Política y aftosa
Oscar A. Bottinelli
 

El país vive el impacto psicológico de la crisis de la aftosa y de las predicciones pesimistas sobre el futuro económico de corto plazo. Y como todo momento de alta sensibilidad se hace difícil la pausa para una reflexión serena. Hoy por hoy el ambiente está para fuertes solidaridades gubernamentales por un lado y cobro de cuentas por otro. Pero es necesario que los analistas jueguen ese incómodo papel de aguafiestas, de ir más allá del comentario y del juego presente, para tratar de ver por qué ocurrió lo que ocurrió. 
 Para mayor comodidad, conviene asumir el papel de un observador lejano que se proponeestudiar el sacudón recibido por un pequeño y lejano país. Y lo primero que descubre es que ese país se considera a sí mismo como un caso especial, con una especificidad extraordinaria donde las cosas son diferentes al mundo conocido; y por añadidura, en desafío a la obviedad geográfica, cree ser una isla. Esta es la percepción dominante en el exterior sobre el pueblo uruguayo; para ser redundantes: no la percepción solamente sobre el gobierno de turno, ni sobre el conjunto de las dirigencias políticas, sino sobre todo el país, o para ser más exactos, la percepción de los rasgos dominantes de ese pueblo.

Por aquí pudo colarse el virus de la aftosa. Por la convicción que un país serio con voluntad de hacer las cosas en serio constituía barrera suficiente; si pudo impedir por años el ingreso del cólera y luego el del dengue, por qué no podía frenar la entrada de la aftosa. Es probable que las causas más importantes sean externas y estén concentradas en la forma en que actuó Argentina, que jugó hasta el límite el ocultamiento de la epidemia en el país, para reconocerla cuando ya era indominable. El riesgo país uruguayo se compone en gran medida de la vecindad con Argentina (lo que no está circunscrito a la aftosa).

Pero más allá de las causas externas (de la "agresión biológica" como calificó un destacado técnico), lo que se observa hoy con claridad es que el país se descuidó en los seis meses transcurridos desde que apareció el riesgo, por la doble vía del foco de Artigas y del más importante, las sospechas del virus en Argentina. Por noviembre del año pasado calificados productores rurales denunciaron la existencia de focos de aftosa en el país vecino y expresaron tener conocimiento de que en ciertas zonas se estaba vacunando; el gobierno argentino negó los hechos hasta que la epidemia pasó a ser indominable, y al poco tiempo estaba a 100 kilómetros de la frontera. El primer descuido estuvo en el frente externo: a Uruguay le faltó la decisión de plantear el tema ante Argentina y en el Mercosur con la fuerza que la amenaza requería, en momentos en que quizás un cambio de actitud del país vecino pudiese hacer más controlable la epizootia.

El segundo descuido estuvo en lo que hoy se evidencia como falta de planes para afrontar una invasión virósica en toda regla. Que uno sepa la única opción que difundió el gobierno en los meses previos fue la aplicación del rifle sanitario. Sobre la marcha apareció una estrategia que termina en la vacunación masiva, más como rendición incondicional ante el enemigo aftósico que como decisión previamente trazada. Tanto no se previó alcanzar la vacunación masiva (ni la vacunación selectiva), que Uruguay no tomó previsiones para tener al alcance de la mano la cantidad necesaria de dosis por si llegaba a esta situación extrema.

En el medio apareció una actitud fuertemente protestataria de productores rurales contra el rifle sanitario, que contó con el respaldo político de buena parte de los intendentes. Tampoco estaba previsto: no hubo anuncios previos claros e inequívocos de las gremiales rurales sobre su oposición tajante al rifle sanitario. Y tampoco uno conoce discusiones serenas y con tiempo sobre las opciones económicas para el país entre el costo de la aplicación intensiva del rifle sanitario contra el costo de la pérdida del status de país libre de aftosa. Porque en tanto de lo que se habla es exclusivamente de una ecuación económica, la estrategia que el país debió adoptar tenía que ser la resultante de un balance claro de costos y beneficios. Y una estrategia nacional requería un consenso previo de gobierno y oposición y también como mínimo de las partes directamente involucradas en el proceso productivo, como productores, frigoríficos y trabajadores.

En medio de ello ocurrió la oposición activa de productores rurales al rifle sanitario, la cual comenzó antes que la enfermedad se transformase en incontrolable. A la luz de la velocidad en que se difundió la enfermedad, es probable que sin esos bloqueos el resultado hubiese sido el mismo, quizá con algo más de retraso y nada más.

Pero el Estado, no sólo el gobierno, tuvo la fugaz presencia de verse en los límites de la aceptación pacífica de su poder, y ello requiere una reflexión y observación sobre el fenómeno.

Cuando uno dice descuidos del país se refiere al país todo. Incluye por supuesto falta de estrategia de parte del gobierno y del Ministerio de Ganadería. Pero incluye la falta de previsión o de alertas de líderes políticos, parlamentarios, dirigentes o activistas rurales, técnicos y profesionales del agro, economistas y analistas políticos (como es obvio, el autor se incluye entre los responsables de la falta de previsión, ya que ni pensó ni escribió una sola línea al respecto).

No es necesario abundar demasiado sobre la importancia de que un país, o sus elites, tomen conciencia de la necesidad de prever con mayor anticipación y mayor profundidad los riesgos que afrontan, y con calma y claridad trazar con frialdad las estrategias y alternativas de decisión.

Publicado en diario El Observador
mayo 6  - 2001