Los tiempos se acortan
Oscar A. Bottinelli
 

Jorge Batlle ganó las elecciones con el mayor apoyo electoral individual de la historia nacional, en términos no sólo absolutos sino relativos. No importa que ello haya sido debido a una canalización de los electores hacia un juego binario cuyo resultado ineludible es que uno de los dos anda cerca o supera la mayoría absoluta de los electores, porque lo que el sistema logró es que a la postre, en la tercera instancia, la mayoría de los votantes otorgan su voto, su confianza, en forma directa y personal a quien resulta elegido presidente; y eso se traduce en una relación directa de apoyo y de expectativa entre elector y elegido. Pero además apenas presidente electo se dedicó a la tarea de seducir a la gente común y a los primeros actores, con singular éxito, lo que le valió un colchón de expectativas sin precedentes cercanos.

Su poder de seducción se demuestra en dos hechos de estos días: A mediados de semana Tabaré Vázquez salió en defensa del presidente: es un hombre que impulsa los cambios (y por el contexto de sus palabras parece que cambios en una dirección que complace al líder frenteamplista), pero esos cambios no los logra llevar a cabo porque lo frenan Sanguinetti y Lacalle. El segundo hecho está relacionado con el rector Guarga, cuya reacción en relación al presupuesto ha sido la de no confrontar con el gobierno, sino más bien la de una actitud peticionante, la de intentar convencer a Batlle y a Bensión de los méritos de dar algún millón más a la Universidad estatal; no la de plantear al Senado: el gobierno se equivoca, tienen ahí el mensaje de la Universidad, úsenlo y dénnos el dinero.

Pero en los casi nueve meses de gobierno, esa expectativa y confianza siguen siendo relativamente altas, pero comienzan a declinar. Los juicios positivos que se sitúan en el 42% cayeron quince puntos porcentuales y los juicios negativos crecieron desde el 15% hasta el actual 28%. Si la tendencia continúa, si sigue desgranándose la pérdida de aprobaciones y la ganancia de desaprobaciones, le queda más o menos un año para explotar la bonanza de popularidad. Siempre y cuando el tiempo no se acorte por precipitación de hechos sociales o económicos. Y siempre también que no logre sacar más conejos de la galera, en lo que ha demostrado ser un formidable experto.

Si no hay más conejos en la galera, y se van apagando las invocaciones a la devaluación de Brasil (de hace dos años), los desaparecidos, las bellaquerías de Francia y la Unión Europea, la maldad de Brasil, la aftosa y el contrabando, el gobierno puede encontrarse con haber agotado el tiempo de las expectativas y los consensos. En general se sostiene (tesis que este presidente parece no compartir) que un gobierno se juega en los primeros cien días, y como mucho en el primer año. Ya el presupuesto va a salir con la posibilidad de votos a regañadientes o pérdida de votos de la coalición de gobierno: no hay 18 senadores firmes ni 55 diputados, sino por ahora alrededor de 16 ó 17 en un caso y 51 en otro.  En otras palabras, mientras hay todavía un colchón de apoyatura en la opinión pública, los elencos políticos, los opositores, la cúspide académica y los agentes económicos, es necesario avanzar en los instrumentos para tratar de alcanzar los objetivos centrales de la gestión de gobierno, sobre todo en los instrumentos legislativos o que requieren alguna apoyatura parlamentaria. Después es más difícil, mucho más si se tiene en cuenta que ahora el tiempo útil de gobierno se termina dentro de tres años, en la primavera del 2003.

Un sector importante del país no creyó en este gobierno ni en este modelo y tiene un ángulo de críticas a la gestión que nada tiene que ver con el uso de los tiempos ni la eficacia de la gestión. Pero otro conjunto, mayoritario, sí tuvo confianza en este gobierno y en el modelo llevado adelante en los últimos diez años.

Para este último conjunto, sobre lo aprovechado en estos nueve meses hay dos visiones. Unos sostienen que con pequeños pasos, dispares y en áreas distintas, se va configurando una fuerte reforma, cuyos frutos se van a ver a poco de andar. Otros en cambio entienden que el gobierno ha perdido un tiempo fundamental para profundizar la reforma del Estado e iniciar las reformas de segunda generación, muchas de las cuales no han sido siquiera planteadas y otras como la reforma laboral cuentan con la oposición del presidente. Y de este lado de las opiniones aparecen preocupaciones crecientes con lo acaecido en torno al presupuesto y al manejo de las finanzas públicas. En particular se señala: a) que no ha habido una contención real del gasto, entendida como reducción del gasto con cumplimiento de los servicios, sino que lo que ha habido es un Estado que deja de hacer cosas; o inclusive hay quien sostiene que es más lo que se dejó de hacer que lo que se dejó de gastar, lo que en buen romance quiere decir que en términos de lo producido el Estado es más caro (si una empresa reduce sus costos un 15% y sus servicios un 30%, por unidad de servicio encareció sus costos). b) que en contra de lo pregonado, se hace un tercer ajuste fiscal con incremento de impuestos. c) que los aumentos impositivos no son producto de una política prediseñada sino medidas tomadas de a una y en desorden, sin demasiado cálculo sobre sus rendimientos e impactos (el ministro Bensión declaró el viernes que no sabe bien si van a rendir lo pronosticado). d) que puede perderse el control de la inflación por vía de impuestos que impacten sobre los precios. Para este sector de pensamiento también aparece la necesidad que el gobierno formule con más claridad qué piensa hacer y qué piensa lograr en los meses y años venideros. Y como corolario, independientemente de compartir o no las medidas, aparece un manejo sumamente desprolijo desde el Ministerio de Economía en cuanto a anuncios, explicaciones y generación de expectativas.

Publicado en diario El Observador
noviembre 19  - 2000