Las políticas de Estado
Oscar A. Bottinelli
 

Una sociedad liberal tiene como punto de partida el reconocimiento de la diversidad de los individuos, la existencia de cosmovisiones y valores diferentes; y como elemento esencial, la tolerancia con esa diversidad. En un sistema político poliárquico (lo que en una forma común y algo confusa se denomina democracia) el reconocimiento a la diversidad se expresa en el multipartidismo. En forma simple muchas veces la gente atribuye las divergencias políticas o a teoricismo alambicados o a menudos juegos de poder personal de los actores políticos, que en mayor o menor medida los hay. Pero los actores políticos están donde están porque representan porciones de la sociedad, conjuntos de hombres y mujeres que tienen valores comunes, visiones parecidas del acontecer presente, expectativas similares sobre el futuro.

Cada porción de la sociedad con mucha frecuencia tiende a creer en la obviedad de sus 

creencias. Para un estatista a rajatabla solamente desde una perspectiva egoísta o inmoral se puede cuestionar que el Estado vuelque recursos fiscales para sostener empresas fundidas e inviables, porque ¿cómo puede objetarse que el Estado defienda fuentes de trabajo? Y para un liberal fundamentalista el que los productores lecheros se fundan es una consecuencia necesaria de su ineficiencia. Y en medio hay una gama de posiciones con tantos matices como capacidad clasificatoria tenga el observador. Decir que la razón la tiene uno, o el otro, o el de más allá, no es normalmente una conclusión fuera de toda duda; es exclusivamente una toma de partido por una visión del mundo, del hombre y de la sociedad.

Las frases anteriores pueden considerarse de una obviedad perogrullesca, y lo son. Verdades tan obvias como reiteradamente olvidadas. Cuando partidos y dirigentes políticos discrepan hay por supuesto cálculos políticos (normalmente muchos menos de lo que la gente cree y de lo que un buen ejercicio de la profesión política requiere), porque en definitiva la política es un juego de poder, con sus reglas, estrategias y tácticas. Hay también filias y fobias que nada tienen que ver con ideas o principios, sino con eso incontrolable que todos los humanos tenemos más abajo del plano consciente. Pero por encima de todo cuando esos actores discrepan es porque representan las diferencias de la propia sociedad. Más aún, los dirigentes están más cerca entre sí y presentan entre ellos menos discrepancias que las que tienen sus propios representados. El disenso no es una patología de un sistema ni de una sociedad abiertos, sino la norma. Por eso los países logran consensos fuertes entre los ciudadanos y coaliciones fuertes en los gobiernos en momentos extraordinarios, como afrontar una guerra o salir de una dictadura.

Construir políticas de Estado no es por tanto tan fácil. Es muy difícil obtener la media matemática entre quien pretende un monopolio estatal y quien prefiere competencia exclusivamente entre capitales privados. Tan complicado como aquel juez salomónico que resolvió la tenencia del menor adjudicando la cabeza y los brazos al padre, y las piernas y el tronco a la madre. Pero muchas veces son tan difíciles como necesarias. La necesidad aparece normalmente en materia de política internacional, de comercio exterior, de captación de recursos en el exterior, y esa exigencia es mayor cuando se trata de países pequeños y lejanos; porque las políticas de Estado ponen a los países a resguardo de oscilaciones fuertes con cada cambio de gobierno y emiten hacia fuera señales de predecibilidad y seriedad. Hacia adentro la necesidad de las políticas de Estado surgen cuando se requieren amplios niveles de apoyo para la adopción de las decisiones, o exigen instrumentación a largo plazo y por tanto a través de varios gobiernos, o cuando las fuerzas de un gobierno no son suficientes por la capacidad de bloqueo de la oposición. Capacidad de bloqueo que puede ser porque la democracia representativa convive con institutos de democracia directa, o porque el potencial bloqueador juega con elementos fácticos importantes, como el dominio de un poderoso movimiento sindical, o de los medios de comunicación más masivos, o con palancas estratégicas del poder económico.

Un poco de todo esto hay en Uruguay en el surgimiento de la idea de articular políticas de Estado. Muchas de las reformas a la estructura estatal y a la economía requieren de su continuidad; los inversores necesitan tener seguridad de no tener a la vista cambios negativos en las reglas de juego; y además en lo inmediato un proceso de reformas requiere eludir el caer en trampas de bloqueo inmediato, como la pérdida por el gobierno de un referendo. Incursionar en políticas de Estado, para gobierno y oposición, supone para cada una de las partes una opción estratégica: el entendimiento por encima de la confrontación. Y el eludir la confrontación puede tener para unos o para otros, y a veces para ambos, costos significativos. Para el presidente Batlle este camino significa acordar bases comunes de negociación con Sanguinetti y Lacalle, partidarios ambos, y particularmente el primero, de la confrontación con la izquierda. Para Tabaré Vázquez también supone complicaciones, al estar sentado sobre un entramado de corrientes con sensaciones opuestas sobre el relacionamiento del Frente Amplio con el resto del sistema político.

Por todo ello caminar hacia políticas de Estado es un arte de prestidigitador. Para cada una de las partes es vital dar al país globalmente considerado señales de tolerancia y entendimiento por un lado, pero a su propia gente señales de firmeza, de que no habrá renunciamientos. Vázquez debe dar tranquilidad que no aceptará soluciones del "enemigo neoliberal" y Batlle tendrá que otorgar no menos seguridades que no verá frenado el camino por "el inmovilismo de izquierda". Pero cada uno debe darle al otro señales creíbles de que camina con seriedad hacia un entendimiento, y además cada uno va a desconfiar que el otro sólo intenta enviar mensajes de tolerancia hacia el público, sin verdadera intención acuerdista. Pero la prestidigitación mayor va a estar en el campo de las soluciones, en particular para el presidente Batlle, que es quien está más necesitado de evitar bloqueos: como acentuar una política de desestatización, desmonopolización, desregulación y apertura, y a la vez conciliar con el Encuentro Progresista-Frente Amplio. Porque todo indica que las dirigencias frenteamplistas cuentan cada vez con menor espacio para mantener o revivir una línea de empatía con Batlle sin obtener a cambio cosas tangibles para exhibir a sus representados. Y el presidente por su parte, tras un año centrado en capear el temporal financiero y con poco énfasis en los programas de reforma, tiene también que dar a sus representados señales concluyentes que la línea de tolerancia no es a cambio de diluir el programa, pero que a la vez evita los bloqueos.

Pueden pasar muchas cosas, lo único seguro es que será una interesante experiencia política.

Publicado en diario El Observador
febrero 25  - 2001