El (des) interés en la política
Oscar A. Bottinelli 

A la mitad de los uruguayos la política le interesa poco o nada cuando apenas acaba de finalizar un largo ciclo electoral que supuso cuatro campañas electorales y otros tantos actos electorales; como contrapartida, a la otra mitad la cosa pública le atrae mucho, bastante o más o menos. Pero además se vive ahora el momento más bajo de atracción por lo político, al menos de la última década, con una tendencia a la acentuación del fenómeno. Estos son los datos de la Encuesta Nacional Factum publicada aquí el domingo pasado.

Otro dato es que del electorado real, entendido por tal los habilitados para votar residentes en el país, hace un año y medio sufragó el 60%, en la única oportunidad habida desde 1966 de elecciones plenamente competitivas con concurrencia voluntaria. Y en mayo de este año, pese a la obligatoriedad del voto y las sanciones correspondientes, asistió a las urnas un 85% de ese electorado real. En otras palabras, en abril de 1999 se quedó en la casa el 40% y un año después, con amenazas de sanciones mediante, lo hizo otro 15%, que no es poca cosa.

Para empezar un tema que no es el objeto central de este análisis. En una elección a tres vueltas, en la primera y fundamental, como que produjo la preselección de los candidatos, dejó tan sólo tres en carrera de los lemas con posibilidades reales y eliminó a nueve de esos mismos lemas, en esa fuerte eliminatoria inicial la decisión estuvo en manos del sector más activo e interesado en la política, ese 60%, y en las dos instancias posteriores se sumó coercitivamente al restante 40%. Parece una fenomenal incongruencia que de tres vueltas la primera tenga reglas de juego diferentes a las otras dos. Que se le haya puesto el mote de "elecciones internas" nada quiere decir, porque la sotana no hace al cura, y lo que importa es la esencia y no esa cáscara errónea. El voto puede ser siempre voluntario o siempre obligatorio, pero en un mismo proceso es incongruente etapas volitivas cojuntadas con etapas imperativas.

Pero si lo anterior es inconsecuente desde el punto de vista lógico, ha cumplido un rol sustancial desde el ángulo sociológico: esa instancia de concurrencia voluntaria permitió medir el grado de convocatoria del sistema político en su conjunto. Qué da esa medición. Que es muy alta en comparación con las elecciones norteamericanas, aún las presidenciales. Pero en cambio está en medio de la tabla de las últimas elecciones para el Parlamento Europeo, que son elecciones de mediana atracción, y en general en lugares inferior de la tabla en relación a elecciones europeas en que se define la composición de los gobiernos.

En relación a la historia pasada del país no es fácil establecer parámetros, pues en la época del voto voluntario el padrón electoral era de baja confiabilidad en cuanto al total de habilitados para votar, en función de normas que suponían una deficiente depuración del mismo. Algunos ejercicios de interpolación de datos permiten afirmar que la concurrencia real podía oscilar en torno al 85% de los electores reales (habilitados para votar, vivos, residentes en el país). En otras palabras, en los años cincuenta y sesenta fue a votar voluntariamente el mismo porcentaje que coactivamente lo hizo en mayo de este año. Y en abril del año pasado la concurrencia fue poco más de los dos tercios del porcentaje de aquella época. A la abstención consuetudinaria de mediados de siglo, se sumó otra de casi el doble de tamaño. En total, la abstención se multiplicó casi por tres (o para ser exactos, por 2.7)

Pero los años sesenta que marcaron ese alto nivel de concurrencia son los que enmarcan el descaecimiento del sistema política, la erosión de la credibilidad pública en la política y en los políticos. A poco de iniciada la década aparecen por un lado las primeras experiencias guerrilleras y por otro los primeros rumores de golpes militares. Y dentro del esquema político que podría llamarse normal, aparecen los generales candidatos, en todo el espectro: Aguerrondo, Gestido, Seregni. No son pues los años sesenta un paradigma de confiabilidad en el sistema, de interés por la política. Lamentablemente, no hay otros datos, no existían encuestas confiables para complementar la información. Pero la percepción de los actores de entonces, nuestra percepción como adolescentes y jóvenes de entonces, es que el país vivía un acelerado proceso de descreimiento en los políticos y en el sistema político como tal. El voto voluntario, que pudo medir con cierta eficacia la relación entre ciudadanía y actores políticos, se truncó y dio paso al camino de la obligatoriedad, que luego se extendió a las elecciones universitarias y hasta las del BPS, aunque hubiere candidato único de por medio.

Ahora bien, el pasaje del voto obligatorio al voluntario no es neutro, y viceversa. En general son los sectores periféricos de la sociedad los que se marginan de la competencia política. En el caso de los Estados Unidos el fenómeno afectó largamente, y afecta, a las minorías con dificultades de integración, en las últimas décadas a los llamados "hispanos" o "latinos", es decir a esa población con mezcla de razas, de origen caribeño, centroamericano o mexicano, y habla española. Estudios realizados en América y Europa permiten concluir que la voluntariedad del voto otorga un mayor peso a los sectores de más alto nivel cultural, que son los que manifiestan mayor inclinación por la política. En Uruguay a fines de los ochenta pudo inferirse que la eliminación de la obligatoriedad del voto se traducía en un plus electoral para la izquierda, conclusión que hoy no es fácil sostener sin estudios muy afinados. Más bien puede decirse que es de resultados inciertos y que en abril de 1999 la voluntariedad, sumada a la asimetría de escenarios, benefició al Partido Colorado.

Un elemento a tener en cuenta es si el exceso de convocatorias electorales no terminó siendo un elemento de hartazgo para la población y por ende de alejamiento de lo político. Cuatro campañas electorales o cuatro actos electorales en doce meses y medio parece una dosis demasiado fuerte. Si la vivencia personal sirve como aporte, vaya el mío: soy un apasionado de la política y las elecciones, vivo de ello, soy catedrático en estudios electorales y dirijo una empresa de análisis político y de opinión pública; y este largo ciclo electoral me saturó.

Parece llegado el momento que todo el sistema político inicie una profunda reflexión sobre sus formas de actuar, su relacionamiento con la gente, su representatividad en relación a la sociedad civil, los niveles de convocatoria y saturación, y hasta los aciertos y errores de la profunda reforma político que se consagró en 1996.

Publicado en diario El Observador
octubre 29  - 2000