Desafíos para la izquierda
Oscar A. Bottinelli
 

La izquierda uruguaya, y con ella Tabaré Vázquez, se encuentra hoy a un pequeño paso de alcanzar el gobierno; nunca estuvo tan cerca. El Frente Amplio recoge la adhesión del 47% de los electores y el Nuevo Espacio oficial de Michelini otro 2%; ambos sumados, si se realiza la alianza, se ubican apenas en un punto porcentual por debajo de la mayoría absoluta del electorado. Enfrente tiene a ambos partidos tradicionales, el Nuevo Espacio Independiente y la Unión Cívica, cuyo conjunto al día de hoy acumula un 37%. Entre uno y otro bloque hay 12 puntos de distancia, pero el total de indefinidos oscila entre un 9% y un 11%, si se parte del supuesto que el voto en blanco puede rondar entre el 3% (cifra alcanzada en los últimos tres comicios) o el 5% (lo que determina la última encuesta). Este es el escenario que recoge la crisis emocional del presidente, el rebrote inflacionario y la fuerte devaluación; pero es anterior al feriado cambiario.
Desde el punto de vista estrictamente matemático, hay dos condicionantes. Uno, que se selle la alianza entre el Frente Amplio y el Nuevo Espacio oficial. Dos, que consolide todo el crecimiento de los últimos dos meses, los cuatro puntos porcentuales ganados a partir de mayo; porque esos cuatro puntos están prendidos con alfileres, pues se componen de personas que por mitades se definen como blancas o coloradas, que no abandonan su pertenencia tradicional, y hoy optan por el voto a la izquierda. Ese voto, pues, todavía debe ser conquistado.

Pero más allá de lo matemático, la izquierda enfrenta un conjunto de desafíos, que como primera aproximación al tema conviene inventariar sumariamente:

Uno. En las grandes crisis y en los temas fundamentales Tabaré Vázquez desaparece o aparece poco. No transmite liderazgo ni conducción. Ese mutis puede ser un pasivo, que será más grande o más chico según la dimensión de la inestabilidad en el momento del voto. Si el país tiembla como tembló en la semana de los bancos cerrados, un sector decisivo a la hora de volcar la balanza podrá inclinarse más bien por quien demuestre capacidad y experiencia en timonear barcos en la tempestad, y por contrapartida superar los desencantos y rechazos que provoquen viejos actores. Puede darse que la gente prefiera lo que otorgue seguridad antes que lo que genere expectativas.

Dos. El país puede no temblar y haber terminado la caída, es decir, haber llegado al fondo. Si ese toque de fondo se produce con rapidez, la sociedad pasa a vivir en un nuevo estado permanente, más pobre que durante los 90. Pero se termina la angustia de la incertidumbre, para instalarse la certeza de la escasez. Cuanto más rápido se instale este estado hay más facilidades para que la gente se acostumbre a vivir de una nueva forma, con más estrechez, pero con previsibilidad. Cuanto más se tarde en llegar al fondo del tarro, más cerca de las elecciones estará la sensación de angustia e incertidumbre. A la izquierda le conviene que no se toque fondo con rapidez, que no exista acostumbramiento a la nueva situación, sino que la angustia llegue hasta las elecciones mismas.

Tres. Alcanzar la mayoría absoluta supone contentar a un abanico social muy amplio, que va desde un extremo conservador y nostálgico, que quiere volver a las certezas del pasado, a los míticos años 50, y otro extremo radical, contestatario, que quiere algo nuevo, sin que tenga claro qué es.

Cuatro. También supone ser el portavoz de la disconformidad social y por otro lado dar pruebas de capacidad y cultura de gobierno. Ser a la vez radical y moderado.

Cinco. Significa resolver la difícil ecuación entre unidad y diversidad. Entre ser una fuerza política sólida y disciplinada, y por otro contener la enorme diversidad que va desde la Corriente de Izquierda hasta Asamblea Uruguay.

Seis. El Frente Amplio no domina ni condiciona a los actores sociales. Y muchas veces ocurre lo opuesto. En el plano social hay actores que protagonizan actos violentos, como el ataque al Palacio Legislativo o los saqueos de almacenes, y otros actores cuyo discurso incita o justifica la violencia. Los violentos son pocos, pero se necesita poca gente para asaltar almacenes, romper vidrios o quemar puertas. Y sus efectos comunicacionales son elevados. Los enemigos de la izquierda juegan el lógico juego de atar la violencia con la izquierda institucional.
 

Publicado en diario El Observador
agosto 18 - 2002