Los amigos George y Jorge
Oscar A. Bottinelli
 

Hay dos visiones de las relaciones internacionales que por parciales se alejan de la realidad, a las que se puede llamar la visión romántica y la visión ajedrecística. Para la óptica romántica, como las series de novelas históricas sobre reyes y cortes, las relaciones entre Estados son un juego de amor y odio entre amigos, parientes, antiguos amigos y enemigos más antiguos o más recientes; en definitiva, la base de las relaciones internacionales son las relaciones personales entre los estadistas. Para la óptica ajedrecística, la base de las relaciones lo constituyen los objetivos centrales de cada Estado, ya fuese la defensa del interés nacional o la lucha por la imposición de determinados principios, valores o ideas; vale decir, no importa si el cálculo frío de Richelieu o el rígido principismo de Fernando de Habsburgo, lo fundamental es no desviarse jamás del objetivo trazado por el Estado.
En la vida real juegan ambas cosas, el ajedrez y las interacciones personales. A veces más unas, otras veces más otras. Hay algunas cosas claras: no hay amistad personal alguna que pueda estar por encima del interés nacional de un Estado ni de sus objetivos estratégicos; tampoco hay relaciones entre los estadistas si no existe una mínima base de confianza entre ellos, aun entre gobernantes con ideas diferentes y sistemas opuestos. Ambas cosas pues importan.

Estados Unidos otorgó un importante apoyo a Uruguay que fue calificado de insólito en diversos medios de prensa ibéricos y americanos. Luego el hecho pasó a segundo plano y dejó de ser inusual, tras el paso siguiente hacia Brasil. Sin duda la jugada norteamericana, que supuso un giro de 180 grados en la concepción de la administración Bush, responde a la necesidad de evitar el desplome de la región austral de las Américas y la elección de Uruguay como primer paso apunta a un juego de premios y castigos, de premiar al niño bueno y castigar al malo. En definitiva Uruguay ofrece el ejemplo de un sistema político serio, fluido, consolidado, que en conjunto recibe alta confiabilidad y respaldo de la ciudadanía, en donde gobierno y oposición sin abandonar cada quien su rol de tal habilitan la toma de decisiones trascendentes, donde operan sindicatos (como el bancario) que juega un fuerte papel sistémico; el país nunca incumplió sus deudas y siempre respetó sus compromisos. Todo ese activo de este pequeño país, al que ayudarlo además cuesta para una potencia muy poco dinero, le sirve a Estados Unidos y a los organismos internacionales. Pero así como en la vida comercial un interesado en comprar y un interesado en vender pueden no encontrarse o no entenderse, también en la política internacional se necesita quien venda y quien tienda puentes. Y ahí es donde aparece la relación personal entablada entre el presidente uruguayo y el presidente de Estados Unidos, la cual es complementada por un acercamiento de la postura internacional de Uruguay a la del país del norte. Porque así como Sanguinetti pudo desarrollar buenas relaciones personales con gobernantes europeos, a partir de una postura política y culturalmente europeísta, Batlle pudo generar esa relación con Bush a partir de una postura política y cultural panamericanista o proestadounidense. Así como los primeros tres años de la segunda administración Sanguinetti marcan el mayor distanciamiento entre Uruguay y Estados Unidos en mucho tiempo, la administración Batlle marca el mayor acercamiento y alineamiento; sin duda el caso Cuba marca la diferencia entre uno y otro momento.

Sobre el apoyo de Estados Unidos hay sin duda en el país opiniones divergentes, aunque se percibe que la gente en el medio del feriado bancario esperaba ansiosamente la confirmación de los US$ 1.500 millones. Para todos los que opinan positivamente y los que aguardaban el dinero, el silencioso papel cumplido por el presidente resultó gravitante. Pero también es trascendente lo que este hecho significó al interior del propio Jorge Batlle, luego de la crisis emocional de los meses pasados. En la conferencia de prensa junto al secretario del Tesoro norteamericano exhibió confianza, serenidad; se sintió exitoso, volvió a comunicarse con su pueblo. Retornó a escena en la plenitud de su papel de jefe de Estado.

 

Publicado en diario El Observador
agosto 11 - 2002