El fracaso de Brasil
Oscar A. Bottinelli
 

El Mercosur se encuentra en un período de incertidumbre sobre su futuro, lo que supone un fracaso, al menos en cuanto a las expectativas puestas en el proceso tanto por el Uruguay como por los uruguayos: gobierno, empresas, trabajadores, ciudadanos. Y el fracaso del Mercosur es esencialmente el fracaso de Brasil en su capacidad de liderar un gran bloque económico con vistas a ser un bloque político, el cuarto a escala mundial; y consecuentemente el fracaso de Brasil en poder adquirir en tiempos rápidos el status de potencia. Por supuesto que influyó y no poco Argentina, pero cuanto ésta se descalabra el Mercosur ya estaba gravemente herido.
Brasil tiene dos posibles posicionamientos respecto a un proyecto como el Mercosur. Uno de ellos es el que a muchos observadores parece obvio: defender sus intereses inmediatos, los de las empresas y las fuentes de trabajo de los grandes centros regionales, los de San Pablo, Minas Gerais, los tres estados del Sur y los varios polos de desarrollo en el centro y el norte del país. En pos de esa defensa de intereses empresarios y laborales es que desarrolló una política de cumplimiento intermitente de los compromisos del Mercosur: frenar la entrada de productos por trabas burocráticas puestas en apariencia por burócratas de frontera, por trabas sanitarias puestas por celosos burócratas sanitarios, por trabas judiciales emanadas de ignotos jueces de pequeños municipios. Así, sin violar en forma explícita ningún acuerdo, dio al mundo la señal necesaria: invertir en Uruguay, Paraguay o incluso Argentina, en inversiones productivas, en proyectos de largo aliento, es un alto riesgo, pues los productos pueden quedar una y otra vez frenados en su entrada al gran mercado consumidor brasileño; más vale invertir, quizás en condiciones inferiores, en un mercado grande y seguro. Brasil se aseguró el monopolio de las inversiones en la región, a cambio de resquebrajar la región como bloque. Y por las dudas rompió por sí solo los equilibrios macroeconómicos de la región.

Quienes piensan que esta política de Brasil es la única posible, consideran que Uruguay pecó de ingenuidad al apostar todos los boletos al Mercosur.

El otro posible posicionamiento difiere sustancialmente del anterior y coincide con la vocación que Brasil exhibe desde su mismo nacimiento: ser potencia. No olvidar que es el único país de América que se independiza al revés: es la colonia que se independiza del Reino y se proclama Imperio, como producto de un golpe de palacio y un parricidio dinástico. Su vocación imperial no cambió porque haya pasado de la monarquía a la república, así como es uno de los pocos países del mundo cuya consistencia en política exterior traspasa los siglos. El destino de Brasil como líder político y económico de los países del sur, en un papel similar al cumplido por Francia y Alemania en Europa, calza perfectamente con su constante vocación de ocupar una primera fila en los destinos del mundo. Para tal destino manifiesto requiere una visión estratégica profunda, de largo aliento, que se lo proporcionan Itamaratí y los centros de estudios superiores militares; pero necesita además de un poder central firme y de un liderazgo político, personal o institucional, a escala nacional. Y un paso sin duda importante para este anhelo supuso la expectativa de creación del primer gran bloque económico mundial entre la Unión Europea y el Mercosur. Quién no imagina a Brasil sentado de igual a igual con Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia, como la elite dirigente de ese macrobloque. Y de allí a un paso a integrar el G-8, la clase alta del planeta.

A este otro proyecto es que sin duda apostó este pequeño Uruguay, cuyos intereses económicos no son contradictorios con los intereses estratégicos de Brasil.

El fracaso del Mercosur es el fracaso del gran proyecto de Brasil, por la falta o el fracaso de un liderazgo nacional. Quizás lo hubiese podido consolidar Fernando Henrique Cardoso, pero perdió ante el peso de los feudos regionales coaligados, de los feudos de empresarios, políticos y sindicalistas que impusieron la ganancia inmediata a costa de la pérdida del gran sueño centenario.
 

Publicado en diario El Observador
marzo 3  - 2002