Entre Fernando y Richelieu
Oscar A. Bottinelli
 

La generación idealista de la década de 1960, inspirada en el liberalismo norteamericano, con fuerte vocación occidental y anticomunista, llegaba al éxtasis al oír al carismático John F. Kennedy proclamar que "los Estados Unidos pagarán cualquier precio, soportarán cualquier carga para asegurar el triunfo de la libertad (...) allí donde se encuentre amenazada". Cualquier católico devoto amante de la historia no puede menos que identificarse con el emperador Fernando II de Habsburgo, cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, capaz de guerrear en solitario a diestra y siniestra en defensa de la fe, la Iglesia y el Papa; a quien nada pudo resultarle más inmoral que la política de alianzas de su rival, Armand Jean du Plessis, cardenal de Richelieu. El príncipe de la Iglesia no dudó un 

minuto en coaligar la Francia católica con los príncipes protestantes del norte de Alemania en defensa del interés nacional (francés), en aplicación de la "raison d'état".

Y así ocurrió que mientras Kennedy introdujo a Estados Unidos en el pantano de Vietnam y Fernando II vio erosionar lentamente el poderío del Sacro Imperio, Richelieu sentó los cimientos de 200 años de hegemonía francesa. Fernando y Richelieu simbolizan la lucha entre el idealismo como valor absoluto y la concepción estratégica como factor preponderante para imponer las ideas, o al menos algunas ideas. Marcan la distancia entre la elevación espiritual que da el apego sin concesiones a las ideas y la crudeza de la vida real, de la lucha por imponer ideas y propósitos.

Un siglo y algo antes de Richelieu, tan frío y racional como él, vivió quien quizás pueda recibir el título de primer politólogo de la historia, consejero de políticos y luego analista, que observa las prácticas políticas, sus éxitos y fracasos, los racionaliza y sistematiza y finalmente los lleva al papel en múltiples escritos, el más famoso de los cuales es El Príncipe. Niccolo Bernardo dei Macchiavelli fue incomprendido por sus contemporáneos, por las generaciones siguientes durante varios siglos y por buena parte de los políticos e intelectuales de hogaño que lo invocan sin haber leído una sola de sus líneas. El frío analista florentino rompió los ensueños de los idealistas, describió las reglas del mundo tal cual es y tal cual gira, y debió soportar hasta hoy el surgimiento de un epíteto: maquiavélico; que según la Real Academia quiere decir "que actúa con astucia y doblez". Lo que el príncipe de la Iglesia y el consejero de príncipes revelaron al mundo es que las ideas no se imponen por sí mismas, ni por la verdad que deposita en ellas quien las sostiene, porque en definitiva las ideas son siempre verdaderas para unos, falsas para otros y dudosas para los terceros. Las ideas se imponen cuando van asociadas a políticas que permitan su realización, a cuidadosos análisis de situación, a precisas evaluaciones de fuerzas, a finas estrategias, a tácticas adecuadas, a dar paso tras paso con la mayor prudencia, a veces pasos hacia adelante y otras pasos hacia atrás. Las ideas no se imponen por su bondad intrínseca, sino por la operación política que hace posible transformarlas en realidades. Y por encima de todo, lo que se impone es lo más aproximado que un político puede lograr de sus ideas, tamizadas por los múltiples frenos de la realidad. Pocas veces, rara vez, alguien tiene la felicidad de ver coronados todos sus propósitos, de plasmar sus proyectos sin que se modifique un ápice.

Comprender que la política es el arte de transformar los sueños en realidades, el arte de lo posible, no es contradictorio con saber que la gente busca y necesita utopías. Además, la mar de las veces la política aplicada, el maquiavelismo y richelieuísmo en sentido estricto, el cálculo, la estrategia, la evaluación, no son de recibo ni por la opinión pública ni por las elites no políticas. Hombres de empresa que en su gestión aplican precisamente las mismas técnicas y principios, que evalúan, calculan, planifican y luego operan, se cuentan entre quienes condenan a los políticos por evaluar, calcular, planificar y luego operar. Sindicalistas que discursean sobre la correlación de fuerzas y la estrategia a aplicar, integran las filas de los que consideran poco pura la política, precisamente porque contiene cálculo y evaluación. La relación entre utopía y realidad aparece reveladora en las palabras de Nixon en su diálogo con el retrato de Kennedy, en la última noche en la Casa Blanca, en vísperas de su renuncia: "Cuando te miran a ti ven lo que quieren ser; cuando me miran a mí, ven lo que son". Por eso quizás el político ideal sería el que lograse el difícil resultado de combinar la convocatoria a las utopías con la más rígida praxis realista, algo así como un Fernando II y Richelieu en la misma persona.

Como es obvio, el planteo referido no se limita al Renacimiento ni a Europa, ni al segundo tercio del siglo pasado en Estados Unidos, sino que también valor urbi et orbi, en el tiempo y el espacio. Para no ir más lejos, bastante de esta dicotomía se puede encontrar en Domingo Cavallo y Ricardo López Murphy. Muchos especialistas han señalado que el programa de Cavallo peca de incoherencias y que contiene muchos errores; como contrapartida, el plan López Murphy es señalado como un paquete coherente, técnicamente acertado, con las respuestas justas a un diagnóstico correcto. Es muy posible, el que esto escribe es analista político pero no economista, que esas apreciaciones sean las más valederas. Pero el plan López Murphy estalló a las pocas horas de ser anunciado, sin siquiera entrar en funcionamiento ninguna de sus medidas; y decir estallar es una descripción literal, pues generó un estallido social de bastas proporciones. Lo que fracasó no fue lo técnico, lo económico, sino la percepción de la realidad política, de la situación de la opinión pública, de la ciudadanía, de los grupos de interés, de las corporaciones, de los actores políticos. En definitiva, el sencillo cálculo de con cuántos cañones y municiones se cuenta para derribar la muralla. Cavallo tuvo en cuenta todo esto. Quizás a la larga triunfe o a la larga fracase, y si fracasa quizás fuese porque sus planes son técnicamente incorrectos. Pero lo importante es que ofició de buen prestidigitador y cautivó a todos los auditorios posibles: opinión pública, sistema político, agentes económicos, grandes corporaciones financieras internacionales y multinacionales. De alguna manera aquello de que un médico que logra dar confianza al paciente logra mejores resultados que el catedrático que no logra penetrar en el alma del enfermo.

Las mejores ideas mal instrumentadas pueden resultar peores que ideas mediocres aplicadas con la más exquisita prolijidad. Muchas veces la fineza instrumental termina siendo más importante que la riqueza conceptual.

Publicado en diario El Observador
junio 10  - 2001