Los abandonos en el gobierno
Oscar A. Bottinelli
 

Un ministro, dos presidentes de entes autónomos, un subsecretario, dos directores de servicio, en conjunto seis personas muy cercanas a Jorge Batlle han dejado los cargos en el último año, unos por renuncia y otros por cese. Tienen en común que ninguno es propiamente un político, sino personas que llegan a la política desde afuera de la misma. Al abandonar el cargo en general han expresado decepción con el sistema político al que acusan de “trabar todo”, de ser una “máquina de impedir” y alguno concretamente ha deslizado su decepción por lo que entiende es debilidad del propio presidente de la República. El esquema básico del pensamiento de los renunciantes o cesantes, compartido en buena medida por opinantes calificados que coinciden con las ideas de Batlle, es que en Uruguay hay una especia de desidia que impide realizar las reformas del Estado necesarias para el despegue del país, y en particular expresan la creencia en que hay un sistema político que por debilidad o apetencias menores impide gobernar, frena al presidente de la República, no le permite llevar adelante el programa que motivó su elección.
Esta línea de razonamiento parte del supuesto que en el país hay una única elección, de un único cargo, el presidente de la República, cuyas potestades son asimilables a una monarquía absoluta. No se ve la alta complejidad y sofisticación del sistema político uruguayo, bastante similar en su estructura y su funcionamiento a sistemas europeos como los de Bélgica, Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Suecia y especialmente Italia, el sistema más parecido al uruguayo. El sistema uruguayo se caracteriza por la existencia de un importante número de sectores políticos los que en gran medida se expresan a través de la adhesión a personas; pero la competencia que aparenta ser esencialmente personalista recubre una competencia aún más profunda de diversidad ideológica, de diferencia de modelos, de concepción del Estado y del mercado, de valoración del individuo. La rivalidad Batlle-Sanguinetti es sin duda muy fuerte en el plano personal, pero no lo es menos en el ideológico; uno de fuerte adhesión al viejo liberalismo económico y el otro un autoproclamado socialdemócrata. En el Partido Nacional hay también una importante diversidad que va desde el librecambismo de Lacalle a posturas más cercanas al discurso wilsonista, más próximo al estatismo y el proteccionismo. Y entre blancos y colorados hay maneras de ver y sentir al país que no se han borrado con la desaparición del bipartidismo. El Frente Amplio exhibe una gama muy grande que va desde coincidencias con alguna izquierda gobernante europea hasta otras próximas a grupos guerrilleros hoy operantes, pero tiene en común, especialmente su líder y sus cinco grupos principales, una concepción del Estado y de la apertura económica que tiene mucho en común con el modelo dominante en el país en los años cincuenta. La diversidad que exhiben los grupos políticos en el país no es otra cosa que la expresión de la diversidad que existe en la sociedad. Y cada grupo es la expresión de una porción de esa sociedad; lo que hacen los políticos es dar forma y refinar ideas de la gente común, que esta tiene más en bruto.
En todo accionar político hay algo de juego, de estrategia y de táctica, de buscar avanzar en la carrera hacia el poder o hacia el mantenimiento del poder, pero no es un juego descarnado del que estén ausentes los componentes ideológicos o programáticos. Porque cada actor debe esencialmente responder a sus representados, porque si no estos tienen la capacidad de cambiar de opción. Las decisiones políticas son pues el resumen del juego de fuerzas, el resultado del arte de negociar y transar entre ideas opuestas. Contra lo que muchos creen, son el arte de desbloquear, porque las ideas de cada uno en su estado originario lleva al bloqueo, porque la mar de las veces todas ellas son minoritarias. El asunto es que en 1999, pese a toda la teoría que sustenta el concepto del balotaje, resultó elegido un presidente cuyas ideas fundamentales sobre el Estado y el mercado, sobre la apertura de la economía y el mercado mundial, no coinciden con el pensamiento instintivo de la mayoría de los uruguayos. Y aquí radica buena parte del problema.

Publicado en diario El Observador
abril 14 - 2002