El lacallecentrismo
Oscar A. Bottinelli
 

La colectividad blanca vive una situación extremadamente compleja, la más difícil de su casi bicentenaria historia, que se expresa en un debate interno centrado en la figura de su presidente Luis Alberto Lacalle, a raíz del magro resultado electoral de 1999 y en la aún más baja captación electoral que reflejan las encuestas posteriores a la culminación del ciclo electoral. Como ocurre siempre, los datos permiten lecturas diferentes y fundamentar las posiciones más opuestas. Una de las tendencias es realizar

 una relación causa-efecto lineal entre la candidatura única y el 22% obtenido en las elecciones nacionales de octubre, al que se contrapone el logro de un 28% (muy cerca de su caudal electoral de 1994) en las elecciones municipales del pasado 14 de mayo (de 2000). Esa comparación requiere de algunas precisiones. En primer lugar se toman en cuenta los votos válidos, sin verificar cuál es el total de votantes; lo importante para un análisis objetivo es cuantificar la convocatoria de un agente político en relación al total del universo, en este caso, al total del electorado real, entendido como el conjunto de habilitados para votar residentes en el país, cifra estimada en 2.205.000. Sobre el total del electorado real, el Partido Nacional obtuvo el 21,7% en octubre de 1999 y el 26,2% en mayo de 2000, lo que arroja un crecimiento del 4,5%, que es importante pero menor al aparente; además las tres cuartas partes de ese crecimiento (un 3,4%) se obtuvieron en seis departamentos donde las elecciones municipales operaron como una elección interna del nacionalismo: salvo algunos colorados y bastantes frenteamplistas de pura cepa, el resto del electorado optó por uno de los términos de la dicotomía blanca, como Chiruchi-Cerdeña en San José o Da Rosa-Chiesa en Tacuarembó. En los departamentos de competencia pura, el crecimiento del nacionalismo entre mayo de 2000 y octubre de 1999 fue del 1,1%, lo que no da precisamente para soltar campanas al vuelo.

Pero hoy, en lo que es una constante desde mediados del año pasado, el Partido Nacional se mueve en un nivel de captación de entre el 14% y el 16%, y si es baja su convocatoria a nivel global, lo es más entre los estudiantes y los nuevos votantes (apenas entre el 7% y el 8%). No sólo es complicado el panorama presente, sino poco alentador el futuro. Dentro del partido, en un panorama relativamente incambiado de los últimos nueve meses, de cada once individuos dispuestos a votarlo, cinco prefieren como candidato presidencial a Lacalle, dos a Larrañaga, uno a Ramírez y los otros tres se reparten entre los que no manifiestan ninguna preferencia específica y quienes se inclinan por un amplio abanico de nombres: (por orden alfabético) Abreu, Aguirre, Cat, Chiruchi, de Posadas, Gallinal, Arturo y Luis Alberto Heber, Pereyra, Pou de Lacalle, Ramos y Volonté. Las dificultades de captación no son, pues, de un único candidato principal, sino de todo un conjunto de figuras.

Esto se complementa con las señales que recibe la opinión pública. Todo el debate interno está centrado en la figura de Luis Alberto Lacalle, y aparecen dos posicionamientos: uno de parte de quienes ya constituyeron una alternativa en el ciclo electoral pasado, otro de parte de un conjunto importante de dirigentes que lo acompañaron recientemente.

Estos últimos divulgan un mensaje que en líneas generales puede traducirse como una exhortación a Lacalle a dar un paso atrás, o al costado, inclusive con la diferenciación entre la figura del líder y la del candidato presidencial, lo que implica que el proyecto apunta a que el Partido Nacional concurra a los comicios del año 2004 con lo que en ciencia política se denomina un candidato vicario. Los candidatos vicarios son válidos en circunstancias excepcionales, como la imposibilidad de los líderes de ser candidatos (Sanguinetti en 1989 y 1999 o Lacalle en 1994, por impedimentos constitucionales; Wilson Ferreira y Seregni en 1984 por proscripciones) o como comienzo de una transición generacional. Sin impedimentos formales, sin transición generacional, el vicariato es un sinónimo de abstención en la competencia real, una señal de debilidad externa del partido, y el pedido de paso al costado es una señal de debilidad interna, el mensaje que como a Lacalle no se le puede vencer, hay que convencerlo para que dé un paso al costado.

La otra postura tiene diferencias más antiguas con Lacalle y con el herrerismo, y alguna como la de Carlos Julio Pereyra, ya que su oposición al herrerismo es de toda la vida. Pero lo curioso es que la acción proselitista de la gran mayoría de los operadores de esta área se centra no en la validez de un proyecto propio sino en la necesidad de sustituir a Lacalle. Hay una regla general: cuando la acción de un gran abanico de actores tiene como objetivo central enfrentar a un solo agente político, todo el accionar gira en torno a lo que haga o deje de hacer este agente; de ahí en más es quién determina la estrategia y la táctica. Constituye además una señal de su fortaleza y genera el efecto de un mayor fortalecimiento. Si la dicotomía no es uno contra otro sino todos contra uno, ese uno proyecta una imagen de todopoderoso. En esto radica la gran debilidad del accionar de todos los adversarios de Lacalle, dentro y fuera del herrerismo. Es que cuando Wilson Ferreira comenzó a perfilarse hacia la Presidencia de la República, su discurso no fue sostener la pérdida de vigencia de Echegoyen, Alberto Heber ni Beltrán (por cuya lista ocupaba una banca senatorial), sino levantar su propia figura, su propio mensaje y una esperanza para un sector determinado de la vida nacional. Lo mismo hizo Lacalle, que no buscó su espacio en la crítica de Wilson Ferreira.

El Partido Nacional aparece ante la gente independiente con un perfil bajo, como una parte menor del conjunto político gobernante en el país. No es el socio de una sociedad de dos, de igual a igual, sino un apéndice de un gobierno. Tampoco presenta una opción ideológica fuerte y diferenciada, en momentos en que Batlle aparece como el referente del liberalismo económico, Vázquez como su antítesis socialista y Sanguinetti en una vía intermedia. Surge pues un problema de perfil político e ideológico. En un régimen de fuerte impronta presidencial y liderazgos omnipresentes, las convocatorias se resumen en figuras, en candidatos.

Los opositores a Lacalle tendrán un camino con posibilidades siempre que levanten una alternativa que convoque a segmentos importantes de la opinión pública por sus propias propuestas, por su perfil, no por la exclusiva crítica del adversario. Pero también el propio Lacalle, que cuenta con media masa partidaria detrás suyo, puede ser quien en un relanzamiento de su figura levante esos elementos convocantes. La disputa del Partido Nacional se resolverá en definitiva en favor de quien logre expresar ante la opinión partidaria y ante la opinión independiente un proyecto claro de país, de futuro, diferente al de los otros partidos, y si nadie logra convocar esperanzas, el futuro del Partido Nacional no aparece brillante.

Publicado en diario El Observador
abril 29  - 2001