Maracaná desde el siglo XXI
Oscar A. Bottinelli
 

Un día como mañana, exactamente en la mitad del siglo pasado, se consumó lo que ha quedado como la "hazaña de Maracaná·". Cuando cinco años atrás murió Obdulio Varela se dijo que con él quedaba enterrado el mito de Maracaná, el del fútbol y el del país. Pero la otra semana en el estadio Centenario se desplegó una enorme bandera celeste con una escueta leyenda: "1950". Es que más allá de lo futbolístico, refleja un hecho nacional: la sociedad uruguaya sigue apelando a sus fantasmas.

En el escenario carioca Uruguay logró una vez más (la cuarta) la calidad del mejor fútbol del planeta. Hay mucho de cierto en la importancia de la serenidad y picardía del Negro Jefe (la pelota bajo el brazo tras el gol brasileño, la protesta ante el juez) y en el absurdo lógico del gol definitorio de Ghiggia, cuando la pelota entra por donde no había lugar. Pero contra la visión del maracanazo como un accidente irrepetible, se alza la opinión de quienes creen que Uruguay tenía el mejor fútbol del mundo, lo que estuvo a punto de revalidar con una formidable campaña en el siguiente mundial de Suiza. En definitiva, hasta el alargue con Hungría, Uruguay nunca había perdido un partido por el cetro futbolístico ecuménico, desde 1924 en París. Algún estudioso dice que en los años siguientes al Mundial de Brasil, y seguramente hasta el desbarranque de Puerto Sajonia (vence Paraguay por 5 a 0), se reflejaba en Maracaná la continuación de la triada Colombes-Amsterdam-Montevideo, el "uruguayos campeones de América y del Mundo", es decir, no el haber ganado un campeonato por una suma de picardías, locuras y casualidades, sino el ser los mejores practicantes de un deporte a escala planetaria.

En esta misma línea de pensamiento cabe recordar que los pueblos construyen sus símbolos a su imagen y semejanza, son en parte lo que cada pueblo es y en parte lo que cada pueblo quiere ser. Así como Artigas ha ido cambiando con el tiempo, y hay tantos Artigas como sectores de la sociedad, también la leyenda de Maracaná· cambia al compás de Uruguay.

Pero también se sostiene que existe una relación entre los triunfos deportivos y los niveles de los pueblos; no siempre, pero en muchos casos sí. Por las dudas no está demás echar una mirada a ese país, a ese tiempo. Con la totalidad de Europa, el Norte de Africa, el Cercano Oriente y el Lejano Oriente destruidos por la guerra mundial, en 1950 eran pocos los países que habían continuado su progreso y hasta se habían beneficiado de la guerra: Argentina, Suecia, Suiza y Uruguay entre los no combatientes; Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda entre los beligerantes. Ese selecto grupo de ocho naciones fue en ese momento la elite del mundo, los que tenían la mejor calidad de vida; probablemente Uruguay estuviese por el medio de la tabla (al menos hay estudios que demuestran estar por entonces por encima del nivel de vida de Suecia y de Suiza, y quizás de Australia y Nueva Zelanda). A fines de la década de 1940 y principios de la siguiente, la mayor preocupación económica internacional de Uruguay era cómo cobrar la enorme deuda a sus deudores, en primerísimo plano al Reino Unido, el cual inventó el reverso del Plan Brady (antes de que alguien conociese a Brady) y así pagó buena parte de sus créditos con ferrocarriles, tranvías, agua corriente y saneamiento.

Y a esa calidad de vida se suma una gran estabilidad política, un verdadero consenso sobre las políticas a seguir. El modelo de estado asistencialista y benefactor, el de autosuficiencia y sustitución de importaciones, no tuvo demasiados cuestionamientos. La principal diferencia real entre el Partido Colorado y el Partido Nacional estribaba en el mayor énfasis urbano e industrialista del primero y la mayor aproximación al agro del segundo. Fueron muy pocos los cuestionadores de ese modelo. En definitiva la estructura exportadora se sostenía en altos precios de la carne, la lana y los cueros y la situación privilegiada de Uruguay (como Argentina) como una especie de miembros honorarios de la Comunidad Británica. El ejecutivo colegiado puede ser el símbolo más perfecto de ese país sin problemas.

Lo que pocas veces se recuerda es que el país pacífico de los años de 1950 recurrió en 1951 a las medidas prontas de seguridad, hubo servicios paralizados, sindicalistas presos y las controversias del dividido movimiento sindical dejaron un par de muertos. La vertiginosa expansión del welfare state creó un desfasaje entre el impresionante crecimiento manuscrito de los derechos sociales y la aparición cada vez más fuerte de limitaciones fácticas. El Partido Colorado pierde el gobierno después de casi un siglo, en un país signado por largas colas para conseguir la carne y el pan, y donde despuntaba la inflación galopante; en 1959 el Partido Nacional recurre a las medidas prontas de seguridad y el instrumento pasa a ser cada vez más familiar a los uruguayos. La caída de puestos reales de trabajo fue compensada por el correlativo crecimiento de los puestos públicos (en el Presupuesto de 1960 se crearon 10.000 cargos en la administración central, los que fueron distribuidos dentro del Partido Nacional entre todas las listas de todo el país por la más estricta aplicación de la representación proporcional integral, método d'Hont). El crecimiento de los derechos jubilatorios en forma desproporcionada al crecimiento de los recursos derivó en la institucionalización del embudo, llamado "pronto despacho": sólo con una orden de cada uno de los 15 directores de las tres cajas estatales de jubilaciones podía accederse a la jubilación, y por supuesto cada director tenía la rigurosa quinta parte de su respectiva caja. Y cada director de UTE tenía el derecho exclusivo a conceder la quinta parte de los teléfonos por vía rápida, ya que la vía normal permitía acceder a los mismos en plazos nunca menores a dos años y promedialmente por encima de los cinco (gente hubo que protestaba en los diarios por haber iniciado el trámite más de 20 años atrás). Los estudios sobre el Uruguay rural revelan las degradantes condiciones de vida de los rancheríos, habitados por un número de personas hoy inimaginable. El clientelismo fue el sucedáneo para distribuir la escasez, frente a las otras dos posibilidades: las reglas del mercado (que hubiesen determinado precios exorbitantes para bienes escasos) o los entramados de la corrupción. Esta es también la otra cara del Uruguay de Maracaná, que como ocurre con los recuerdos de la vida de las personas, los desagradables se borran de la conciencia aunque hayan marcado a fuego la propia personalidad.

Maracaná fue enterrado no sólo en los campos de fútbol, sino que no existe ninguno de los dos países. Ni el que miraba a Europa por encima del hombro ni el de la contracara negativa del progreso manuscrito y la feroz ineficiencia pública. Lo que queda es esa formidable nostalgia de un pasado mítico, tanto más mítico cuanto se acomode a las necesidades de cada quien y sirva para tapar las frustraciones del presente.

 

Publicado en diario El Observador
julio 15  - 2001