Un desafío para el 2020
Oscar A. Bottinelli
 

Hace unos años, Jorge Batlle sorprendió con una afirmación: "Para el 2020 no habrá más colorados, ni blancos, ni frenteamplistas". Como ocurre cuando alguien muy creativo plantea un escenario para varias décadas por delante, la primera reacción es la incredulidad, o directamente la suposición de encontrarse frente a un absurdo. Pero ya internados en el siglo XXI se observa una realidad socio-política que genera muchas interrogantes. El país casi inmutable en las macro adhesiones políticas ha perdido esa firmeza, esa inalterabilidad.

Un dato que puede resultar sorprendente es comparar el mapa electoral de las últimas elecciones nacionales con la de diez años atrás. Resulta que los porcentajes de votos de los tres primeros partidos fueron casi los mismos: en torno al 38-39% el primero, 30-32% el segundo, 20-21% el tercero (porcentajes sobre el total de votantes).El segundo partido es siempre el mismo, el Colorado (que aún cuando ganó lo hizo en el mismo rango porcentual de votación). El cambio significativo es que enrocaron posiciones, y enrocaron apoyo electoral, el Frente Amplio y el Partido Nacional.

Buena parte de este cambio responde a motivaciones profundas, a variaciones en la valoración de los actores políticos y de las ideas que representan. Pero la reforma constitucional aprobada en 1996 introduce nuevos estímulos al cambio sociopolítico. La ingeniería electoral varió de manera sustantiva a dos vías. Una, la introducción de ese sistema de elección presidencial por método eliminatorio a tres vueltas, con las elecciones preliminares en abril, la semifinal de octubre y la final o balotaje en noviembre. Y dos, la separación de las elecciones municipales, que posibilitaron arquitecturas electorales no sólo diferentes sino peculiares, y un cambio radical en los comportamientos del electorado. Basta señalar como los elementos más fuertes de cambio entre octubre de 1999 y mayo del 2000, las elecciones de Paysandú y Maldonado (en que gana las municipales el tercer partido en las parlamentarias) o San José (donde desde un casi triple empate se pasa a la hegemonía de un partido que por sí solo concita la adhesión de 7 de cada 10 votantes).

Pero además de los impactos nada menores que todo ello supuso sobre los actores políticos, y en particular sobre el nacionalismo, es importante destacar los formidables efectos sobre la permanencia de las pertenencias partidarias. A los electores se les enfrentó a cuatro acontecimientos electorales, en cada uno de los cuales debió hacer una opción votacional. Pero en una de esas opciones, en noviembre, en el balotaje, quienes anteriormente hubiesen sufragado por el tercero, el cuarto y el quinto partido tuvieron ante sí la obligatoriedad de elegir entre otros dos partidos ajenos, o refugiarse en una opción por ahora poco querida por los uruguayos, como el voto sin efecto, ya fuere en blanco como anulable. Y en mayo del año siguiente muchas realidades departamentales generaron el atractivo de dirimir la intendencia en la interna de un solo partido (como en Cerro Largo, Treinta y Tres, Tacuarembó, Durazno, Flores y San José) o en una competencia exclusivamente bipartidista (como en los hechos fueron las de Canelones, Colonia y Rocha). El elector blanco se vio estimulado a votar a otro partido tanto a nivel nacional en el balotaje, como a nivel municipal en Canelones. El elector frenteamplista como el colorado fue tentado a votar dentro del Partido Nacional en los seis departamentos de competencia monopartidaria blanca, y los frenteamplistas además se vieron tentados a elegir a un partido tradicional en Colonia y en Rocha. Con el ciclo electoral 1999-2000 se ayudó a globalizar el voto, a diluir esas fronteras tan rígidas entre los lemas que caracterizó el sistema político uruguayo y la relación de los uruguayos con su sistema.

Contra lo que en el plano teórico supone la introducción del balotaje, lejos de sostener o fomentar el mantenimiento de un multipartidismo, asociado a otros fenómenos de sistema y sociopolíticos, parece haber dado un gran envión a la búsqueda de revivir un bipartidismo. Lo cual ha supuesto una encrucijada difícil para el Nuevo Espacio, cuyo futuro político y su misma existencia desgarra al partido en un debate dramático. Y supone para el Partido Nacional un profundo replanteo de su presencia política, tanto en lo que hace a la forma de hacer política como a los elementos de convocatoria partidarios. La forma de hacer política tiene mucho que ver con adaptar la conducta del partido a las reglas del nuevo sistema, donde ya la fuerte confrontación interna no está resguardada por la multiplicidad de candidaturas. Y donde la sociedad da a todos los actores señales fuertes de premiar la búsqueda de diálogo y penalizar la confrontación.

Pero el otro gran tema tiene que ver con los elementos de convocatoria. Y aunque este tema aparece como sustancial para el Partido Nacional, no es ocioso para el Partido Colorado. en definitiva parte de una pregunta, que pocos años atrás parecía banal: ¿en qué se diferencian los blancos de los colorados? Para quien siente la historia nacional, quien nació y mamó en un país donde lo blanco y lo colorado formaban dos sub-identidades de la gran identidad nacional, la pregunta está demás. Pero ya la mitad del electorado se socializó electoralmente después de la restauración institucional. Dentro de los partidos tradicionales, como presentación reductora de los mil matices que es posible advertir al definir una postura programática, hay sin duda dos grandes visiones de lo que debe ser el Estado y la sociedad, de la relación entre lo público y lo privado, de cuanto debe pedirse y exigirse al Estado, y de qué y cuánto éste está obligado a dar o hacer. Una de esas posturas se identifica fuertemente con los valores del liberalismo económico y otra más con lo de la socialdemocracia. Ambas posturas, con diferente magnitud y apoyatura, conviven en ambos partidos tradicionales. Quizás no sea fácil el ejercicio clasificatorio, de colocar a cada sector y candidato en cada una de las macro alineaciones.

Al convivir dentro de los mismos partidos, y las mismas posturas encontrarse en partidos diferentes, es que aparecen mensajes confusos para mucha gente. El ver que dirigentes de uno u otro partido tiene la misma visión, los lleva a la idea simple de que ambos partidos tradicionales tienen unidad de pensamiento y sólo los diferencia el pasado. El ver que dirigentes y sectores de un mismo partido discrepan sobre temas importantes, los lleva a otra simplificación: ver en esas diferencias exclusivamente rivalidades personales, que además, las hay.

No parece mal el ejercicio de pensar la conveniencia o inconveniencia para cada partido de buscar una mayor homogeneidad ideológica. Ni tampoco parece ocioso el ejercicio de ver si en el futuro, guste o no porque los procesos históricos van más allá del afecto personal de cada uno, hay cabida para partidos internamente heterogéneos, cada una de cuyas partes se correlaciona con otra parte de otro partido.

 

 

Publicado en diario El Observador
agosto 12  - 2001