Treinta años no es nada
Oscar A. Bottinelli
 

Mañana se conmemora la fundación del Frente Amplio, ocurrida formalmente hace 30 años en el Palacio Legislativo en la mañana del 5 de febrero, como primer gran desafío al bipartidismo que caracterizó la vida política del Uruguay. Mucho ha pasado en el país y el mundo en ese tiempo. El Frente Amplio tiene mucho para festejar. En primer lugar el existir, porque a lo largo de toda su trayectoria ha estado amenazada y cuestionada desde adentro su propia existencia. En segundo lugar, porque la historia nacional no registra antecedentes de un 
crecimiento electoral de tal potencia: 18% en 1971, 21% en 1984, 21% en 1989, 30% en 1994, 40% en octubre de 1999 y 45% en el balotaje presidencial (la candidatura de Tabaré Vázquez); en el incómodo escenario de las municipales de mayo de 2000 retrocede apenas en un punto. De elección nacional a elección nacional nunca retrocedió.

De estas tres décadas caben diferenciar tres grandes períodos: uno inicial, de apenas dos años y medio, centrado en la campaña electoral primero y luego en la acción parlamentaria y movilizatoria contra la aplicación por el gobierno de diversos tipos de estados y medidas de excepción; un segundo período de casi 11 años oscilante entre la vida subterránea, la persistencia en el exterior y la vida latente; y una tercera etapa, la actual, en que vive 16 años y medio en un accionar político que se puede calificar de normal. Es una historia bastante complicada.

Pero además debió enfrentar múltiples desafíos internos, de los que en este análisis se valoran tres. El primero tiene que ver con la contradicción que abarcó buena parte de su historia entre la conformación de una alianza de grupos políticos o la estructuración de un partido político, dicotomía conocida como coalición o movimiento. Surgido de una federación de partidos y sectores políticos, diseñado como fruto del acuerdo entre el sector colorado de la lista 99 (Michelini, Batalla), el sector blanco de Rodríguez Camusso, el Partido Demócrata Cristiano y la 1001 (Fidel, Partido Comunista), rápidamente pasó a tener una estructura más propia de un partido político, con autoridades comunes, mandato imperativo, comités de base, bandera, logotipo y a poco de andar, una identidad frenteamplista. Cuanto más fue creciendo esa identidad, más se aferraron los sectores políticos al carácter federativo, hasta que sociológicamente devino en lo que es hoy, un partido político, caracterizado por una masa que se identifica con el frenteamplismo y sigue en forma directa e inmediata, sin intermediación, a un líder central. Un partido político de carácter complejo, compuesto de sectores que presentan cosmovisiones diferentes y hasta incompatibles. Pero lo sustancial es que el grueso del electorado no opta primariamente por los sectores, sino por el conjunto y en particular siguen a su líder; luego, como segunda opción, eligen a un sector. Este tipo de comportamiento político le quita la calidad federativa.

Un segundo desafío tuvo que ver con el papel protagónico del Partido Comunista hasta principios de 1992. Por un lado este partido, por la extensión y fuerza de su militancia fue fundamental para la estructuración y el funcionamiento del Frente Amplio; por otro lado, ese peso formidable generó resquemores en sectores de menor militancia y estructuración o en grupos políticos con fuerte opinión pública y poca militancia; unos y otros vieron el peso comunista como una limitante al pluralismo. La tensión entre la necesidad del apoyo militante de la estructura comunista y las rispideces generadas por ese mismo apoyo fue una de las contradicciones permanentes. Un tercer desafío lo constituyó la peculiar relación con el Movimiento de Liberación Nacional, el que como tal no integró el Frente Amplio hasta 1989 y desarrolló un accionar estratégico y táctico independiente y muchas veces opuesto y contradictorio al Frente, pero, en cambio, muchos de sus militantes y simpatizantes sí militaron en los comités de base y en sectores frenteamplistas; sin integrar el FA, el MLN tuvo entre 1971 y 1973, y nuevamente entre 1985 y 1989, fuerte influencia en las bases y en algunos sectores frenteamplistas.

Pero el mayor de todos los problemas fue el recurrente cuestionamiento desde adentro a su propia existencia. A poco de producido el golpe de Estado debió enfrentar por un lado el retiro del PDC (de diciembre de 1973 hasta de hecho diciembre de 1983; retiro mitigado por el mantenimiento de una fuerte relación con el general Seregni) y, por otro, el apartamiento de sectores radicales, como los seguidores del senador Enrique Erro. Las etapas primarias de la salida institucional también le plantearon la encrucijada de luchar por un camino propio o apoyar a sectores dentro de los partidos tradicionales; el debate fue muy intenso y el camino propio, expresado en el voto en blanco en las elecciones llamadas internas de 1982, obtuvo el magro apoyo del 6% del electorado nacional, mayoritariamente en el departamento de Montevideo. Hasta esas elecciones de 1982, los partidos tradicionales hicieron un fuerte esfuerzo por cerrar el camino a la reaparición del Frente Amplio como tal y más bien tendieron a favorecer la reaparición separada de sus sectores componentes. La prédica de Correo de los Viernes, Opinar y La Democracia apuntó a rechazar la existencia de "una izquierda" y proclamar la existencia "de tres o cuatro izquierdas". Como dato ilustrativo, el Frente Amplio no fue invitado a la reunión de los partidos políticos con el rey de España, en 1983, a donde concurrieron los partidos Colorado, Nacional, Unión Cívica, Socialista y Demócrata Cristiano.

Un año después el Frente Amplio pasó a ser un actor central en la vida del país. Pero no terminaron sus tribulaciones existenciales. Ya que apenas transcurridas las elecciones, se inició un largo proceso de creciente rispidez que desembocó en que la lista 99, y por segunda vez el PDC, abandonaran el Frente para constituir en las elecciones siguientes el primer Nuevo Espacio. Y al despuntar los 90 vino el último desafío a su existencia: el Encuentro Progresista, que en varios momentos amenazó con constituirse en una etapa histórica posterior al Frente Amplio. El propio Tabaré Vázquez utilizó la Presidencia del Encuentro como un punto de apoyo contra el poder de Líber Seregni en el Frente Amplio. La convergencia de presidencias y liderazgos, la fuerte convocatoria del frenteamplismo y el bajo apoyo electoral obtenido por los sectores no frentistas del Encuentro Progresista, aventaron los riesgos a la existencia del FA. O esta existencia ha quedado asegurada con ese galimatías de Encuentro Progresista-Frente Amplio, denominación política que unos simplifican como Encuentro Progresista, otros como Frente Amplio, pero cuyo gentilicio es para todos el de frenteamplistas.

A ello hay que agregar un cambio de liderazgo y de estilo. Y un cambio fuerte de geografía interna. Los grupos precursores o han desaparecido o se han reducido a una sombra del pasado. Aquel Partido Socialista de 1971 en zozobra, sin representación parlamentaria, es hoy la fuerza política más poderosa de la izquierda, que por sí sola cuenta con más senadores y diputados que todos los que firmaron la constitución del Frente Amplio en 1971. El pequeño grupo militante de los GAU es parte sustancial de la estructura de la Vertiente Artiguista. El grupo guerrillero MLN constituye la tercera representación parlamentaria del FA.

Publicado en diario El Observador
febrero 4  - 2001