Y si se van todos ¿qué?
Oscar A. Bottinelli
 

En los últimos tiempos ha convergido un recurrente cuestionamiento a los políticos y en particular a los parlamentarios. Este “disparen contra los políticos” proviene fundamentalmente de parte del periodismo político informativo (es decir, no surge a partir de opiniones sino de la trasmisión de información), de técnicos (muchos de ellos de pasaje por la política) y de dirigentes empresarios (que al ataque a los políticos suman también una embestida contra el Estado).
El sistema uruguayo es de los clasificados como democracia representativa, es decir, es una democracia en el sentido liberal del término (más exactamente corresponde decir que es una poliarquía) y representativa en tanto las decisiones y el debate se expresan esencialmente a través de representantes elegidos por los ciudadanos. El tema de la representación no es menor. Un periodista, un analista, un politólogo, un técnico, se representa a sí mismo, por valioso y encumbrado que fuere. ¿Qué pasa con los parlamentarios? Cuando un espectáculo o un acto político logra llenar el Cilindro Municipal, es un éxito digno del mayor destaque. Bueno, vale la pena reflexionar que si todos los asistentes al Cilindro votasen sin excepción a un mismo candidato, no le alcanza para ser elegido diputado; la representatividad de un diputado es apenas mayor que todo el Cilindro más todo el Palacio Peñarol a capacidad plena. Ni hablar de lo que es llenar el Estadio Centenario, con un aforo de 60.400 personas, propósito en el que ha fracasado más de un osado productor de espectáculos y al que no se ha animado grupo político alguno. Otra vez, si todos los asistentes al Estadio a capacidad plena votasen a un mismo candidato, los votos no alcanzan para elegirlo senador. Estas cifras sirven para demostrar que un legislador, aunque fuere semianalfabeto, trepador e irresponsable, está allí en nombre y representación de esa fenomenal cantidad de gente, que es quien lo juzgará acerca de si cumplió o no cumplió debidamente su mandato, en ocasión de la siguiente elección.

Vale la pena insistir en la feroz ironía de George Bernard Shaw. Decía que una virtud de la democracia es que ningún representante puede ser más imbécil que sus representados, porque cuanto más imbécil es el representante, más imbéciles son los que lo eligieron. En esencia, todo ataque a los parlamentarios es en esencia un ataque a los electores que eligieron esos parlamentarios. No hay un solo diputado o senador que no esté allí porque hubo un formidable conjunto de personas que dieron el voto a su persona, a su lista, a su grupo político, a su líder o a su partido. La democracia representativa es así, con sus muchos defectos y otras tantas virtudes. Si alguien tiene un elevado nivel de insatisfacción con todos los actores, debe pues buscar crear una opción propia y recabar el apoyo ciudadano. O puede cuestionar total o parcialmente la democracia, lo que ocurre cada tanto. En el Uruguay de la década de 1930 se propuso la instauración del voto calificado cultural y en la Constitución de 1830 se excluía del voto a los sirvientes a sueldo, peones jornaleros y analfabetos. Son dos maneras para que los que se consideran más inteligentes pesen más que aquellos que serían menos inteligentes.

En la década de 1960 el cuestionamiento a los políticos fue extremadamente elevado, y buena parte de la población (pudo ser incluso una mayoría) descreyó del sistema democrático representativo liberal. Y aparecieron alternativas. Una parte del país apostó a un golpe de Estado; otra parte del país a un cambio revolucionario. Cada parte hizo lo que creyó correcto, produjo lo que produjo y afrontó en carne propia las consecuencias. La gran mayoría de la sociedad cree que en su momento unos y otros se equivocaron.

Hoy hay un ataque continuado a los políticos sin que se propongan nuevas opciones, lo que es una forma de descreer en la democracia. Pero tampoco se proponen alternativas a esa democracia que no gusta. Eso conduce exclusivamente a la anomia, a la desorganización de la sociedad. Es algo como el argentino “que se vayan todos”‘. ¿Alguien se preguntó qué pasa si de verdad se van todos?

 

Publicado en diario El Observador
setiembre 15- 2002