Dilemas del cuarto espacio  
Oscar A. Bottinelli
 

En las últimas cuatro legislaturas el Parlamento se ha conformado con cuatro partidos. Tres de esos actores permanecen invariados, pero el cuarto parece ser más un lugar geográfico ocupado por actores diferentes, que no son siempre los mismos, pero tampoco diferentes del todo. Y no sólo se modifican los personajes, sino el protagonismo de los mismos a lo largo de estos cuatro periodos de gobierno.

Ese cuarto espacio contó con dos diputados cuando la primera administración Sanguinetti, dos senadores y nueve diputados bajo Lacalle, un senador y cinco diputados en el Sanguinetti bis y un senador y cuatro diputados al presente. Pero además de la importante diferencia de tamaño, lo hay de peso: en el periodo anterior fue el fiel de la balanza en temas clave; el apoyo del Nuevo Espacio fue imprescindible para aprobar la reforma constitucional o parte de la reforma de la seguridad social; sin los votos del Nuevo Espacio el Frente Amplio careció de capacidad para interpelar a ministros de Estado.

También fueron diferentes los caminos de creación o recreación de la morfología de esa cuarta fuerza política. Primero (1985-1990) fue la Unión Cívica, un partido de origen católico que recoge los antecedentes de dos experiencias previas de disidencia con la Democracia Cristiana. Luego viene un periodo (1990-1995) en el que vale la pena detenerse. Hacia las elecciones de 1989 se conforma aquella coalición llamada Nuevo Espacio, que unifica a la Unión Cívica con las dos grandes escisiones del Frente Amplio: el Partido por el Gobierno del Pueblo ("la 99", bajo el directo liderazgo de Hugo Batalla) y el Partido Demócrata Cristiano. Al culminar el período la coalición sufre los efectos de la crisis de su sector dominante. La mayoría del PGP se asocia con el Partido Colorado en la fórmula Sanguinetti-Batalla. La minoría se divide: el diputado Daniel Díaz Maynard se asocia con el Frente Amplio, mientras el también diputado Rafael Michelini queda solo y apunta a recrear el cuarto espacio. Ante la explosión del grupo troncal, el Partido Demócrata Cristiano retorna al Frente Amplio no para integrarse al mismo, sino para asociarse con él en el naciente Encuentro Progresista; la Unión Cívica se divide: una parte mantiene el lema y se independiza, mientras otra parte acompaña el proyecto Michelini. En resumen: la mayoría del PGP camina hacia el coloradismo, el PDC y Díaz Maynard hacia el frenteamplismo, parte de la Unión Cívica hacia la intemperie total, Rafael Michelini (con el apoyo del edil pegepista Iván Posada y la otra parte de la Unión Cívica) fundan el Partido Nuevo Espacio. El siguiente período parece el más tranquilo, aunque no está todo quieto: el flamante partido recibe la incorporación de una escisión de la Democracia Cristiana que tiene como sus figuras más descollantes al ex director del BROU Juan Young y al académico Pablo Mieres.

Hasta aquí la historia. Viene el presente. En 1999 se estrena una reforma constitucional que tiene al Nuevo Espacio a la vez como factor decisivo para su aprobación y como una de sus grandes víctimas. Porque el nuevo sistema lejos de beneficiarlo lo deja prisionero de una superpresidencialización del escenario electoral (lo que lo lleva a obtener una banca menos en la cámara baja), lo tensiona en el balotaje y medio años más tarde lo borra de los parlamentos departamentales. Después, las encuestas de opinión pública agudizan las dificultades, al detectar que la intención de voto presente oscila entre un piso del 2% y un techo del 3%, bastante lejos del resultado parlamentario de octubre de 1999. La tensión del balotaje se dio entre quienes se sintieron más proclives a votar a Batlle (o públicamente abstenerse) y quienes (como el líder Rafael Michelini) prefirieron el apoyo a Vázquez; en concreto la opción que le quedó al Nuevo Espacio fue la que no está permitida a una fuerza política, decir: "En esta mano, paso".

Esa tensión del balotaje, la afinada lectura de todos los resultados electorales, dejaron planteado el conflicto presente. De un lado quienes entienden que un espacio cuarto y reducido carece de posibilidad de incidir en el destino del país y entienden que la forma de decidir es conformar con, o asociarse a, un gran proyecto político con el que sientan afinidades (que lo es el Encuentro Progresista-Frente Amplio). Del otro lado, quienes sostienen que hay lugar para un cuarto espacio y que la capacidad de incidir dependerá de muchos factores, desde la capacidad de propuesta del grupo a los azares electorales que le permitan volver a ser la minoría decisiva. De alguna manera se repite el dilema del otro Nuevo Espacio, del Partido por el Gobierno del Pueblo, cuando discutió entre incidir en el país tras la asociación con el coloradismo o permanecer a la intemperie. O cuando el nacionalismo independiente discutió en dos etapas el mantener la soledad o resignarse al pragmatismo y retornar al lema histórico del Partido Nacional.

Como ocurre muchas veces, nada tiene que ver la importancia del tema con la magnitud del enfrentamiento. Porque formalmente lo que discutió la Convención fue casi banal: si autorizar o no a la dirección a establecer negociaciones políticas. Tan banal que en definitiva nadie necesita una autorización de la Convención para negociar; se necesita una Convención para decidir si el fruto de esa negociación es o no aceptable. La minoría, comandada por Pablo Mieres e Iván Posada, sintió que el camino que indica la lógica podía conspirar contra sus intereses, ya que dejar la decisión para dentro de dos años amenazaba hacerlo a pocos meses de las elecciones y con un fait acompli, es decir, sin posibilidades de bloquear la asociación entre Tabaré Vázquez y Rafael Michelini. Así se arriesgó a plantear la confrontación sobre lo accesorio, sobre la simple autorización a negociar. En principio se percibe una especie de empate: Rafael Michelini logró la mayoría de presentes que lo revalida en la conducción partidaria y le permite abrir las negociaciones oficiales, pero no obtuvo la mayoría absoluta ni aplastó al eje Mieres-Posada. Tras la Convención viene una división de la bancada parlamentaria y la fractura del partido en dos ramas: el Nuevo Espacio propiamente dicho y el Nuevo Espacio Independiente.

Como ocurre muchas veces en política, ganar o perder depende de muchos factores no todos dominables por los actores. Rafael Michelini ganará o perderá en parte por la capacidad negociadora propia (junto a su hermano Felipe, el economista Fernando Lorenzo, el ex senador Edgardo Carvalho), pero en mayor medida por la receptividad que demuestren Tabaré Vázquez por un lado y el Encuentro Progresista-Frente Amplio por otro. Tras la fractura, no le resultará fácil un fracaso de los propósitos de alianza; para Michelini lo es casi todo el lograr la asociación. El eje Posada-Mieres juega su suerte en parte al éxito o fracaso ajeno, en lo que poco tienen que ver, y en parte a qué ocurra con ese cuarto espacio, qué nivel de receptividad popular logre, cuán necesario lo sientan los uruguayos.


 

Publicado en diario El Observador
octubre 21  - 2001