La necesidad de repensar
Oscar A. Bottinelli
 

Uruguay vive una situación que puede parangonarse a la de un país al término de una guerra exterior. Es la hora de la reflexión, de repensarse a sí mismo, como país y como sociedad, el momento del diagnóstico, el inventario, la búsqueda de metas y la planificación del futuro, del inmediato y urgente, y del mediato, el que lleva a toda una generación y la supera. Se quebró la estabilidad, y con ella se fue el nivel de ingresos y de consumo de los noventa. Y no faltará demasiado tiempo para que este rincón de las nostalgias agregue un nuevo imaginario: al imaginario de los años cincuenta se sume el imaginario de los años noventa, el de mediados y el de fines del siglo XX. Con muchas diferencias entre uno y otro. El primero de ellos fue vivido por los contemporáneos como exitoso, simbolizado en la cuarta y última obtención de un título mundial de fútbol en Maracaná, pero también del país acreedor de los imperios coloniales de la época, de Gran Bretaña y de Francia; la prueba de esa percepción exitosa es que entre 1942 y 1954 los uruguayos votaron sistemáticamente a favor del gobierno, en cuatro elecciones consecutivas. El segundo imaginario, en cambio, fue vivido en su momento como polémico: positivo para un tercio del país, negativo para otro tercio, en el más o menos para el resto; traducido a lo electoral, las últimas cuatro elecciones nacionales marcaron cada una de ellas un cambio de partido en las primeras preferencias, y a lo largo del periodo un consistente ascenso de la izquierda y declive de los sesquicentenarios partidos tradicionales. Ahora, a pocos años, a casi meses de terminada, la opinión pública percibe a la década de 1990 como un periodo en que el país estuvo muy bien y en que cada uno vivió muy bien; percepción bien diferente a la exteriorizada en su momento.
Pero la década de 1990 deja también otras señales que el siglo XXI va a terminar de dibujar: la población del país se reproduce esencialmente en la pobreza, porque el grueso de la sociedad tiene una tasa de remplazo negativa, lo que supone que la población de los niveles altos, medios y medio-bajos va cuantitativamente en retroceso, mientras crece de forma veloz la población del nivel bajo, de la gente que vive en la pobreza. Y más allá de lo económico, en lo social y en lo cultural, es una apuesta a la pobreza y a la segmentación social. El país queda además con una deuda que casi equivale al Producto Interno Bruto de un año, con inseguridad sobre los resultados de la apuesta a los servicios, con un sistema financiero de futuro incierto, una industria en serias dificultades y un agro con fuerte endeudamiento (aunque buena parte del mismo viene de más atrás). Pero quizás lo más importante es que el país se llenó de interrogantes sobre su futuro y hasta su propia viabilidad. Como pasó a lo largo de los años sesenta del siglo pasado, retorna la duda existencial de una sociedad entera. El uruguayo pasa del sentimiento de diferenciación y singularidad, a la más profunda duda sobre su viabilidad. En medio de la crisis el país exhibe un sistema político sólido, sin duda el más sólido del hemisferio, pero con fuertes síntomas de agotamiento biológico, ya que el elenco político envejece y presenta serias dificultades de renovación generacional; a este ritmo no es fácil vaticinar cuanto tiempo más este sistema va a soportar el paso del tiempo, sin verse afectado por el endurecimiento de las arterias o la deformación de las articulaciones.

Es la hora pues de repensar el país y la sociedad. De ver cuál es la inserción en el mundo, de qué viabilidad tiene la región y ante todo cuál es esa región, cuáles sus límites y sus componentes. De cuál es el papel que cabe a Uruguay en la economía regional y mundial, el producir qué y para qué. Cuáles son sus falencias y necesidades. Y por encima de todo, un diagnóstico más preciso de cuán rica o cuán pobre es la sociedad uruguaya, para poder determinar cuáles son sus posibilidades, para vivir dentro de ellas, porque ya no se puede pedir más prestado. Quizás se pueda decir que ese siglo XX que empezó mucho antes que el almanaque, en el último cuarto de los años de 1800, con las oleadas de barcos cargados de inmigrantes, se terminó en el segundo año del siglo XXI.

 

Publicado en diario El Observador
setiembre 1- 2002