No hay motor fuera de borda
Oscar A. Bottinelli
 

Describe un viajero, un siglo atrás, que Uruguay es un pedazo de tierra que se desgarró de Europa, atravesó el océano y se incrustó en el Sur de América. Algo así como en el comienzo de los tiempos cuando al romperse Gondwana la India se desplaza hacia el norte y se incrusta en Laurasia (o quizás fue más tarde y su destino ya era la más pequeña Eurasia). Pero imaginario lo primero, real lo segundo, es irreversible. No existen motores fuera de borda para ponerle a los países y llevarlos a otro amarradero. Los países están, pertenecen a una región determinada y ese entorno condiciona su presente y su futuro, guste o no guste. Algunos uruguayos pueden individualmente irse, pero el país como tal está amarrado a su destino hanseático, cuña entre dos colosos, antigua marca en el confín de los dos grandes imperios, un "algodón entre dos cristales" como definiera lord Ponsonby. Y como buen algodón, en su pequeñez demográfica absorbe todo lo bueno y todo lo malo que viene de uno u otro vecino. Hoy el algodón se empapa de lo que se derrama de la vereda de enfrente; por eso, un tema crucial para la política uruguaya es la estructura y el funcionamiento del sistema político argentino.

Argentina tiene graves dificultades económicas y financieras, y sin embargo todo conduce a pensar que en esencia su mayor problema es político: un país con falencias fuertes en su sistema político, en la forma en que éste opera y en la persistencia de la confianza de la gente en sus dirigentes. Si bien es un fenómeno extendido en el mundo occidental el surgimiento de una brecha entre sociedad y elite política, Argentina presenta un caso extremo, donde el ciudadano no se siente responsable del voto emitido ni tampoco reflejado en los cuerpos representativos electos.

Hay algunos datos que en sí mismos, con independencia de la explicación que cada caso tenga en particular, aparecen como significativos de una cultura política. Algunas pinceladas:

Uno. En toda la historia argentina tan sólo una vez un presidente constitucional, electo en elecciones plenamente competitivas, culmina su mandato y entrega el mando a otro presidente constitucional de otro partido, también elegido en elecciones plenamente competitivas. Este hecho histórico ocurrió en el reciente diciembre de 1999, cuando Menem le transfiere el mando a De la Rúa. Porque antes, en los pocos casos que los presidentes resultaron de elecciones plenamente competitivas, o se sucedieron a sí mismos (como Perón en 1952 o Menem en 1995) o le dieron el bastón a un correligionario (como el ida y vuelta entre Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear), y lo más parecido a un cambio de partido, como el de Alfonsín a Menem, ocurrió bastante antes de la expiración del mandato, como un abandono del cargo. Una sola vez, pues, hubo una auténtica rotación de partidos en el poder, en tiempo y forma. En total, en tan sólo cinco oportunidades un presidente constitucional elegido en forma competitiva plena sucede a otro presidente constitucional elegido de igual forma, aunque fueren del mismo partido o el saliente y el entrante resultaren ser la misma persona. Cinco casos en siglo y medio.

Dos. Los últimos cuatro presidentes radicales, en un período tan extenso como más de siete décadas, perdieron el control del poder a poco de andar: Yrigoyen en su segunda presidencia (electo en 1928, derrocado en 1930), Illia (electo en 1963, derrocado en 1966), Alfonsín (electo en 1983, abandona el cargo antes de cumplir su mandato) y ahora De la Rúa.

Tres. De las ocho últimas presidencias más o menos constitucionales, producto de elecciones algunas competitivas y otras bastante cuestionables, pero elecciones al fin, en la mitad de los casos (en cuatro de ocho) el vicepresidente de la República renunció antes de llegar a la mitad del periodo: Alejandro Gómez con Frondizi (por discrepancias con la política oficial), Vicente Solano Lima (al mes y medio de asumir, en forma conjunta con el presidente Héctor J. Cámpora), Eduardo Duhalde (para ser candidato y luego asumir la gobernación de Buenos Aires) y el año pasado Carlos Alvarez (al igual que Gómez, por discrepar con el presidente).

A estas pinceladas institucionales cabe añadir otro tema de peso. En todo los países hay una distancia entre las promesas formuladas (y las ilusiones generadas) en la campaña electoral y el programa efectivo del gobierno. Rara vez hay una coincidencia perfecta, y en gran medida ello es debido por un lado a que los políticos siempre tienen una alta cuota de voluntarismo, aunque hayan estado anteriormente en el poder, y sobrevaloran sus posibilidades; y por otro lado porque la gente construye ilusiones y pone en los candidatos expectativas que son más producto de los deseos de la gente que de promesas formuladas; y además porque los políticos adicionan problemas de eficiencia y de pericia. Pero la distancia que se da en Argentina entre las propuestas de la campaña electoral y las líneas de gobierno se encuentran mucho más lejos de lo habitual y a veces a 180 grados de distancia; ocurrió con Frondizi (1958), con el segundo peronismo (1973-1976), con Menem y ahora con la Alianza. No importa que el giro de Menem fuera respaldado por el pueblo con la reelección; lo cierto es que su programa de gobierno fue el opuesto a lo anunciado y prometido. Y esta distancia tal entre ilusiones y realidades concluye a la larga en afectar la credibilidad en las instituciones democráticas.

En el gobierno actual, además, no es sólo un problema de programas, sino de conformación de alianzas políticas. Ya nada queda de la Alianza que ganó las elecciones: el Frepaso dejó la vicepresidencia, sus figuras clave se retiraron tempranamente del gabinete, carece de liderazgo y da importantes señales de fragmentación. También hay un divorcio entre el entorno presidencial y la dirigencia de la Unión Cívica Radical. El gobierno estructura las apoyaturas y las alianzas como si no hubiese un sistema de partidos, muy cerca de la usanza norteamericana: un presidente a título personal obtiene el apoyo de gobernadores de su partido en una relación de negociación y no de subordinación, negocia con legisladores y dirigentes radicales, con gobernadores justicialistas, por separado con legisladores justicialistas.

En medio de esta crisis aparece como algo surrealista el juez Urso y su procesamiento a Menem. Un juez de origen dudoso, considerado un bienmandado de Menem, busca su reivindicación mediante el procesamiento del presidente por un acto de gobierno (no hay delito alguno en incumplir tratados internacionales, es un problema de política exterior, no de código penal) y para colmo declara que un gobierno puede como tal configurar una "asociación ilícita". Con el riesgo país en los 1.500 puntos, al borde de la cesación de pagos, las telenovelas del casamiento de Menem y su posterior procesamiento suenan como aquellos dos hombres que en la obra de Ionesco discuten: "Si A es igual a B, y B es igual a C ...", mientras avanzan los rinocerontes
 

 

Publicado en diario El Observador
julio 22  - 2001