irse del país porque crea que dentro de veintiséis meses vendría un gobierno popular y progresista. Los partidos tradicionales tampoco despiertan esperanzas y presentan serias falencias de credibilidad.

La economía tiene una dimensión social y una dimensión psicológica, y es necesario que se le preste atención. Y esto es también urgente.


 

Publicado en diario El Observador
diciembre 22 - 2002