Dureza no es radicalismo
Oscar A. Bottinelli 

No hay que confundir dureza con radicalismo, ni confrontación con fundamentalismo ideológico. Esta confusión apareció en algunos analistas y otros opinantes en estos días, a raíz del discurso de Tabaré Vázquez del viernes 30, para muchos sorpresivo por la dureza con que enfrentó a la coalición. Y no pocos vieron una contradicción entre ese discurso de fin de mes y el de comienzos de mes. Y así también muchos señalaron un nuevo viraje del líder de la izquierda.

Algo que parece bastante obvio es que Vázquez cultiva pragmatismo y la imprevisibilidad. Parece que tiene un particular deleite en sorprender. Lo único previsible en él es la imprevisibilidad. Como se dice en un lenguaje popular, acostumbra a doblar sin sacar la mano. Pero cuidado con confundir este estilo con veletismo. En primer lugar hay que entender que Vázquez no es un ajedrecista, no actúa en política con un razonamiento ajedrecístico. En otras palabras, no hace un minucioso análisis de posición, no evalúa estrategias ni estudia diversas alternativas de sucesión de jugadas para operar en un plano táctico y con un objetivo estratégico determinado. Más bien opera en lo que Politólogos europeos denominan el "pensamiento por escenarios". Por un lado define objetivos de largo alcance y por otro visualiza escenarios, fotografías de escenarios posibles, elige y actúa. Muy fino captador intuitivo de los sentimientos populares, al menos de la masa que representa y de la que busca captar, ajusta el cuerpo y se posiciona en el escenario de mayor sintonía con esos sentimientos. Además, como ocurre en general con los pensamientos no ajedrecísticos, llega al camino correcto (correcto para sus objetivos y sus deseos) después de una sucesión de ensayos de prueba y error, de tomar caminos para luego dejarlos apenas descubrir que no es el adecuado para llegar al fin esperado. A veces bastan uno o dos ensayos, otras veces las pruebas son múltiples y las aparentes inconsecuencias muchas. Pero más tarde o más temprano, a veces con más aciertos y otras con más errores, llega a lo que busca. Muchos podrán coincidir y otros tantos discrepar con métodos, caminos, objetivos, ideas y valores, pero nadie en este país obtuvo un crecimiento neto del 60% en cinco años.

En los últimos meses transitó un camino que lo fue diferenciando de su base. Esos juegos que muchos llamaron la luna de miel con el presidente Batlle. En verdad el último presidente del siglo veinte sedujo a una parte nada menor de la dirigencia y la militancia de la izquierda, al punto que el presidente de uno de los cinco bloques frenteamplistas llegó a decir que Batlle estaba políticamente más cerca de la izquierda que Sanguinetti. Pero un detenido análisis de la opinión pública permite ver que la seducción de Batlle operó en los sectores militantes de la izquierda y no llegó a los más periféricos, a los votantes del Frente Amplio más alejados de la militancia, buena parte de los cuales dieron el voto por primera vez, y no pocos presentan una cosmovisión nada de izquierda. Casualmente ese sector periférico es la gran mayoría del electorado frenteamplista y tabarecista. Operó la conjunción entre los pocos militantes "a outrance" del frente social y la mayoritaria base desideologizada y silenciosa, conjunción que muy poco y por escaso tiempo estuvo seducida por el presidente y en general manifestó una constante y creciente desaprobación. Porque mientras el tema desaparecidos ocupó el primer lugar de los juicios y sentimientos de dirigencia y militancia, las posturas económicas de Batlle, su visión del Estado y del mercado, inclusive su concepción del shock y el gradualismo, fueron más importantes para esas masas desinformadas, añorantes del Estado omniprotector y del modelo de sustitución de importaciones. Al producirse el llamado bajón en la segunda quincena de julio, seguramente a partir de la publicación del índice récord de desempleo, las señales recibidas por Vázquez fueron cada vez más inequívocas en el reclamo de un liderazgo fuertemente opositor. Pero además de su propia masa votante actual o posible, la disconformidad con el gobierno es clara en sectores rurales, en la industria y buena parte del comercio. Claro que los rurales y los industriales desconfían tanto del gobierno como de la izquierda y temen en su oposición ser peones del juego frenteamplista, pero nunca hubo oportunidad tan clara para el Frente Amplio de caminar por la misma carretera con rurales e industriales. 

Este es un aspecto. El otro es el del radicalismo. Si se analiza con cuidado el discurso, ninguna de sus propuestas o ataques están teñidos de maximalismo, son sí durísimos en la calificación del modelo, de la situación del país y en la ironización del primer mandatario. 

Y aquí viene un problema de interpretación del funcionamiento de los sistemas políticos. Catorce años atrás, Alain Touraine refutó en un seminario en Florianópolis una tesis del que esto escribe, al sostener que en ese entonces la democracia uruguaya presentaba una falencia significativa: carecía de oposición. Es que en 1986 el Frente Amplio estaba sumergido en el espíritu de la concertación (y la estabilización de la democracia restaurada) y no cumplía el rol clásico de oposición de cualquier democracia liberal. Los uruguayos nos acostumbramos en estos cinco lustros al funcionamiento de esquemas políticos más o menos consensuales, donde la oposición a la consensualidad aparecía teñida de conducta anti-sistema. En otras palabras, para el Uruguay de los ochenta y los noventa, o se está en la órbita de la gobernabilidad (o la consensualidad), o se está en la órbita del antisistema. Visto desde Europa, esto es una patología: las democracias liberales fuertes (las poliarquías plenas, diría Robert Dahl) funcionan bien a partir de una órbita de gobierno y una órbita de oposición clásica, fuerte y sistémica. Quien recuerde el papel de Aznar en los gobiernos de Felipe, o el papel de Felipe hasta su retiro con Aznar presidente, verá con claridad que no es lo mismo dureza que antisistema. Y vale también analizar los papeles de gobierno y oposición recíprocos de Kohl y Lafontaine, de D'Alema y Berlusconi, Major y Blair, Chirac y Jospin, los hombres del Likud y del laborismo. Para cambiar de hemisferio, el debate del pasado martes entre Gore y Bush Jr.

Este Vázquez duro, se presenta por primera vez como confrontador como incomprendido interlocutor, como hombre que presentó propuesta tras propuesta sin ser escuchado. Para unos eso será un ardid, al referir a propuestas imposibles, para otras será la verdad absoluta. Pero además, lo que es muy claro del discurso del 30 de setiembre, es que pretende ubicar al gobierno como el representante de un pensamiento de derecha, conservador, con un modelo de gobierno y de país sostenido por los partidos populares y conservadores europeos, modelo al que se opone la socialdemocracia europea. Y en ese plano, su discurso del 30 entronca con el discurso del primero de setiembre, el de la renovación ideológica.

Publicado en diario El Observador
octubre 08  - 2000