El espacio exterior
Oscar A. Bottinelli
 

Uruguay se encuentra en una encrucijada estratégica que puede afectar el futuro nacional por todo el siglo que se inicia: definir la inserción internacional del país, decisión que en buena parte va a ser producto de circunstancias ajenas, pero que en una parte pequeña pero significativa dependerá de la voluntad propia.

El mundo se encuentra en medio de dos procesos interactuantes. Por un lado la globalización y la necesidad de mayores espacios comerciales han generado en las últimas cinco décadas diversos

  movimientos, no todos exitosos, hacia la conformación de áreas de libre comercio, uniones aduaneras y bloques de integración económica. Por otro lado, el fin de la guerra fría supuso la caída de un orden internacional, el basado en la bipolaridad y la paz sostenida por el recíproco poder de destrucción planetaria. Como sucedió con el fin del Concierto de Europa primero o con la caída a cañonazos de la bipolaridad que dio origen a la primera guerra mundial, la terminación de un orden internacional da lugar a un proceso largo, complejo y desordenado, hasta que las piezas se reacomodan y surge un nuevo orden. En estos momentos la humanidad vive ese doble proceso de reelaboración de un orden internacional y de construcción de grandes espacios comerciales. A la larga, lo más probable es que ambos procesos resulten convergentes: independientemente de cómo surjan, si como proyectos económicos o como proyectos políticos, los bloques políticos y económicos tenderán a ser los mismos.

No todos ven este proceso como político, muchos (y es lo dominante en el caso uruguayo) discuten las diversas alternativas exclusivamente en términos comerciales, aduaneros y económicos. Sin embargo, detrás de la postura pro Nafta de Batlle, de la pro ALCA de Lacalle y de la pro Mercosur asociado a la Unión Europea que sostuvo hasta hace poco Sanguinetti, hay deseos de pertenencia a uno u otro bloque del futuro orden internacional; aunque no lo expresen explícitamente, aunque alguno ni siquiera lo perciba, las alternativas económicas y comerciales que desean para Uruguay son parte de un propósito esencialmente político.

En el caso de Brasil no hay duda que el proyecto político precede al proyecto económico: el Mercosur, o el Amercosur como algunos han denominado a la ampliación de la zona hacia los países andinos, supone la conformación de un gran bloque político liderado por Brasil, bloque que podrá llegar a ser autónomo o ser parte de un superbloque o con América del Norte o con Europa. También la concepción de la integración económica como un proyecto esencialmente político ha guiado la construcción europea desde los primeros pasos hace exactamente medio siglo, cuando nace la Comunidad Europea del Acero y el Carbón y se llega ahora a la Unión Europea, parcialmente a la moneda única y con el Tratado de Niza a la delegación explícita de soberanía. Y esa concepción política guía los pasos de la UE en sus tratativas con otros bloques del mundo.

El Mercosur nace con una formidable pretensión, la de recorrer el camino europeo al quíntuple de velocidad. Saltea la etapa de la zona de libre comercio para nacer como unión aduanera. A los cinco años presenta al mundo el símbolo del proyecto político con la inclusión de la palabra Mercosur en los pasaportes de los cuatro países. Y con siete años de edad se lanza a nivel presidencial la idea de una moneda única (hasta se menciona un nombre posible, el "gaucho"), lo que de suyo supone la convergencia de las macroeconomías. Y dio un paso más allá, al iniciar negociaciones para un superbloque Unión Europea-Mercosur. Esta concepción maximalista del Mercosur coincide plenamente con los designios brasileños, y de aquí surge sin duda la mayor debilidad de las propuestas de reducir el Mercosur exclusivamente a una zona de libre comercio, porque es muy probable que Brasil se desinterese de la conformación de un bloque carente de perspectivas políticas. En definitiva Brasil no gana mercado alguno en una zona de libre comercio con Uruguay y Paraguay, y lo que gana con Argentina le es rentable en tanto tenga sus contrapartidas. Ya hay señales inequívocas que con el debilitamiento del Mercosur los potenciales inversores en esta zona del mundo desvían su inversión hacia Brasil, al punto que fábricas ya instaladas en Argentina son desmontadas y trasladadas hacia aquel. El interés primordial de Itamaratí es la conformación de un gran bloque político, y esa es la única razón por la cual Uruguay ha tenido un protagonismo desmedido a su tamaño. En contrapartida, Brasil jugó mal su relación con los socios y no demostró capacidad para construir y liderar un bloque político; su gran error fue privilegiar ganancias o soluciones inmediatas a riesgo de mellar la credibilidad en el objetivo estratégico. Cuando devaluó el real y cuando pone múltiples y minúsculas trabas al ingreso de productos de los países socios, lo que devalúa es la credibilidad en el Mercosur como objetivo integrador, económico y político. En este camino se ha hecho muchas trampas al solitario.

En medio del proyecto Mercosur se cruza el proyecto del ALCA y en principio la postura del Mercosur, impulsada por Brasil y Uruguay (administración Sanguinetti) , con reticencia Argentina, se inclina por considerar que el ALCA debe ser una zona de libre comercio a la cual se incorpore el Mercosur como un bloque y no como cuatro países separados. La devaluación del real fue un golpe fuerte para los sueños mercosurianos y permitió que afloraran en la región diversas propuestas que, sin ser nuevas, encontraron allí eco para su difusión. Una: el poner un freno al Mercosur. Dos, el dar un paso atrás y transformarlo exclusivamente en una zona de libre comercio. Tres, el no preocuparse demasiado por el Mercosur y poner todas las expectativas en el ALCA o en el Nafta. A nivel uruguayo Lacalle fue un abanderado inicial de la pausa en el proceso integrador subregional y el entonces precandidato presidencial Batlle arremetió con el camino del Nafta y subsidiariamente del ALCA para llegar a éste no como parte del Mercosur sino por sí mismos, como Uruguay. Para Batlle el objetivo señalado tempranamente fue siempre lograr integrar una zona de libre comercio con Estados Unidos, ya fuere como integrante de un club privilegiado de cinco o seis miembros, ya fuere en su defecto como parte de esa macrozona desde Alaska a Tierra del Fuego. La postura del presidente se ha visto reforzada por una actitud de la Unión Europea que devaluó también las expectativas de rápidos avances.

A Uruguay pues, se le abre una primera gran alternativa entre apostar estratégicamente al Mercosur o apostar estratégicamente a Estados Unidos.

La situación deja abiertos entonces tres caminos para el Mercosur: el camino propio, la asociación con la Unión Europea, o la integración al ALCA. El segundo camino tiene dos opciones, elección que no será uruguaya sino producto de las circunstancias: el ingreso al Nafta o el ingreso individual, como país, al ALCA.

Desde el punto de vista comercial las alternativas no son todas excluyentes. Desde el punto de vista estratégico los caminos son alternativos.

Publicado en diario El Observador
abril 8  - 2001