El hombre y el Presidente
Oscar A. Bottinelli
 

Todo gobierno lleva el sello personal de su jefe, de su temperamento, estilos e ideas. Si ello siempre es así, resulta más acentuado cuando ese jefe es un hombre con una personalidad fuerte y compleja como Jorge Batlle. Por un lado es un político con educación de príncipe, término usual en política para definir a quien desde niño se le ve predestinado a gobernar a sus congéneres; consecuentemente recibe desde temprano intensa formación en las artes de la política y las ciencias del gobierno. De cuarta generación nacida en el país, su dinastía ya dio un presidente de la República en cada una de las generaciones anteriores y a los 39 años de edad estuvo a punto de cumplir el destino: un escaso 1% de los votos le arrebató el triunfo, vencido por una amplia coalición orquestada tras la figura señera del general Oscar Gestido, que abarcó

buena parte de los herederos de Tomás Berreta y Luis Alberto Brause, otra buena parte de los seguidores del diario El Día, y una nada despreciable conjunción de fuerzas desprendidas de la Lista 15 (senadores Glauco Segovia, Alba Roballo y Justino Carrere Sapriza, diputados Manuel Flores Mora y Guzmán Acosta y Lara); formidable alianza de fuerzas se necesitó para vencerlo. En los siguientes 33 años el camino fue cada vez más empedrado y empinado: una elección siguiente cuya candidatura tuvo como único sentido la defensa del espacio político quincista ante el auge de Jorge Pacheco Areco, luego el largo silencio del régimen de facto, su proscripción para los comicios de 1982 que de hecho lo obligó a marginarse en las presidenciales siguientes, el pírrico triunfo interno de 1989 y la subsiguiente derrota ante Lacalle, la magra votación de 1994 y la casi extinción de la 15. Se acercó a 1999 ya en la setentena, con una base electoral de apenas 100 mil votos, solitario senador con el respaldo de sólo dos diputados; se enfrentó al ahora o nunca. Y fue el ahora, el resurgir de las cenizas, el cumplimiento del destino inexorable. Entretanto, a fines de los años de 1980 vivió el cambio de liderazgo en el Batllismo Unido y su inicial marginación como candidato, hechos que sintió como una traición y graficó con la imagen del brazo arrancado. Así, 33 años de lucha en el desierto, viendo alejarse a seguidores y amigos, marcan a fuego a quien la padece.

El otro rasgo del Jorge Batlle educado como y para príncipe, es su faceta de transgresor, de desafiante, de políticamente parricida. Precisamente su renacer público se debe a las destrezas políticas aprendidas desde niño y desarrolladas a lo largo de más de medio siglo, combinadas con la figura de un setentón joven, que rompe con los moldes de la política, con la seriedad y distancia del poder. El hombre nacido y formado en el corazón del sistema, resurge como un líder antisistema, como un renovador de las formas de hacer política y como un fuerte cuestionador de un tipo de Estado y de economía construidos por su tío abuelo y reforzados por su padre. Quizás su transgresión, quizás esa larga travesía del desierto, o un poquito de cada cosa, expliquen su firme propósito de dejar fuera de camino a los otros máximos exponentes de la dirigencia tradicional, y en particular de su propio partido; al punto de comprometer algunas acciones de gobierno con tal de no desperdiciar oportunidad alguna en ese objetivo.

Pero la complejidad y contradicciones de la personalidad de Batlle no terminan aquí. A lo largo de tres décadas y media su pensamiento influyó de manera poderosa en todos los gobiernos constitucionales: con gran fuerza en el de Pacheco Areco y en el de Bordaberry (en sus comienzos; en su orientación económica), pero también en los dos de Sanguinetti y en el de Lacalle. Contribuyó intelectual y políticamente en todos ellos, con hombres suyos en el gabinete. Integró todas las selectas cúpulas donde se procesaron y tomaron las decisiones más trascendentes. Y sin embargo, jamás ocupó un cargo ejecutivo o de administración: toda su vida pública estuvo en el Parlamento, en la actividad partidaria o en los summit de gobierno; su estreno como ejecutivo público, como administrador, se da en esta Presidencia de la República. Hombre de pensamiento fuerte, con alta carga ideológica, contestatario del estatismo y asistencialismo que viene de largas décadas, asume recién en el 2000 la carga de traducir los ideales en planes, y los planes en realidades, en medidas, decretos, reglamentos, actos. El primer año de gobierno quizás revele la distancia que va del campo de las ideas al campo de la política posible.

Otra característica se relaciona con su forma de conducción. En el ejercicio de los liderazgos hay directores de orquesta, hay caudillos de multitudes y hay profetas. Jorge Batlle pertenece a esta categoría. Su estilo no es el del hombre acostumbrado a zurcir y bordar, a ser componedor de buenos oficios, a buscar el punto medio entre actores contrapuestos. Tampoco un caudillo de multitudes. Más bien un profeta, el hombre que tiene una concepción profunda de lo que cree debe hacerse, y la trasmite con la firmeza y dedicación del conversor de infieles. Es un estilo que poco condice con la conducción de una coalición. Por eso en este primer año ha tenido más éxito en la seducción de la izquierda que en el manejo de sus socios; ha sido más fluida la relación con la oposición que con los líderes de sus fuerzas asociadas, en particular con el Partido Nacional. Profeta pero con los pies en la tierra. La velocidad con que anuló el cambio de esquema tarifario de ANTEL y frenó la participación privada en ANCEL marcan la otra faceta, la del hombre de vieja formación política que no cae en trampas fáciles.

Si el primer año de gobierno fue el de exhibición de sus atributos, de sus virtudes y límites, el segundo año parece ser el de las concreciones, el de la exhibición de resultados, o al menos el de la presentación de planes concretos y objetivos mensurables. Y sobretodo cuáles son las reformas que está dispuesto a impulsar, por qué caminos, hacia qué metas, y cómo piensa sortear los obstáculos y trampas que le aparezcan por el camino.

Publicado en diario El Observador
marzo 4  - 2001