El dueño del gobierno
Oscar A. Bottinelli
 

En la vida moderna Uruguay contó muy poco con gobiernos efectivamente de partido, donde un partido gobierna (y desde el gobierno es libre de hacer y deshacer) y los demás hacen oposición, desde donde vigilan, cuestionan y esperan su turno. Con más o menos fuerza la oposición tuvo algo que ver con el gobierno, o con una parte del mismo, en entendimientos que han tenido los más diversos nombres, el de más larga data, coparticipación. Pero desde la ruptura del bipartidismo, el partido titular del Poder Ejecutivo quedó siempre muy lejos de acercarse por sí solo a la mayoría parlamentaria, lo cual llevó de la mano a una cultura de más fuerte entendimiento, de asegurar al gobierno las mayorías requeridas. Y así surgieron la gobernabilidad, la coincidencia nacional y finalmente la coalición de gobierno. Pero siempre, con bipartidismo y tripartidismo, lo común fue que el partido titular del gobierno, el dueño de la casa, alcanzó ese lugar por sí solo, por ser el ganador en las elecciones nacionales.
La administración anterior, la segunda de Sanguinetti, es paradigmática: el Partido Colorado logra por sí solo la Presidencia de la República, pero obtiene menos de un tercio de las bancas parlamentarias. Entonces, en tanto partido dueño del gobierno, pacta con el segundo partido, el Nacional, y forma una coalición de gobierno. Uno es el dueño y como tal lleva los dos tercios del gabinete; el socio menor, aunque con la misma cantidad de votos populares, participa del tercio. El partido de gobierno es el dueño del mismo y, como tal, concede posiciones al otro, en tanto éste accede a darle los votos necesarios para conformar una mayoría parlamentaria. Todo esto parece de perogrullo. No lo es tanto si se observa lo que ocurre en la administración siguiente, en la actual. La forma en que actúa el Partido Colorado es la misma: retiene los dos tercios de los ministerios, realiza por sí solo la política económica, otorga a su socio el tercio del gabinete y lo consulta en algunos temas trascendentes (y en otros, como la macrodevaluación o el feriado bancario, le comunica las decisiones; comunica, que no es lo mismo que consultar)

Pero la diferencia entre las dos administraciones no es menor. Jorge Batlle no llega a presidente de la República con los solos votos del Partido Colorado (que salió segundo), sino en función del flamante balotaje. Es que la introducción del balotaje a la francesa (técnicamente, del sistema de elección de mayoría absoluta invariable a dos vueltas) supuso un cambio en la cultura política y en las estrategias electorales. En la vuelta electoral definitoria los partidos deben optar entre dos caminos. Uno, ir a la competencia abierta, a la captura del electorado de los terceros y demás partidos, para alcanzar por sí solos la mayoría absoluta (fue la ruta recorrida por Tabaré Vázquez). El otro, hacer un acuerdo con el tercer partido para armar una coalición electoral que asegurase el triunfo (así lo hizo Jorge Batlle). Este segundo camino supuso conformar una coalición electoral para alcanzar el gobierno. Sanguinetti ya presidente impulsó una coalición para gobernar; Batlle impulsó una coalición para poder ser presidente. Quizás pudo serlo en juego abierto, por sí solo y sin deber nada a nadie, pero no lo intentó; y así fue como Atchugarry, Brezzo y Davrieux subieron la escalinata de la vieja casona nacionalista para pedir el apoyo. El pedido fue correspondido en un documento firmado el 11 de noviembre de 1999, que dio origen a las dos coaliciones: la electoral para ganar y la de gobierno para gobernar.

Producido el triunfo cada socio entendió el resultado de distinta manera. Para el Partido Colorado las cosas seguían como antes: se considera dueño de la Presidencia y en tanto tal llama a otro partido para conformar una mayoría de gobierno. Para el Partido Nacional las cosas habían cambiado: era socio en el triunfo, copropietario de la Presidencia de la República. Esta diferencia de enfoque, que salió a luz a pocos días de las elecciones, sembró la semilla que iba a dar como fruto (junto con otras semillas plantadas a lo largo de dos años) la decisión de la Convención nacionalista del domingo pasado.

Pero este episodio no solo afecta al actual gobierno. También afecta los futuros entendimientos hacia el balotaje: al menos exigirá de las partes, antes de celebrar el contrato, dejar en claro más cosas de las que se suponía necesario.

 

Publicado en diario El Observador
noviembre 10- 2002