Cuando se vota a ciegas
Oscar A. Bottinelli
 

Los problemas del país se pueden abordar con la mira puesta en la comarca o a través de la observación de experiencias. Sin duda Italia es el país cuya cultura política y cuya forma de estructurar y operar el sistema de partidos resulta el más parecido a Uruguay, a su sistema de partidos, su cultura política y la forma de operar de sus actores políticos. Las elites políticas de ambos países aparecen como herederas directas de la cultura florentina, lo que quizás explique por qué para los observadores 

externos sea tan difícil entender las lógicas políticas de uno u otro país.

Hoy, 13 de mayo, Italia va a las urnas para elegir nuevo gobierno. Y en cierto modo va a votar a ciegas. Buena parte de los 50 millones de electores va a formular una opción sin tener a la vista todos los elementos de información necesarios para sopesar el efecto de su voto. Quizás pueda decirse doblemente a ciegas, porque se suman dos elementos: uno es un sistema electoral extremadamente complejo, donde no es posible medir con exactitud cómo opera el voto de cada uno, y el segundo es la norma que impide la divulgación de encuestas en los 15 días previos a las elecciones.

En primer lugar se trata de un régimen parlamentario, con lo que en la realidad la elección de hoy es de 630 diputados y 315 senadores. Los diputados se eligen 475 en circunscripciones de a uno, donde resulta elegido el candidato que obtiene más cantidad de votos (como ocurre por ejemplo en Gran Bretaña); los 155 diputados restantes son elegidos en 26 circunscripciones plurinominales, es decir, de varias bancas cada una, por sistema proporcional. Entre la elección uninominal (de a uno) y la elección proporcional hay un conjunto de operaciones matemáticas que permite a los actores políticos diversos juegos de presentación electoral, juegos que según cómo se practiquen pueden maximizar la representación de los grandes agrupamientos y perjudicar las opciones menores. Además existe una cláusula de barrera del 4%, es decir, se excluye de la adjudicación proporcional de bancas a todas las listas que a nivel nacional no logren al menos el 4% del total de votos válidos. Los senadores se eligen de manera parecida aunque algo más simple: 232 en forma uninominal por mayoría simple y 83 en forma proporcional en 26 circunscripciones plurales. De la combinación de todos esos centenares de resultados diferentes, algunos combinados entre sí, otros no, resulta la conformación de ambas cámaras. Y se requiere conformar una mayoría absoluta en cada una de las dos cámaras para lograr armar y sostener un gobierno. En otras palabras, si bien es una elección polarizada entre el centro-derecha y el centro-izquierda, con las respectivas candidaturas a la Presidencia del Consejo de Ministros de Silvio Berlusconi y Francesco Rutelli, el triunfo será no necesariamente de quien obtenga más votos, sino de quien por efecto de todas las combinaciones logre la mayoría de bancas en cada cámara, por sí mismo, o en asociación con partidos menores, del centro o de los extremos.

Pero lo que claramente hace que se vote a ciegas es la ley N° 28 del año 2000 que prohíbe en los 15 días precedentes al día de la elección dar a publicidad o difundir los resultados de los sondeos demoscópicos sobre el resultado de las elecciones o sobre las orientaciones políticas y de voto de los electores, incluidos los efectuados en el período anterior a la prohibición. Desde hace 15 días hay oscuridad absoluta para el electorado. Obviamente no para las dirigencias políticas y los principales medios diplomáticos, quienes adquieren los resultados de las encuestas de las múltiples consultoras de opinión pública. Inclusive con un poco de paciencia desde estas latitudes pueden encontrarse en Internet formas no demasiado crípticas de presentar resultados de encuestas. Pero no hay ni críptico ni claro para el votante común. Y la ausencia de encuestas ha sido sustituida por la divulgación de pronósticos exitosos de candidatos y partidos: "Voy a superar largamente la mayoría absoluta" (Berlusconi), "estoy dando il sorpasso" (Rutelli). En nada pues se diferencian de las arengas y los slogans. El elector carece de la orientación profesional, seria, responsable, del conjunto de consultoras de opinión pública. No sabe cuál es la diferencia entre una u otra de las grandes coaliciones, ni cuáles son las probabilidades de las opciones menores de centro (como Democracia Europea, del ex sindicalista católico Sergio D'Antoni, o Italia de los Valores, del ex magistrado Antonio Di Pietro), ni tampoco sabe las posibilidades reales de acceder al Parlamento o quedar por debajo del 4% de las dos formaciones que pueden ser auxiliares valiosos in extremis para unos y otros: Refundación Comunista para Rutelli (El Olivo), MS Fiamma para Berlusconi (Casa de las Libertades). Al elector italiano se le plantea la situación de alguien que va a un banco a invertir sus ahorros, tiene que optar entre plazo fijo en pesos o en dólares, o bonos del tesoro, o fondos de inversión, y se le dice: usted decida, pero no le permito que sepa a cuánto está el dólares, cuál es la tasa de interés ni en pesos ni en dólar, ni a cuánto cotizan los bonos ni cómo se desempeñan los fondos.

Y resulta que hay muchas informaciones capitales para la decisión de buena parte de esos 50 millones. A título de ejemplo van algunas:

Una. Un votante puede preferir el triunfo de Berlusconi, pero tironeado lo más posible hacia el centro. Tiene la opción de votar a lo más centrista de la Casa de las Libertades (la alianza católica Biancofiore) o votar fuera de la coalición de centro-derecha y hacerlo por un partido independiente de centro, que pueda condicionar desde afuera su apoyo a la constitución del gobierno, por ejemplo, a la Democracia Europea de D'Antoni. Pero necesita dos datos: saber si D'Antoni está demasiado debajo del 4% y el voto a fondo perdido, muy por encima y ya está ese partido en el Parlamento, o en el filo de la navaja y el voto es imprescindible; y el otro dato es cómo está la relación entre Berlusconi y Rutelli, quién va adelante y por cuánto, para saber si no arriesga en mucho el triunfo del centro-derecha.

Dos. Un razonamiento exactamente a la inversa puede hacerse en relación al centro-izquierda, por ejemplo entre alguien que dude entre votar a Di Pietro o a una formación moderada de El Olivo. Es probable que muchos que estén en la duda no sepan que las encuestas de los últimos días, que se mantienen en reserva, señalan un serio riesgo de que no llegue al 4% y quede fuera.

Tres. Cada una de las coaliciones tiene varias listas y sus votos no se suman. Cada una de ellas por separado debe alcanzar el 4%. En el caso de El Olivo hay una casi certeza que el Partido de los Comunistas Italianos está muy lejos de la barrera. Pero el votante no tiene las cifras a mano como para saber a ciencia cierta que es un voto perdido y transferirlo a otra lista.

Y los ejemplos se pueden multiplicar hasta el infinito. Parece bueno mirarse en este espejo externo pero cercano, en momentos que aquí en Uruguay hay calma con las encuestas. Los sondeos de opinión molestan, son un intruso para los actores políticos, pero son un instrumento de navegación imprescindible para el simple votante.

Publicado en diario El Observador
mayo 13  - 2001