La estrategia externa
Oscar A. Bottinelli
 

En los últimos 10 años Uruguay asumió el Mercosur como política de Estado y como proyecto nacional, contó desde el inicio con el apoyo de los cuatro partidos políticos, con la conformación de un sólido apoyo en la opinión pública y con el compromiso con dicho camino de parte de industriales, comer-ciantes, productores y trabajadores. El país entero asumió el Mercosur como proyecto integrado, económico y político; el futuro de Uruguay como parte del Mercosur pasó a ser un dato de la realidad que llevó, entre otras cosas, a la difusión de la enseñanza del portugués. De las pocas voces 

discrepantes con este destino manifiesto fue la de Jorge Batlle, quien bastante tempranamente marcó su vocación  por la pertenencia de Uruguay a un bloque liderado por Estados Unidos; en plena campaña hacia las elecciones preliminares de abril de 1999 lanzó formalmente la idea de recorrer el camino hacia el Nafta y, subsidiariamente, hacia el ALCA, pero un ingreso al ALCA de Uruguay como país individual, no como parte del Mercosur. En ese momento Sanguinetti venía de jugar la estrategia de una línea convergente de Uruguay con Brasil y un fuerte distanciamiento de Estados Unidos (atemperado en los últimos dos años de su mandato).

El cambio de presidente marcó un giro de 180 grados en la política exterior de Uruguay, el que se fue diseñando a través de sucesivas declaraciones presidenciales. Así surgió una política exterior presidencial de rasgos inequívocos, y pasó a ser el tema de gobierno llevado adelante con más ahínco y coherencia por el presidente Batlle. Los primeros signos estridentes del giro uruguayo aparecieron con la crítica diaria y dura del presidente de la República a los países europeos en general y a Francia en particular, seguida del elogio también cotidiano y fuerte hacia Estados Unidos. Un segundo aspecto consistió en la ruptura de la alianza tácita entre Brasil y Uruguay, que marcó el funcionamiento del Mercosur en los cinco años anteriores (alianza que tuvo mucho de relacionamiento personal entre Fernando Henrique Cardoso y Julio Sanguinetti). Tras esta ruptura, en el marco de continuas y persistentes trabas puestas por Brasil al ingreso de producto tras producto, desde el vértice gubernamental se impulsa una campaña de mercosurescepticismo (valga el neologismo como parangón del euroescepticismo dominante dos décadas atrás). En el momento oportuno Batlle relanza la idea de buscar directamente y en solitario la inserción en el Nafta, y como idea alternativa, la inserción en el ALCA, pero como país independiente, no como parte del bloque mercosuriano.

La postura de Batlle en principio no cuenta con otro apoyo político significativo que el suyo propio, el suyo como presidente de la República (que no es poco) y el de su sector político, aunque quizás pudiera con calma y negociación ampliar esas bases a toda la coalición de gobierno. La posición anterior del presidente Sanguinetti es tan conocida como distante de la de Batlle, una y otra pueden considerarse los extremos opuestos de las alternativas externas de Uruguay. En los últimos meses, en casi todos los temas, el ex presidente se llamó a silencio y dio línea a sus seguidores de terminar con las fricciones con el elenco presidencial y apuntalar el gobierno colorado. ¿Cuál es entonces la postura del ex presidente y líder de medio Partido Colorado afianzar el Mercosur, apoyar al presidente en el camino hacia el Nafta? Por otro lado, el ex presidente Lacalle hace mucho que marca su escepticismo con el Mercosur, al menos con los objetivos maximalistas del bloque regional y el disfuncionamiento de lo primario, del libre comercio, y ya va para tres años su planteo de una "pausa en el Mercosur", "de pausa y reflexión"; pero ahora tampoco comparte la propuesta presidencial de buscar negociar el ingreso directo al Nafta. Traduce una línea de prudencia, de situar a Uruguay a la espera de los acontecimientos. Puede ser que su discrepancia tenga que ver con razones de fondo, puede ser que tenga que ver con la actitud del presidente de no consultar a los socios de coalición. Lo que parece claro y puede mitigarle el no inicial es que en las opciones hacia un nuevo orden internacional, independientemente de matices y tiempos, Batlle y Lacalle coinciden en sus deseos de ver a Uruguay como parte del bloque mundial integrado o encabezado por Estados Unidos.

Tampoco la izquierda acompaña al presidente ni en el proyecto Nafta ni en el proyecto ALCA. Aunque el tema es más complejo. El Frente Amplio no da señales de tener una idea clara de cuál desea que fuere la inserción internacional de Uruguay. Más aún, parecen confusas las señales sobre su visión de los actuales ejes sobre los que gira la política internacional. El EP-FA aparece más ligado a planteos de tipo testimonial que a jugar posturas como partido a las puertas del gobierno. Es cierto que esto no es aplicable sólo a la política exterior y que por ahora es más redituable mantenerse en la fidelidad de los principios y las consignas que entrar en las limitaciones y contradicciones de la política práctica. Y en esa línea testimonial aparece su oposición a la inserción en todo bloque liderado o con preponderancia de Estados Unidos (como el Nafta o el ALCA)y también sus cuestionamientos a la Unión Europea, o más genéricamente a los países desarrollados. Con estos cuestionamientos, con participación en foros como el de San Pablo o el anti Davos de Porto Alegre, el Frente Amplio da señales claras de los principios y valores que sustenta, pero no da señales de cuál es su visión sobre el nuevo orden internacional y la inserción de Uruguay en el mundo. Por ahora lo más claro es su apoyo al Mercosur, aunque no la táctica a seguir dentro del Mercosur ni los pasos posteriores a ese Mercosur.

Como se ve, la política impulsada por el presidente Batlle dista de ser una política nacional, asumida por el país en su conjunto, ni una política de Estado, sostenida por todo el sistema político. Tampoco es una política de gobierno, como que no es compartida por el partido socio de la coalición. Y si se leen las declaraciones de unos y otros con detenimiento, tampoco es el mismo el espíritu del presidente y el del canciller. Opertti trasluce un cierto afecto por el Mercosur, Batlle destila un inequívoco desafecto. Se está, pues, en presencia de una política presidencial.

El tema es si un país pequeño en población y en producto, ubicado en uno de los confines del mundo, puede llevar adelante pasos de la gigantesca importancia de los planteados, con la sola voluntad presidencial, aunque se trate de un presidente porfiado, con convicciones profundas, dispuesto a batallar día y noche por lo que cree. La exigencia mínima de todo país o bloque que negocie con Uruguay es asegurar la continuidad de la política, sentir que hay un apoyo masivo de la opinión pública y de los actores políticos, que deje a salvo la estrategia de los vaivenes de la política interna. Entonces, o el presidente construye los consensos para que su proyecto devenga en política de Estado o usa toda su capacidad de seducción para lograr un formidable apoyo popular que arrastre al sistema político hacia sus posturas.

Publicado en diario El Observador
abril 15  - 2001