La encrucijada blanca
Oscar A. Bottinelli
 

El Partido Nacional cierra el siglo en el peor momento, tras haber obtenido el tercer lugar en tres elecciones consecutivas a lo largo de un año y reiterar ese claro tercer lugar en la presente intención de voto. Se encuentra en la encrucijada de realizar un minucioso estudio de situación y perspectivas. El análisis supone buscar las causas puntuales que generaron los resultados electorales de 1999-2000, pero también tener presente que el Partido Nacional ha caído sistemática y linealmente desde 1971 a la fecha: 40% en el '71, 35% en el '84, 30% en el '94, 23% en el '99 (porcentajes sobre votos válidos). Visto desde hoy, el resultado de 1989 (39% y primer lugar) aparece como un fenómeno excepcional, como una anomalía que no quiebra la tendencia. Este proceso de caída se ha operado bajo los liderazgos y candidaturas de Wilson Ferreira, Lacalle, Pereyra, Ramírez, Volonté y Zumarán, vale decir, que  hay una tendencia que va más allá de cualquier liderazgo en particular. Y además cabe no olvidar que hay causas comunes al declive conjunto de ambos partidos tradicionales, que en tres décadas y media vieron reducir su participación del 90% al actual 55%; la pendiente es de ambos partidos, pero más acentuada en el Nacional que en el Colorado. El Partido Nacional debe pues estudiar tres cosas: las causas puntuales del ciclo 1999-2000, las causas de su propio declive constante a lo largo de treinta años y las causas más generales que afectan al sistema de partidos tradicional.

Los problemas actuales son de dos tipos: de formato político ( es decir, de liderazgos y de conformación y articulación de fracciones) y de convocatoria. Que es declinante. Un dato: de cada diez nuevos votantes el Frente Amplio capta entre cinco y seis, el Partido Colorado entre tres y cuatro y el Partido Nacional uno o menos. Segundo dato: en general la cantidad de votantes de un partido es mayor que el número de personas que sienten una pertenencia al mismo; hay más votantes del Frente Amplio que personas que asumen como identidad el "ser frenteamplista", hay más votantes del Partido Colorado que "colorados"; al Partido Nacional le ocurre al revés: el 17% de la población se identifica como blanca y sólo el 16% se inclina a votarlo hoy. Hay al menos veinte mil blancos que no sienten automáticamente que el ser y el votar sea la misma cosa.

Entonces, encarar el problema de la convocatoria es esencial. La convocatoria tiene que ver con encontrar los liderazgos adecuados o la conformación de sectores apropiadas; pero no basta, tiene que ver y mucho con el mensaje político. Que no es un programa articulado con medidas concretas para todos y cada uno de los sectores nacionales; no es un plan de gobierno. El mensaje es la trasmisión de un conjunto de ideas fundamentales y de una visión global sobre la sociedad y el país.

El balotaje produjo un cambio fuerte en la cabeza de la gente: se derrumbó el muro de separación entre lo blanco y lo colorado, y por añadidura generó un bipolarismo en el país, donde el conjunto de partidos tradicionales conforma un bloque y el Encuentro Progresista-Frente Amplio constituye por sí solo el otro bloque (ampliable posiblemente mediante una alianza con Michelini). En términos gruesos cada bloque representa medio país. Por comodidad de trabajo llamémosle a uno "bloque tradicional" y al otro "bloque de izquierda". En la geografía presente, la colectividad blanca queda como la fracción menor del bloque tradicional. Se desdibuja.

Un partido sólo crece mediante la captación de lo que no le es propio. Que es en primer término el ciudadano medio, el dubitativo, que en definitiva es el que decide la elección. Ese ciudadano dubitativo se guía por macroseñales y macropropuestas. Y en un escenario polarizado las señales más gruesas son obviamente dos: una tradicional y una de izquierda; y hoy por hoy la señal tradicional más fuerte la emite el gobierno y, consecuentemente, el Partido Colorado.

Entonces, el primer problema del Partido Nacional es un problema de geografía política, el tener un espacio propio. Dicho de otra manera, responder a la pregunta ¿en qué se diferencia el Partido Nacional del Partido Colorado? Ello supone dos caminos: mantener el bipolarismo del país pero con un mayor equilibrio entre ambos partidos del bloque tradicional, o romper el bipolarismo y tratar de imponer la visión de un juego de a tres. Mantener el bipolarismo y reequilibrar a los partidos presenta serias dificultades en un gobierno solo colorado, donde el Partido Colorado emerge como el titular único de la conducción gubernativa y el Partido Nacional aparece como un partido asociado. Las negociaciones dentro de la coalición parecen más negociaciones entre el gobierno y un aliado externo, que entre dos miembros de un mismo gobierno. Este esquema diluye el perfil nacionalista. Contra lo aparente, sería más nítido su perfil y su papel en un real cogobierno, siempre y cuando jugase como tal, como dos partidos que dirigen en común y en pie de igualdad. El cogobierno pudo ser posible al comenzar esta administración; ahora es imposible.

Un juego de a tres puede darse de dos maneras. Una es como un esquema verdaderamente triangular, en que cada una de las partes se sitúa más o menos equidistante de las otras dos (que no quiere decir equidistancia total, puede haber mayores afinidades con uno que con otro, pero debe haber puntos de contacto con todos). Más o menos fue el juego que se dio durante el liderazgo de Wilson Ferreira Aldunate, en parte quizás por voluntad del propio líder, en parte también porque el esquema político era diferente, con dos partidos tradicionales fuertes, más o menos equilibrados entre sí, y un Frente Amplio de menor, con una dimensión de la mitad de cada partido tradicional. La otra variante del juego de a tres es cuando un partido se sitúa en el centro y los otros dos en las puntas, el partido del centro se constituye en el eje del sistema y es el único habilitado para negociar con todos. Más o menos así jugó Jorge Batlle los primeros cien días de su administración.

Mantener la bipolaridad y buscar un espacio propio para el Partido Nacional parece difícil. Los juegos de a tres, cualquiera de los dos, aparecen como más factibles. Y cuál de ellos dependerá mucho de la ubicación ideológica que adopte. Pero cualquiera de esos caminos supone un mayor alejamiento del gobierno. Con o sin participación en el gabinete, lleva a jugar más el esquema de la gobernabilidad que el de la coalición.

Pero antes de definir el camino es necesario articular una propuesta común a todo el partido. Una propuesta real y no meramente un consenso manuscrito sobre generalidades. Implica la construcción de una visión de país común a todo el partido. Lo que hoy parece muy difícil. Cabe la posibilidad del viejo esquema de dos grandes alas con visiones distintas; la duda es si un partido logra espacio propio sin un mensaje contundente y unívoco.

Publicado en diario El Observador
diciembre 10  - 2000