¡Cuidado: viene el lobo!
Oscar A. Bottinelli
 

Uruguay tiene un sistema político que se define como poliarquía, en la terminología del politólogo norteamericano Roberto Dahl. En términos menos técnicos y bastante imprecisos, puede decirse que una poliarquía es sinónimo de democracia o de democracia liberal. La casi totalidad de la sociedad uruguaya adhiere en la actualidad a los valores de esa poliarquía, de esa democracia; unos como fin en sí mismo, otros como base para la construcción de lo que consideran una democracia más integral. La magnitud de quienes hoy minusvaloración la democracia política es extraordinariamente pequeña.
No fue así hace tres décadas, más precisamente en la segunda mitad de los años sesenta y la primera mitad de los setenta. En ese tiempo se generó una significativa pérdida de confianza en los actores políticos, en los partidos y en las personas, y también en los métodos de hacer política y su capacidad para resolver los problemas del país y de su gente. Esa pérdida de confianza derivó para unos en la adhesión al camino del golpe militar y para otros en la apuesta al cambio de régimen político, social y económico a través de una revolución. Y muchos otros que no apostaron ni a lo uno ni a lo otro, exhibieron poca confianza en la democracia liberal y, más grave aún, creyeron que estaba muerta cuando aún respiraba.

Así fue como las falencias y limitaciones de la democracia sirvieron para desvalorizar lo que existía de democracia. Hubo dos vías de desvalorización. Una tuvo que ver con la relación entre democracia y justicia social, a partir de un razonamiento muy en boga: "una democracia sin justicia social no es democracia; como en Uruguay no hay justicia social, no hay democracia". La otra vía tuvo que ver con la relación entre medidas extraordinarias, gobiernos fuertes y democracia. Entre 1969 y 1967 el Partido Nacional y luego Gestido aplicaron reiteradamente medidas prontas de seguridad, un instituto previsto constitucionalmente, de tipo extraordinario, que supone limitaciones a libertades y derechos por un tiempo determinado. Pero tempranamente algunos opositores vieron allí el fantasma de lo dictatorial. Luego vino Jorge Pacheco Areco, quien gobernó por cuatro años con medidas prontas de seguridad, a las que dio un alcance jamás soñado. Sobre el gobierno de Pacheco Areco existen los más variados juicios, pero no hay demasiadas discrepancias en el ámbito académico en que fue un gobierno con tintes autoritarios pero que no rompió completamente con la legalidad constitucional. Pero en su momento la oposición más dura consideró el periodo de Pacheco Areco como una dictadura; la expresión en boga fue "la dictadura que no osa decir su nombre". Y poco después llegó la dictadura propiamente dicha, el golpe de Estado, el régimen autoritario en su acepción más clara. La dictadura que por largo tiempo se creyó tener, llegó en toda su plenitud.

La generación joven que se socializó políticamente en esos años descubrió poco a poco y en carne propia la distinción entre aplicación esporádica de medidas prontas, vivir en régimen permanente de medidas prontas o estar lisa y llanamente bajo una dictadura. De tanto creer que se estaba en dictadura, muchos pensaron que no había demasiado a defender ni demasiado a cuidar. Luego se descubrió lo peligroso del juego fácil de las palabras, porque el confundir palabras lleva a confundir conceptos, a percibir la realidad de modo confuso. Luego la realidad se impone en toda su crudeza.

La sociedad uruguaya no ha sido cuidadosa en preservar la memoria colectiva. La generación que accedió a la vida social en aquellos años está hoy en torno a la cincuentena. Más de la mitad del país no vivió el deslizamiento de la democracia a la dictadura. Esa falta de memoria colectiva hace más necesario que nunca refrescar lo ocurrido y recordar la necesidad de tener cuidado con ver fantasmas dictatoriales o totalitarios ante la menor medida fuerte. Que puede ser desde un error hasta un exceso, pero que implica diferencias sustanciales con el autoritarismo. El viejo cuento infantil enseña que solo hay que gritar "¡viene el lobo!", cuando el lobo viene de verdad.
 

Publicado en diario El Observador
enero 20  - 2002