Las monedas de los barones
Oscar A. Bottinelli 

Un gobierno proyecta su imagen, el mensaje de sus propósitos y objetivos y en buena medida define el camino y compromete sus logros en el primer año de gobierno, semanas más, semanas menos. Hay un primer conjunto de señales en los tres primeros meses, o para usar esa medida tan generalizada y cabalística, en los cien primeros días, y un segundo conjunto de señales en lo que resta del año calendario, donde el hito principal es el presupuesto.

Sin duda la primera señal significativa apunta al grado de continuidad y de cambio en relación al gobierno anterior. Curiosamente los dos últimos cambios de gobierno han dado señales casi opuestas y en el sentido político esperado. Cuando en hace cinco años se produce un cambio de partido en la titularidad del Poder Ejecutivo, el conjunto de mensajes y signos apuntó a la continuidad del macro modelo y el abordaje de lo que se consideró entonces el problema más difícil y peligroso: la reforma de la seguridad social. Este año se produjo la reelección del partido titular de la Presidencia de la República; y si bien alternó el sector mayoritario, ambos líderes y ambas fracciones coloradas encontraron un punto de encuentro pleno en la valorización del gobierno anterior: la conducción económica y en particular el desempeño del ministro de Economía Luis Mosca, quien según ambos dirigentes y grupos "hizo bien los deberes" y protegió al Uruguay de los efectos de la devaluación brasileña. Tan es así, que tanto en la competencia Foro-15 hacia las elecciones preliminares de abril de 1999, como luego ya unificados hacia la lucha interpartidaria de las elecciones nacionales del siguiente octubre, en ambos tramos, el Partido Colorado exhibió coherencia en pregonar el fin de una primera etapa de reformas económicas, apertura de la economía, derrota de la inflación y baja del déficit fiscal. Quizás la diferencia entre ambas corrientes se expresó en el énfasis mayor sobre la segunda etapa de reformas: para la 15 más bien predominaba lo que se ha denominado la segunda generación de reformas, la profundización de la reforma del Estado y apertura de la economía; el Foro privilegió el tiempo social, la hora de las políticas sociales que corrigiesen efectos negativos del tiempo económico.

Entre lo esperado y lo ocurrido medió un abismo. El cambio de un gobierno a otro fue mucho más profundo que el habido cinco años atrás, y parece más bien que operó un cambio de un partido a otro. No se sabe mucho cuanto hay de continuidad y cuanto de cambio en lo sustancial. Sin duda este gobierno ha operado algunos cambios significativos, como el tema de los desaparecidos, la tolerancia y diálogo con la izquierda y la Universidad, algunos anuncios parciales y medidas sueltas que suponen un combate a las corruptelas y a las políticas clientelísticas, y el declarado propósito de enfrentar el contrabando y la evasión fiscal organizada. Pero los ajustes fiscales del primer trimestre y del presupuesto, uno por vía de contención del gasto y otro por medio de incrementos impositivos, son señales muy diferentes a las dadas en tiempo electoral: no parece que Mosca haya hecho bien los deberes, ni que el país hubiese quedado protegido de los efectos de la devaluación brasilera. No es el tiempo de las políticas sociales, seguramente por falta de recursos, lo que significa que también abunda en el argumento que el tiempo económico no se terminó. Y tampoco apareció un plan coherente de reformas de segunda generación.

Pero las señales más confusas del gobierno aparecen en relación al presupuesto. La técnica de negociación ha sido harto desprolija. Hubo una negociación en el ámbito partidario previo al mensaje complementario, que todo indica que fue parcial, poco exhaustiva. Luego una segunda etapa de negociación en la Cámara de Representantes, consecuencia de lo desafinado de la anterior, que tampoco supuso una única, sino múltiples negociaciones parciales, algunas extremadamente pequeñas, cuyo resultado final fue creaciones de cargos por un lado, aumentos de partidas por otro, como corolario obvio los incrementos de gastos en relación al mensaje inicial y como contrapartida aumentos impositivos. Pero fue una negociación que no se consideró ni global ni final. Y abrió las puertas a una tercera negociación a nivel de la Cámara de Senadores, cuya desprolijidad quedó reflejada en el Mensaje Complementario, en tres aspectos: lo extenso y confuso del mismo, el hecho de haberse creído desde las jerarquías ministeriales que reflejaba un acuerdo político que no reflejó, y luego este insólito epílogo de las "Fe de Erratas" que aparte de su dudosa constitucionalidad supone la señal de una conducción económica que actúa de manera apresurada y poco esmerada. Y el tema del Mensaje Complementario agrega otro episodio: los ministros lo aprueban para luego afirmar que no conocían lo aprobado, y mucho de ellos agregan que tampoco están de acuerdo. Todo ello es un conjunto de signos confusos que el gobierno envía al país y que son a la corta o a la larga erosionantes de su credibilidad. La pérdida de expectativa por manejos desprolijos es independiente del acuerdo o desacuerdo con las líneas de fondo, con lo que se quiere o no se quiere hacer. Es un tema diferente.

Ante el riesgo de un bloqueo parlamentario al presupuesto, riesgo que surgió luego de la conversación Lacalle-Vázquez, surgieron desde el oficialismo señales en cuanto a que poco importaba a la política gubernamental que continuase el presupuesto anterior. Esta apreciación también resultó muy apresurada, porque significó medir el tema desde el ángulo económico y no desde el político. Desde lo económico un gobierno puede considerar que no debe hacer ningún ajuste presupuestal e inclusive no abrir la puerta a que se discuta nada en relación a ingresos y egresos. Eso ocurrió en los cuatro años anteriores con acuerdo de todo el Partido Colorado (Sanguinetti y Batlle) y de todo el Partido Nacional (Lacalle, Volonté, Ramos y Ramírez) que cuatro veces consecutivas votaron las llamadas Rendición de Cuentas Cero. Este gobierno pudo optar por un Presupuesto Cero. Y es una señal clara y fuerte a la opinión pública nacional y al mundo, de un gobierno claro y firme. Pero un Presupuesto Cero como producto de un gobierno derrotado en el Parlamento es una señal de extrema debilidad hacia la opinión, más importante aún hacia los agentes económicos y más todavía hacia el exterior. Por ello nunca debió considerarse con tanta prisa el tanto da si hay o no Presupuesto.

Los costos políticos es algo que un gobierno siempre debe considerar, mucho más cuando esos costos no son productos de políticas necesarias pero impopulares, costos que Jorge Batlle nunca rehusó y por ello lo alejó de la primera magistratura muchos años. Los costos que no se justifican son los que resultan de errores formales, de procedimientos equivocados, de vacilaciones e impericias.

Publicado en diario El Observador
noviembre 26  - 2000